domingo, 17 de agosto de 2014

La causa del dolor


 
                                                                                                RADHA BURNIER
  
El Señor Buddha hablaba de la recta percepción como el primer paso del Óctuple Sendero. Ser capaz de ver las cosas tal como son, y no a través de los cristales de color de algún tipo, es uno de los problemas, tal vez el más importante, con el que nos enfrentamos. El Buddha también dijo que la primera verdad que hay que percibir es la verdad del dolor. 
 
Al principio uno se pregunta si el dolor es una verdad. Sabemos que el dolor existe en todas partes pero percibir el dolor tal como Él indicaba no es fácil. Hay muchísima infelicidad en el mundo: millones de personas mueren de hambre, millones pierden la vida, la casa, partes de su cuerpo mutilados en las guerras actuales. La tensión, el conflicto y el odio existen en todas partes del mundo: una raza contra otra, una religión contra otra y cosas por el estilo. Todo esto es dolor. Cuando leemos artículos sobre todo esto en el periódico seguramente decimos: “¡Qué lástima! ¡Qué cosas tan terribles ocurren en el mundo! Pero realmente no sabemos lo que es el dolor. No lo vemos con la totalidad de nosotros mismos, porque sólo le prestamos un pensamiento momentáneo y luego lo dejamos de lado. Como está muy lejos, realmente no nos preocupa mucho si decenas de miles de personas están sufriendo lo indecible en alguna parte. Nuestra vida cotidiana continúa igual, tenemos nuestros pequeños placeres, nuestras pequeñas preocupaciones, nuestros egoístas problemas particulares, y eso es todo. 

 Aparte de la tremenda desgracia y dolor que existe en el mundo, de lo cual nuestra mente conoce una parte superficialmente, también hay una gran parte de nuestra propia vida y de la vida de la gente de nuestro entorno que participa de la naturaleza del dolor, aunque no nos demos cuenta. Existen numerosas ansiedades, irritaciones, frustraciones, anhelos que terminan en  decepción, y que normalmente no se definen como dolor. Pero si consideramos la vida que llevamos como un todo, no conlleva ese tipo de felicidad que podría llamarse verdadera felicidad. 

 Los budistas Mahâyâna dicen que la iluminación acontece solamente cuando existe una profunda compasión, un profundo sentimiento por la desgracia y el sufrimiento que existe en el mundo. Puede que la iluminación no se alcance cuando la buscamos diciendo: “Voy a conseguir algo en la vida espiritual”. La verdadera razón para buscar la iluminación debería ser una compasión y simpatía altruista hacia todos los que sufren. Hay un hermoso dicho que afirma que la Compasión es la madre de todos los Buddhas. Un Buddha llega a la existencia cuando ve cómo sufre la gente y cuando siente una gran necesidad de encontrar el fin de ese sufrimiento. Por esto, ser capaz de percibir la futilidad, la desgracia, la falta de significado y el dolor de la vida es el primer paso. 

 Si sintiéramos esa profunda preocupación por el sufrimiento que existe en el mundo querríamos descubrir una solución. La mayoría de nosotros seguimos viviendo como siempre, una vida mediocre porque no hay nada que nos conmueva profundamente. No sentimos urgencia para producir un cambio. Ver esa necesidad es el primer paso. Cuando lo veamos, entonces, de forma natural intentaremos hallar una respuesta. 

 El Señor Buddha nos dio Su respuesta de forma muy sencilla. Dijo que la causa de todo dolor es la ambición, el ansia que existe en cada uno de nosotros en innumerables formas. Cuando pensamos que hemos vencido estas ansias en una forma, aparece de otro modo. 

El ansia existe no sólo hacia los objetos. Tal vez algunos miembros de la Sociedad Teosófica no ansiemos tener dinero, por ejemplo; tal vez no deseemos pertenecer al jet set ni cubrirnos de joyas. Pero tenemos deseos de otro tipo, como el progreso espiritual, por ejemplo. Tenemos ideas preconcebidas sobre las relaciones con los demás. Si yo me imagino una relación contigo en la cual me quieres mucho, ansiaré ese tipo de relación que he imaginado. Cuando la relación no resulta tal como yo quiero, me siento desgraciado. El ansia también toma la forma de un deseo de dominación, de agresividad, de auto promoción en distintas formas, y si somos objetivos podremos verlo en nosotros mismos. También está el deseo de escapar de algunas cosas y el deseo de imponer nuestras ideas a los demás. 

El deseo o el ansia existen porque no tenemos un sentido de los verdaderos valores, confundimos lo que tiene menos valor con lo que tiene más, lo menos real con lo más real. Por esto, ver las cosas en su verdadera naturaleza es extremadamente importante. La vida espiritual consiste en conocer lo que es esencial y lo que no es esencial. 

 Es evidente que todo lo que tiene una existencia condicionada y depende de otra cosa para existir tiene menos valor que aquello que es incondicional. Veamos, por ejemplo, el tipo de felicidad del que muchos disfrutamos. Podemos considerarnos razonablemente felices pero nuestra felicidad depende de condiciones externas y de otros individuos. Si te comportas de una manera determinada, yo soy feliz. Si te comportas de otra manera, si me llamas idiota, por ejemplo, eso me hace infeliz. Mi felicidad depende  de que tú aceptes una imagen que yo he creado de mí mismo como alguien que no es idiota, sino una persona estupenda. Si poseemos varias cosas que nos den la sensación de seguridad, somos felices. De lo contrario, no lo somos. Cada una de estas formas de felicidad, que depende de una condición particular o de otra persona, evidentemente no es la verdadera felicidad. Pero estamos siempre intentando aferrarnos a cosas que dependen de otras. 

 Todo lo que es condicional y depende de algo tiene una naturaleza temporal porque ninguna condición del mundo sigue siendo siempre la misma. Cuando la condición cambia, la felicidad se acaba. Es un hecho “obvio”, obvio sólo en una capa superficial de nuestra mente, pero no para la totalidad de nosotros mismos. Un ejemplo lo tenemos en el hecho de que “sabemos” que la existencia en el cuerpo físico depende de muchas condiciones. “Sabemos” que la vida del cuerpo cesará cuando las condiciones se alteren. Y sin embargo, si la vida desaparece de cierto cuerpo, nos sentimos muy infelices a pesar de lo que “sabemos” y de la filosofía que podemos predicar.

 Estamos continuamente aferrándonos a lo perecedero, lo perecedero en forma de ideas, de apegos, en forma de organizaciones y de sistemas, en un número de modos distintos. Uno de los Upanishads dice que lo Eterno no se puede encontrar nunca mientras vayamos en pos de cosas perecederas. Pero eso es lo que hacemos. Estamos constantemente preocupados por cosas que van a desaparecer. 

 Cuando no nos sentimos atraídos por ciertas cosas, eso no significa que no exista el ansia. Apartarse de las cosas no demuestra la ausencia del ansia, si sentimos rechazo por algo, eso significa que el deseo existe. Podemos desear algo en concreto, luego nos sentimos decepcionados y por eso sentimos rechazo. 

 Tanto si sentimos rechazo, como atracción, hemos de intentar ver cuál es la verdadera naturaleza de la cosa, si vale la pena buscarla. Deberíamos intentar discernir entre lo real y lo irreal. Esto requiere una percepción inteligente extremadamente clara. Una mente que normalmente no sea clara ni lógica no será capaz de ser receptiva repentinamente respecto a los temas espirituales. Por  consiguiente, deberíamos tener siempre un pensamiento lógico y claro en la medida de lo posible.

 Es importante que todo el que desee comprender la vida espiritual no se haga concesiones a sí mismo. Muchas veces vemos mejor las cosas cuando nuestro egocentrismo no entra en juego, pero cuando se trata de algo que nos atañe, entonces no somos capaces de ver nada. Cuando nos sentimos atraídos por una  cosa, es posible que tengamos una sensación de culpabilidad, pero eso también nos dificulta la percepción. La atracción no es en sí misma nada “malo”, obviamente. No hay nada “malo” en el mundo, en cierto sentido. Ver la belleza es una forma de atracción, pero si volvemos a anhelar esa belleza entonces estamos atrapados en la red del deseo. Cada vez que experimentamos placer queremos repetirlo. Deberíamos ver que en estos casos no es el objeto lo que importa sino que nuestra mente es la que está creando el esquema. Es la mente la que crea imágenes del placer que se ha sentido una vez y entonces el deseo se renueva. Si hemos de liberarnos del ansia, la liberación tiene que conseguirse a través de la renunciación por parte de la mente, no necesariamente del objeto. Podemos estar rodeados de toda una serie de objetos pero sin sentirnos influidos por ellos. Podemos estar rodeados de todas las cosas ilusorias y efímeras del mundo y sin embargo no ir en pos de ellas. También podemos renunciar externamente a todo pero estar llenos de ese anhelo interno, algo que nos convierte en hipócritas, como dice el Bhagavadgitâ. La atracción por ciertas cosas y también la repulsión se convierten en un hábito, en un proceso mecánico. Liberarse de esto requiere un esfuerzo sostenido y una inteligencia extraordinariamente sagaz.

 Al final, el proceso evolutivo le enseña al hombre a dejar de anhelar cosas. Se busca el placer una y otra vez y se sufre por ello. En las primeras etapas, el hombre atribuye la causa del sufrimiento a otras personas y a las circunstancias externas. Pero en un punto posterior de la evolución despierta al hecho de que la causa del dolor está en su propia acción y actitud.

 Somos capaces de aprender a través de un esfuerzo consciente y no necesitamos experimentar el sufrimiento. Esta es la diferencia entre el hombre que ha hollado el Sendero y el hombre del mundo. El primero empieza a  intentar encontrar la verdad por sí mismo sin dejar que el mero proceso de la evolución le enseñe. Cada uno de nosotros puede hacer este esfuerzo para ver las cosas tal como son en realidad, saber qué es verdaderamente valioso, darse cuenta de que todas las cosas transitorias del mundo no nos llevarán a ninguna parte si nos aferramos a ellas. 

 Hemos de dirigir nuestra mirada hacia lo Eterno. Parece que faltara mucho para ver el dolor que hay en el mundo, pero ver el sufrimiento, el dolor, buscar la razón de todo esto nos conducirá al sendero que es el camino hacia lo Eterno.
 

domingo, 10 de agosto de 2014

La Teosofía, un acceso a la vida


RADHA BURNIER
 
Me parece que la palabra “Teosofía” puede tener muchos niveles de significado. Literalmente, Teosofía se refiere al conocimiento de Theos,  Dios, el Espíritu Divino o como queramos llamarlo; y en este sentido, es sinónimo de las palabras sánscritas Brahma-jñâna o Brahma-vidyâ. Brahman es el espíritu absoluto, último, eterno y jñâna  o vidyâ es conocimiento. Así las dos palabras significan el conocimiento de Brahman, el Espíritu Universal, que en India llamamos el Âtman Universal.
 
Se dice que el Espíritu Universal o Âtman subyace en todas las cosas manifestadas, en todo aquello con lo que entramos en contacto y que podemos percibir y sentir de una manera u otra. Se dice que no hay nada excepto este Brahman en la creación. “Todo esto es Brahman” y solamente Brahman. Brahman lo impregna todo y todo lo trasciende. Por esto, conocer a Brahman, ser un Brahma-jñânin, es extremadamente difícil. Yo no  creo que ninguno de los que afirmamos ser teósofos conozcamos la Teosofía en ese sentido.
 
Conocer a Brahman es ser también completamente sabio, porque no hay diferencia entre conocer a Brahman y participar de esa conciencia que es la Sabiduría, la Verdad y la Vida. Así, la Teosofía puede también significar Sabiduría Divina y no solamente el conocimiento de lo Divino. Creo que no podemos afirmar haber alcanzado ese tipo de Sabiduría tampoco. ¿Qué significa, pues, la Teosofía para nosotros que nos definimos como teósofos? ¿Significa la Teosofía un compendio de literatura, la información contenida en una serie de libros que estudiamos de vez en cuando? Si es así, entonces la Teosofía podría ser algo bastante aburrido.
 
Pero los que se interesan vitalmente por la Teosofía son conscientes de que hay una gran profundidad de inspiración en ella que nos refuerza constantemente. Esto ocurre si aprendemos a comprender la Teosofía como una manera de percibir la vida, como un acceso que conduce inevitablemente a lo que es universal, eterno y fundamental, en la dirección del Espíritu Universal que es Brahman. Así pues, para todo propósito práctico, a nuestro nivel, hemos de comprender la Teosofía en ese sentido.
 
Si tenemos este enfoque que puede hacernos sentir en medio de la multiplicidad, en la corriente del flujo y del cambio, en medio de lo que es temporal y tal vez irreal, aunque de momento tal vez no nos demos cuenta de que es irreal, algo que es mucho más real, permanente, eterno e inmutable, entonces estamos empezando a comprender qué es la Teosofía. Ser capaces de percibir lo universal, inmersos en el mundo donde vivimos, requiere de una atención muy grande y de un esfuerzo apasionado, ardiente y entusiasta. Si nos falta ese tipo de enfoque entusiasta y ardiente respecto a la vida, creo que nunca encontraremos lo universal.
 
Si observamos nuestra propia vida, veremos que la mayor parte del tiempo estamos preocupados por lo particular y casi nunca pensamos en términos de lo universal o de lo global. Estamos absortos en incidentes y objetos particulares, y en individuos particulares. Naturalmente, no es posible escapar de lo particular. En este mundo nos enfrentamos constantemente a lo particular y hemos de lidiar con ello, pero todo el propósito de la vida es ver lo universal que une todo lo particular,  acercándonos así, cada vez más, a la esencia universal.
 
¿Cómo vamos a acercarnos a lo universal? Esta es la pregunta que hemos de plantearnos. Creo que se puede hacer intentando sentir, o permitiéndonos sentir la unidad que está detrás de las  innumerables miríadas de particulares con las que nos encontramos, sin perdernos en ellos. En nuestra naturaleza espiritual esencial pertenecemos al mundo de la unidad. La Dra. Besant decía que la espiritualidad consiste en percibir esa unidad. La palabra “espiritualidad” no tiene otro significado. Si no tenemos sentido de esa unidad, de lo universal, entonces no somos espirituales. Y dado que en nuestra naturaleza esencial pertenecemos a este mundo de la unidad, somos capaces de percibir la relación que hay en lo particular.
 
Vemos muchas cosas en la vida que pueden ser por ejemplo hermosas, como una flor, un diseño o un rostro. Pero al ver estos distintos objetos con sus distintas formas, colores etc., decimos, en cada caso, que esto o aquello es hermoso. Pero al mismo tiempo somos capaces de percibir que hay una belleza común a todos ellos, a todo lo que es hermoso y que existe independientemente de los objetos particulares que son bellos.
 
Todos sabemos que los objetos particulares pueden perecer pero seguimos pensando que tienen un cierto sentido de la belleza. Una flor en particular que estamos mirando puede marchitarse y desaparecer, convirtiéndose en polvo, pero sabemos que existe la belleza de la flor. Cuando nos damos cuenta de eso, hemos avanzado un paso hacia lo universal. Pero si seguimos avanzando y nos damos cuenta de que no existe solamente la belleza de la flor, sino la belleza en sí que existe en una flor, en un ser humano, en la tierra, en todas partes, entonces estamos cada vez más cerca de lo universal, respondemos a algo que es imperecedero, porque esa Belleza que es común a todos estos objetos no es algo que pueda marchitarse y desaparecer como lo hace la flor.
 
De igual manera, podemos percibir que una cosa en particular es verdadera pero esto ocurre porque existe la Verdad en sí, de lo contrario, cuando percibimos que otra cosa es verdadera no seremos capaces de ver la similitud. La palabra “verdadero” no podría existir si no hubiera algo común a todo lo que es verdadero. Es por este motivo que los griegos decían que los objetos individuales nos parecen hermosos solamente porque transmiten la belleza ideal. Muchas veces pensamos que este o aquél objeto es bello y atribuimos la belleza a ese objeto particular. Pero no es así. Ese objeto es bello solamente porque comparte una belleza que es la belleza absoluta o la belleza ideal, y eso también pasa con todo lo que parece verdadero o bueno. Como señala Platón:
 
Si alguien me dice que esta o aquella cosa es hermosa porque tiene un color especial o una forma o cualquier otra cosa parecida, yo no presto atención, sencillamente me confunde. Y hasta ahora, simple y claramente, y tal vez penséis que estúpidamente, mi mente está convencida de que nada hace bello a un objeto excepto la presencia de la belleza ideal (que describió en otro momento como) no hermosa desde un punto de vista y fea desde otro, sino solamente belleza, absoluta, simple, eterna, que se transmite a las bellezas siempre crecientes y perecederas de todas las otras cosas. 
 
De modo similar en la India antigua eran muchos los que afirmaban que lo real es lo universal que subyace a las distintas cosas. Este tema lo han debatido repetidamente los filósofos de India, intentando averiguar cuál es el elemento real y verdadero para todos los tiempos en los objetos que vemos. Existen varios elementos en la percepción de un objeto. Está el elemento del nombre, la palabra con la que describimos al objeto y que, como ha señalado Krishnaji, ejerce una extraordinaria fascinación para nosotros. Después está el elemento de la forma y el elemento que es lo universal y que está detrás tanto del nombre como de la forma. Si percibimos un árbol, sabemos que es un árbol por la palabra; también conocemos al árbol por la forma que tiene ese árbol particular. Pero hay un árbol, un árbol universal que es más real que el árbol particular.
 
Hay muchas formas de lo universal que percibimos, por ejemplo la cualidad de la flor, que es la cualidad que nos hace reconocer la unidad que existe detrás de todas las flores. Igualmente, entre los seres humanos vemos que cada persona es distinta, con un color distinto, con distintos rasgos, etc. y sin embargo reconocemos algo común a todos ellos y que podríamos llamar la “cualidad de ser humano”. Pero detrás de todos estos universales, esa cualidad de cada cosa que nos hace reconocerla por lo que es, está la esencia universal que podríamos decir que es el universal de todos los universales, la esencia de todas las cosas y que se conocía con el nombre de parâ sattâ. Es el ser mismo de todo lo manifestado, sin él nada puede existir.
 
Mientras nos aferremos a unas cuantas cosas particulares con las que estamos familiarizados e imaginemos que la belleza, el amor o la verdad están centrados en ellas, nos estaremos limitando y engañando, porque estas cualidades, estas realidades, como la verdad y el amor, no están centradas en ningún punto. Si vemos un centro para ellas en algún objeto particular, se trata solamente de una ilusión producida por el hecho de que hemos creado un centro en nosotros mismos en relación al cual percibimos otros centros.
 
Todos estos universales como la Verdad y la Belleza existen en todas partes por sí mismos y en todo momento. Únicamente cuando, al mirar un objeto en particular, podamos desapegarnos lo suficiente y no queramos percibir la verdad o el amor en un objeto en particular, sino que nos esforcemos por ver la naturaleza del amor como tal, podremos amar verdaderamente con un amor que llene todo nuestro ser y abarque a todos los objetos, a todo lo particular sin excepción. Vemos que amar a un objeto en particular siempre nos conducirá al dolor, pero solamente si aprendemos a abarcar el Amor universal, la Belleza universal, etc., podremos liberarnos de todas las dificultades que nos afligen.
 
Decimos que una cosa determinada es verdadera, buena o hermosa y no nos preocupamos por ver todo el conjunto que es la realidad. Una percepción del conjunto, libre de limitaciones de las sucesivas percepciones, es lo que nos ocurre en los momentos creativos y es muy fácil reconocerlo en la vida de las personas creativas. Por ejemplo, se dice que, antes de componer, Mozart podía oír toda una sinfonía como un solo acorde. Eso significa que tenía una especie de expansión de conciencia que le permitía imaginar el todo, algo imposible para nosotros en este momento.
 
Para tener esa expansión de conciencia, tiene que haber una profunda aspiración de saber, tiene que haber un verdadero amor por la Sabiduría que es la filosofía o mumukshutva. La palabra “filosofía” significa amor por la Sabiduría, no significa una manera de estudiar ciertos libros, y mumukshutva indica lo mismo. Tal vez este tipo de acceso a la vida, del que estoy hablando, no tenga ningún significado para quienes están auto satisfechos y creen encontrar todo cuanto anhelan en los objetos particulares que están viendo. Pero si existe una ardiente aspiración por la Sabiduría, nuestra naturaleza y nuestro carácter se transformarán, y este debería ser el acceso teosófico a la vida que puede darle un significado a nuestra vida y ayudarnos a conocer gradualmente la Sabiduría, la Verdad y la Luz.

domingo, 3 de agosto de 2014

Dirigiéndome al estudiante



N. SRI RAM

 Reimpreso de The Theosophist, agosto 1959.

 El estudio del trabajador y estudiante teosófico incluye los conceptos básicos de la Teosofía, así como de las religiones del mundo. Tal estudio puede ser profundo o superficial. Profundo no significa ahondar en detalles, ciertamente, dar énfasis a los detalles, tiende a hacernos superficiales. Cualquier tipo de detalle solamente es útil si entra en cierto patrón, o asume una relación con el todo, entonces participa del significado de ese todo. Atiborrar nuestra mente con fragmentos desconectados o detalles, es un inconveniente para la verdadera comprensión, así como para nuestra capacidad  de acción práctica. La sabiduría no es estática, es como la vida, que necesita respirar y moverse. Quien busca ser sabio en la acción debe tener una mente que es perfectamente abierta, con mucho espacio para el movimiento, y flexibilidad de acción. El sentimiento de profundidad surge de percibir el significado de cierta verdad o enseñanza. Un estudiante del sendero espiritual, y un trabajador teosófico, aprenden mucho más considerando las cosas por sí mismos, reflexionando sobre la naturaleza de las verdades profundas que constituyen la base de la Sabiduría, que por la mera lectura de libros.

   Todos nuestros trabajadores y estudiantes se pueden beneficiar por la comprensión mutua. Entre nosotros, deberíamos considerar las cosas libremente y nadie tiene que sentir temor de hablar por miedo a que se lo considere ignorante. ¿Qué importa si otros piensan que somos más ignorantes de lo que realmente somos? Nuestros debates nos dan no sólo una oportunidad para hablar y expresarnos, sino también para escuchar lo que otra persona tiene para decir. Escuchar no debería ser superficial o a medias. Generalmente cuando hay una discusión o conversación, cada persona da sólo una fracción de su atención a lo que se dice, y el resto de su mente está ocupada pensando lo que dirá luego. Rara vez escuchamos a otros con total atención y comprensión. Pero en nuestros encuentros y congresos podemos entrenarnos en el arte de escuchar. Escuchamos a una persona si estamos interesados en ella, y si podemos escuchar adecuadamente, pronto adquiriremos el arte de hablar, aunque nadie nos de lecciones de este arte.

   Todos seremos mejores trabajadores si estamos realmente dedicados al trabajo. Para sentirnos dedicados debemos tener un interés activo en él, y antes que podamos tener ese interés debemos conocer cuál es verdaderamente el trabajo, qué es lo que realmente buscamos lograr con todas las conferencias, libros, propaganda, etc. Todo esto intenta ayudar a las personas a mirar las cosas de modo diferente, pero primero debemos aprender nosotros mismos a verlas de modo diferente a como el mundo en general las ve. Ver las cosas como son, y no meramente según ciertas ideas que hemos recibido de fuentes convencionales y que se han vuelto fijas en nuestra mente, no es muy fácil.

   Cada uno de nosotros tiene que aprender a considerar todo por sí mismo, y ese es el único modo de prepararse para guiar o ayudar a otros. Un líder no es alguien que trata de mandar a otros, hacerlos pensar como él quiere que piensen por sus propios motivos. Existen tales líderes en la política de diferentes partidos, y sus seguidores se vuelven un rebaño de ovejas y repiten los pensamientos del líder. Cuantos menos líderes de este tipo tengamos en nuestro movimiento teosófico, mejor. Todo teósofo tiene que aprender a conducirse a sí mismo, en el sentido de no ser empujado por otros o por el impulso de sus propios pensamientos pasados. Él debe ayudar a las personas a conducirse a sí mismas, a descubrir y expresar lo que es mejor, más bello y precioso en ellas. Ese es el único tipo de liderazgo que serviría en nuestra Sociedad, que tiene que ser como una república espiritual en la que cada uno brille con su propia luz, y haga de ella su contribución a la iluminación total del mundo.


domingo, 27 de julio de 2014

Libertad en la Espiritualidad



M. KANNAN

 La conducta de la vida en los reinos subhumanos es altamente disciplinada. La formación de rocas y montañas; la aparición, florecimiento y desaparición de las flores, frutos, vegetales, plantas y árboles; el nacimiento, crecimiento, movimiento y migración de los peces, reptiles, aves y animales, todos están regulados por la Naturaleza y siguen un orden y un ciclo. Rara vez se apartan del modelo establecido, excepto quizás en casos de mutación. Uno no puede sino sorprenderse con la belleza y armonía de la creación y, por lo tanto, uno puede esperar y predecir el comportamiento de la Naturaleza cuando pasa  a través del  tiempo y el espacio.

El hombre ha sido aclamado como la forma superior de la creación y está dotado de facultades que no se ven en los reinos inferiores. (El pronombre masculino se usa aquí solamente por conveniencia y quiere decir que también está incluido el pronombre femenino). La capacidad de discernimiento es lo que separa al hombre del animal. Esta facultad es una bendición y se espera que se aplique en la aceleración del proceso evolutivo. Se le da al hombre la oportunidad de apresurar la evolución y de esta oportunidad surgen numerosas cualidades como la capacidad de optar, de usar el libre albedrío y de tomar decisiones. Todas estas como un todo pueden denominarse como su “mente”.

Dotado de facultades y oportunidades adicionales, y con la ayuda de su mente, el hombre observa el mundo y registra su observación como memoria. Puede comparar experiencias nuevas con aquellas registradas en su memoria y establecer similitudes. Luego clasifica las experiencias como las que producen placer o incomodidad a los órganos de sus sentidos. Entonces aparece el deseo de repetir lo agradable y evitar las experiencias dolorosas o desagradables. El deseo puede entenderse como esa cualidad de la mente que da origen al ansia de algo agradable, y cuando eso se agota, se repite el deseo con mayor intensidad. El deseo también da origen al anhelo de evitar lo doloroso.

Por la repetición prolongada de experiencias agradables y dolorosas, el hombre aprende que ambas son breves, transitorias e irreales. En este punto del tiempo, comienza a buscar algo que trascienda las polaridades del placer y el dolor, algo que sea duradero, algo que sea real. Este es el amanecer de una nueva fase de su vida y así comienza su búsqueda por lo real. Experimenta  un completo cambio de posición en la forma en  que conduce su vida, cambia su visión, sus actitudes, y percibe el mundo de manera diferente. Disfruta de esta forma de vida que estaba oculta a su mirada en el pasado. Comienza a comprender que ahora es responsable de sí, y no está sujeto a fuerzas externas. El hombre ahora dirige su vida como un comandante dirigiría su ejército. Sostiene las riendas de su mente, deseos, sentimientos y órganos de los sentidos. Regula el tipo y cantidad de experiencias con las que alimentará los órganos de sus sentidos.

Una vez que logra este control de si mismo, experimenta el mundo de manera diferente. Esta nueva experiencia es enteramente contraria a su experiencia anterior. Ésta es libertad, y su experiencia inicial del mundo era esclavitud. También comprende que la libertad es real y permanente mientras la esclavitud es irreal y transitoria.

Habiendo obtenido la primera vislumbre de la libertad, el hombre busca más de esto, con más frecuencia, y luego busca todavía más, en una secuencia ininterrumpida. Comienza a buscar formas y medios para alcanzarla y  encuentra un sendero o forma de vida que conduce a este fin. Decide hollar este sendero y adopta esta forma de vida. Al hacer esto, observa que hay muchos que han recorrido este sendero y han  cruzado muchos hitos. Busca su compañía e intenta aprender de ellos. Para nuestra comprensión, podemos llamarlos el sendero espiritual y el viajero, como el aspirante espiritual o discípulo. Es interesante que el Diccionario Oxford presenta uno de los orígenes de la palabra disciplina, del latín, y luego del francés antiguo, que significa ‘instrucción, conocimiento’, de discipulus, que significa “discípulo”.

Demos una mirada más cercana al sendero y observemos el estilo de vida de los aspirantes. Nuestra observación descubre que los aspirantes se encuentran en dos categorías, etapas o fases generales. Primero, la fase de compromiso, y segundo, la fase de separación. En la etapa inicial el aspirante está profundamente comprometido en las actividades mundanas y su estilo de vida es de expansión de riquezas, relaciones y negocios, y las obligaciones resultantes.

Esta es una fase de actividad intensa, y por lo tanto, exige el apego a una cantidad de disciplinas, códigos, autoridades, reglamentos, etc. Incluso una desviación de menor importancia, sea planeada o no, puede modificar drásticamente los resultados proyectados. El aspirante observa que aunque los pensamientos estuvieran bajo su control, el resultado que se ha presentado de sus acciones, es inesperado. Aunque un poco sorprendido y alterado al comienzo, finalmente acepta el hecho de que hay fuerzas externas que actúan en sus negociaciones, las que causan resultados que no se contemplaron inicialmente. Continúa haciendo sus mejores esfuerzos y deja los resultados a algún otro poder superior. En este proceso se vuelve esencialmente altruista en su actitud y ofrece sus servicios en beneficio del mundo en general.

En la fase siguiente de la secuencia, el aspirante reduce progresivamente su compromiso con las actividades mundanas y se compromete en una búsqueda interna. Se retira en  aislamiento total o parcial y limita su asociación solamente a unos pocos aspirantes avanzados quienes van adelante en el sendero. En esta fase, se le revelan ciertas verdades superiores. Una de tales verdades es la fraternidad de la humanidad, de hecho, la fraternidad de todo lo que existe sea en la forma que sea. La vida que reside en su interior es una, mientras que las formas externas pueden ser muchas. Esta comprensión da origen a cualidades como el amor universal y la compasión por todas las formas de vida. Las diferencias en las formas no significan nada para el aspirante avanzado ya que su visión trasciende las envolturas externas, penetra en el más profundo yo y reconoce que el yo con una forma es el mismo yo que en cualquier otra.

Surgen ciertos hechos de lo antedicho. La jornada en el sendero espiritual no implica movimiento de un lugar a otro. Se puede comenzar “ya” y el progreso se puede lograr “aquí”. Solamente implica el cambio de enfoque de la verdad empírica o relativa hacia la verdad eterna o absoluta. Este viaje no es patrimonio de unos pocos seleccionados. Todos estamos recorriendo este sendero a nuestro propio paso; en realidad, es obligatorio para cada ser, sea consciente o no. Son pertinentes aquí las palabras de Maulana Jalaluddin Rumi un poeta persa místico del siglo trece. Él escribió:



 Como piedra morí  y emergí  nuevamente como planta;

 Como planta morí y emergí como  animal;

 Como animal morí y nací como hombre;

¿Por qué debería temer? ¿Qué he perdido con la muerte?’



El viaje consiste principalmente de dos etapas: la primera preparatoria, y la segunda avanzada. Estas dos etapas son secuenciales y pueden verse a diferentes niveles. Se deben seguir ciertas disciplinas y como consecuencia se alcanza la libertad, en cada etapa y en cada nivel.

El viaje tiene que ser emprendido por cada uno de nosotros, pero el candidato o discípulo avanzado tiene la responsabilidad adicional de ayudar a sus compañeros de viaje. El progreso real no puede hacerse aislado. La comprensión de este hecho producirá una transformación en el candidato y lo guía en un orden mundial donde la desigualdad de oportunidades en lo social, político y económico se reducirán progresivamente. Podemos anhelar una civilización donde todos reconozcan su responsabilidad y trabajen hacia el desarrollo holístico. En el campo de la educación, el desenvolvimiento moral y ético disfrutará de igual énfasis que el de la ciencia moderna.

Los versos de apertura de El Dhammapada explican en forma clara la influencia del pensamiento en nuestra vida. Expresan que un esfuerzo concertado en la regeneración de nuestra naturaleza conduce a la salvación. Nadie sino nosotros decidimos el rumbo de nuestra vida y lo hacemos a cada momento por medio de nuestros pensamientos y acciones. Nuestra libertad puede ayudar a moldear el “mañana desconocido” pero es inoperante en el campo del pasado invariable. Las palabras de Sir Edwin Arnold en La Luz de Asia pueden recordarse aquí para nuestro beneficio. Él escribe:



No esperéis nada de los dioses implacables, ofreciéndoles

   himnos y dones;

No pretendáis conquistarlos con sacrificios sangrientos,

   ni los alimentéis con frutos y pasteles.

Hay que buscar la liberación en nosotros mismos:

Cada hombre crea su cárcel.



Para concluir me gustaría citar El hombre y sus cuerpos de Annie Besant. Estas palabras han influenciado mi vida de una manera profunda. Algunos de ustedes puede que hayan tenido una experiencia similar. Ella escribe:



Por la ley de evolución todo lo que es malo, por más fuerte que por el momento parezca, contiene en sí el germen de su propia destrucción, mientras que todo lo bueno contiene la semilla de la inmortalidad. El secreto de esto  está en el hecho de que todo lo malo es discordante, y va contra la ley cósmica, y por tanto, tarde o temprano ha de ser destruido por esta ley, se hace pedazos contra ella, y queda reducido a polvo. Por el contrario, todo lo bueno, al estar en armonía con la ley, es acogido por ésta, conducido hacia adelante dentro de la corriente de la evolución, y por lo tanto, no puede perecer jamás, no puede ser destruido nunca.

El propósito de esta conferencia no es dar un veredicto final sino dejar  abierto el interrogante para reflexionar.

domingo, 20 de julio de 2014

El llamado de Dharma




                                          B. SANDHYA RANI

 Intentemos comprender qué es el “Deber”. Según el diccionario “deber” significa responsabilidad, obligación, lo que tenemos que hacer, tarea asumida, función.

   Luego tratemos de comprender qué representa el Dharma. Según el diccionario es la Ley Eterna del cosmos inherente en la naturaleza misma de las cosas. En el antiguo Egipto la palabra significó Religión, en Persia simbolizó la Pureza, en Caldea era Ciencia, en Grecia expresó Belleza, en Roma manifestó la Ley, y en India era la palabra Dharma. Dharma significa sintetizar el todo en uno. Este es el significado de la palabra Dharma para todo el mundo.

   Karma y Dharma son los dos lados de una misma moneda. Debemos llevar a cabo nuestro Karma a fin de establecer el Dharma. Dharma es la nota clave de toda la raza Arya. Esa nota clave fue dada por el Espíritu Planetario de la tierra. El Dharma está desde el principio al fin del kalpa de la raza Arya. Por lo tanto, este Dharma debería regir nuestra vida como Verdad: satyân nasty paro dharmah, que significa: “No hay Religión más elevada que la Verdad”, que es el reflejo de la Verdad en nuestra vida diaria, conducta y todo eso; si seguimos el sendero de la Verdad, debería estar en consonancia con la Verdad. El deber y dharma no son diferentes. No deberíamos separar el dharma, del deber. Dharma significa deber. Dharma manifiesta deber, y la actividad es Amor.

   La evolución se produce de dos formas, descendiendo y ascendiendo. La separación es la característica del descenso en la materia, y la unión es la marca del ascenso al Espíritu; en otras palabras, pravrtti y nivrtti.

   Actualmente, en la evolución, hemos avanzado de la etapa animal a la del ser humano; de la etapa humana debemos avanzar más para alcanzar la fase super-humana. Este es el propósito o meta en nuestra etapa actual en la vida. Por lo tanto debemos seguir el sendero de nivrtti para alcanzar el objetivo.

   En el sendero nivrtti, el Deber es diferente en cada alma, según el nivel de evolución y Karma. El deber del salvaje no es igual al del hombre culto y desarrollado, el deber del Maestro no es el del rey, el deber del mercader no es el del guerrero, pero el principio siempre es el mismo y es progresivo. En uno de sus libros, la Dra. Annie Besant dice: “Asume las obligaciones que sientas razonable para ti”. Debemos desempeñar el deber sin ningún orgullo o esperando recompensa. Debemos cumplir con nuestro propio deber sin interferir con el de otros seres.

   En La Clave de la Teosofía, HPT expresa:



Deber es lo que se debe a la Humanidad, a nuestros semejantes, vecinos, familia y, especialmente, el que tenemos hacia todos aquellos que son más pobres y más desamparados que nosotros. Esto es una deuda que si dejamos de pagarla durante la vida, nos convertirá en insolventes espiritualmente, y nos llevará a la bancarrota moral en nuestra siguiente encarnación.



   Todos sabemos que no somos este cuerpo físico solamente; somos Alma, parte de Dios, donde la Conciencia Superior se debe manifestar a sí misma en todo su poder.

   En A los Pies del Maestro se dice: “Cualquier hombre rico puede alimentar el cuerpo, pero sólo quienes saben, pueden alimentar el alma. Si tú sabes, es tu deber ayudar a otros a saber. Lo realmente importante es que los hombres conozcan el plan Divino. Porque Dios tiene un plan, y ese plan es la Evolución. Una vez que el hombre realmente lo reconoce, no puede sino identificarse con sus designios y trabajar de acuerdo con él, porque es tan glorioso como bello. Así conociéndolo, permanece al lado de Dios, firme para el bien y resistente contra el mal, trabajando para la evolución y no por egoísmo”.

   La ley del Deber es la primera verdad que todos nosotros tenemos que obedecer, si deseamos elevarnos a la vida espiritual. A todos los que contactamos les debemos algo, el deber de reverenciar y obedecer a quienes son superiores y están sobre nosotros; el deber de ser amable, afectuoso y útil con quienes están cerca de nosotros y a nuestro propio nivel; el deber de protección, bondad, servicio y compasión con quienes están en un nivel inferior al nuestro. Estos son deberes universales y ninguno de nosotros debería fallar, por lo menos en el intento de llevarlos a cabo. Sin cumplirlos no habrá una vida espiritual para nosotros.

    Luego surge la pregunta: ¿Qué es espiritual? Es la vida de la Conciencia que reconoce la Unidad, que ve el Yo en todo y todo en el Yo. H. P. Blavatsky expresa que “la ley fundamental en la Ciencia Oculta es la Unidad radical de la esencia última de cada parte constituyente de los compuestos en la Naturaleza, desde una estrella a un átomo mineral, del Dhyan Chohan más elevado, al organismo más diminuto”.

   Para vernos en todo y todo en el yo, existe un camino. Es el del SERVICIO. El Dharma no es sólo un código de conducta, es la obediencia voluntaria a nuestro Yo Superior. No importa en qué lugar nacen las almas, cuando han pasado por las primeras etapas, luego su naturaleza interna exige la disciplina del servicio, y lo que debería aprender por medio del servicio para alcanzar las cualidades necesarias para la próxima etapa. Cuanto más servimos más sabios nos volvemos porque la sabiduría no se aprende por medio del estudio sino viviendo.

   En A los Pies del Maestro se afirma: “El intenso deseo de servir ha de llegar al máximo, hasta el punto de estar siempre a la mira para aplicarlo alrededor de vosotros, no tan sólo a las personas sino a los animales y a las plantas. Debéis prestar vuestro servicio hasta en las pequeñas cosas de la vida diaria de modo que se establezca el hábito de servir. Pues si deseáis llegar a ser uno con Dios, que no sea para vuestro propio beneficio, sino para convertiros en canal por donde fluya Su amor para alcanzar a vuestros semejantes”.

   En esta obra también se afirma: “Quien está en el Sendero, no existe para sí mismo, sino para los demás, se ha olvidado de sí mismo (no existe el yo o el egoísmo) para poder servirlos. Es como una pluma en la mano de Dios por la que fluye Su pensamiento y tiene expresión aquí abajo, lo que no podría suceder sin ella. Es a manera de un canal de fuego viviente que derrama sobre el mundo el divino Amor que llena su corazón”.

   Según la tradición Hindú, se deben realizar cinco tipos de sacrificio cada día:

1.      Sacrificio a los Veda-s, a los Rshi-s, a Brahman: Brahma Yajña, Enseñanza (Estudio); cultivar la inteligencia y compartir el conocimiento con otros es un deber que todo hombre le debe al Supremo.

2.      Sacrificio a los Deva-s: Deva Yajña, Homa: verter ghee sobre el fuego (cuidar la Naturaleza).

3.      Sacrificio a los Pitr-s: Pitr Yajña Tarpana, ofrecer agua (bienestar y cuidado a los padres).

4.      Sacrificio a Bhuta-s: Bhuta Yajña-bali (alimento), deber hacia nuestros hermanos menores.

5.      Sacrificio al Hombre: Manusya Yajña, hospitalidad y servicio a la humanidad.

   Al cumplir con nuestro deber hacia nuestra familia, debería ser de acuerdo con el Dharma, según la Verdad. El Maestro dice que si tú quieres cumplir tu deber con tu familia, debes sacrificar diariamente lo que no sea Dharma. Para sacrificarnos a Dios, debemos alcanzar la perfección, siguiendo nuestro propio Dharma al desenvolver la semilla de la vida divina interna.

   Este deber se debería desempeñar no sólo hacia nuestra familia con un espíritu de Auto-sacrificio. Es la conquista diaria del yo. Aquí “yo” significa lo que nos separa de la verdadera naturaleza. “Yo” es Âtmâ, para realizar este Yo con mayúscula debemos sacrificar el “yo”, el pequeño yo. Todo lo que hemos acumulado en cada encarnación, se interpondrá en el camino para comprender la Verdad. Esto se llama auto-sacrificio. Debemos sacrificar la actitud que tenemos hacia el reino inferior, actitudes negativas tales como prejuicio, pasión, crueldad, etc., y desarrollar actitudes positivas como caridad, justicia, tolerancia, bondad, generosidad, compasión, etc., de modo que nunca nos equivoquemos al ayudar a nuestros Hermanos.

   Si cumplimos con nuestro deber hacia los deva-s invisibles, entonces los Deva-s que son la encarnación de la Divinidad nos ayudarán. Comparados con la humanidad, ellos han avanzado más que nosotros en términos de evolución: Nuestra actitud hacia ellos debería ser de reverencia. Reverenciar la naturaleza superior de la que ellos han evolucionado. Cuando los reverenciamos y les mostramos nuestro respeto y consideración, ellos nos bendicen y por medio de nosotros, a todo el universo. Existe un flujo libre de vida psíquica y espiritual. El Deber y Dharma se han unido.

   El Dharma es la naturaleza interna que alcanzó en cada hombre cierta etapa de desarrollo y desenvolvimiento. Es esta naturaleza interna que moldea la vida externa, que se expresa por medio de pensamientos, palabras y acciones, la naturaleza interna que nace en un ambiente adecuado para su crecimiento. Dharma no es algo externo como la ley, la religión o la justicia. Es la Ley de la vida que se desenvuelve, la que moldea todo lo que está fuera de ella para su misma expresión.

   El Dharma es el mismo para todos los que están en la misma etapa de evolución y en las mismas circunstancias, y existe cierto Dharma común a todos. A su vez, el Dharma de un individuo es diferente del Dharma de otro. Lo que es correcto para uno, puede ser malo para otro. Por lo tanto, es mejor nuestro propio Dharma ¡que el Dharma de otro!

   Después de alcanzar esta etapa, nuestra actitud hacia la vida cambia. Siempre que una persona llegue a nuestro círculo, dejará el anterior volviéndose mejor. (Por ejemplo: un hombre ignorante tendrá más conocimiento; una persona que sufre se sentirá mejor; un indefenso se fortalecerá). Nos volveremos una fuente de sosiego y de paz, de modo que todos puedan caminar con más seguridad cuando lleguen dentro del círculo de nuestra influencia, porque el hombre no tiene una existencia individual separada sino que está interrelacionado e interconectado y es interdependiente. Seamos cuidadosos para que el mundo pueda ser más puro, mejor, más feliz, por el hecho de que nosotros vivamos en él. Podemos juzgar nuestra espiritualidad por nuestro efecto en el mundo. Estamos aquí para ayudarnos, amarnos y elevarnos mutuamente. Al producir este tipo de Karma, podemos establecer en el mundo el Dharma dado a la India por la raza Arya.

domingo, 13 de julio de 2014

El mundo es la extensión del Yo






 MARY ANDERSON

 La Sa. Mary Anderson ha sido Vice-Presidenta internacional de la Sociedad Teosófica y ha disertado ampliamente en varios idiomas.

 ¿Qué queremos significar cuando decimos ‘yo mismo’?

   ‘Yo mismo’ es un pronombre reflexivo. Hace referencia nuevamente al sujeto, por ejemplo, a ‘mí`. Refleja el sujeto como cuando decimos “Me veo a mí mismo en el espejo” o “un hombre auto-forjado”, queriendo decir alguien que se hizo a sí mismo y que debe su situación, su fortuna, etc., a sí mismo, a sus propios esfuerzos. Las palabras ‘yo mismo’ también pueden enfatizar el sujeto, como cuando decimos “Sólo tú mismo puedes hacerlo” o “yo mismo lo vi”. Si somos algo, somos ‘nosotros mismos’. Cuando nos sentimos de mal humor, tal vez decimos “Hoy no soy yo mismo”.

   Pero ‘yo mismo’ puede tener diferentes significados. Si nos miramos en el espejo, decimos “Me veo en el espejo”, pero lo que vemos es un cuerpo físico. Si tenemos hambre, frío o dolor, o estamos cómodos, describimos lo que llamamos yo como hambriento, con frío, con dolor o cómodo. Pero en tales casos, ¿no es el cuerpo el que tiene estas sensaciones?

   Podemos observarnos de muchas otras formas. Si estamos felices o tristes, sentimos que somos nosotros mismos los que estamos felices o tristes. Y, si hemos solucionado un problema decimos: “Yo mismo encontré la solución”, y pensamos cuán inteligente ese yo es. Pero en momentos de inspiración, tal vez escuchando música o disfrutando la paz de la naturaleza, o sintiendo afecto o devoción o en un estado de meditación, podemos sentirnos inspirados, y tener una visión más amplia de ese ‘yo’.

   Entonces, es a lo que nos referimos como el ‘yo’ siempre el mismo yo? Y si creemos en la reencarnación, podemos preguntarnos “¿Es el yo que reencarna, el mismo que en la última vida?

   Por lo tanto el ‘yo’ puede significar muchas cosas, especialmente cuando indagamos profundamente en una filosofía espiritual como la Teosofía. Por ello, a veces se ha adoptado el sistema de escribir la palabra ‘yo’ de tres modos diferentes: con minúscula, para referirnos a nuestro yo consciente diario; con ‘Y’ mayúscula, para referirnos al Yo espiritual, y todo en mayúsculas para referirnos al YO uno y divino.

   Consideremos el significado de cada uno por vez:

   Escrito en minúscula, el ‘yo’ se refiere a lo que se llama en términos teosóficos la personalidad, nuestro pequeño yo más o menos egoísta de cada día, y que consiste en nuestro cuerpo físico, la punta visible del témpano, y del que todo el resto es invisible, incluyendo la vitalidad del cuerpo físico y el vehículo de la vitalidad. Además está nuestra consciencia diaria, nuestra consciencia psíquica o psicológica, es decir, nuestros pensamientos cotidianos, combinados con nuestros sentimientos. Esto es lo que se conoce como kâma-manas en sánscrito, o la mente-deseo, la mente impura o egoísta, y también la mente llamada lógica. Todo esto, el cuerpo físico y nuestra naturaleza psicológica, constituye lo que se llama en términos teosóficos la personalidad. La palabra ‘personalidad’ procede del latín, ‘persona’, que es la máscara usada por los actores en el teatro romano clásico. La personalidad es ciertamente una máscara que usamos la mayor parte del tiempo. A veces, claro está, somos conscientes de que estamos usando una máscara. Esta máscara, sin embargo, dura sólo una encarnación, al igual que el actor en el teatro romano usaba su máscara durante su actuación. Nuestra encarnación es meramente una actuación, o es como la máscara provista para esa actuación. Pero nos identificamos con ella. Sin embargo, mañana o en la próxima vida, usaremos otra máscara que de algún modo es el hijo y por cierto el heredero de la máscara anterior.

   Este ‘yo’ es sólo un rayo del ‘Yo’, haciendo referencia al Yo Espiritual, que a veces en términos teosóficos denominamos Yo Superior, la Individualidad, el Ego Espiritual o el Alma, en sánscrito Buddhi-Manas. Es la mente espiritual, libre de deseos y sentimientos tempestuosos, la Mente Superior, la mente pura y generosa. Es también la sabiduría y el amor puro. Este Yo es generalmente inconsciente en nosotros. Permanece de encarnación en encarnación, tanto tiempo como estemos sujetos a encarnar. Cuando ya no lo estemos, se disuelve o regresa a su origen, al YO, como el río fluye hacia el océano del que es una gota, o como el rayo de luz regresa a su fuente.

   Ese océano o esa fuente de luz es el YO. Es Espíritu o, en sánscrito, âtmâ. No es ‘mi’ espíritu o ‘tu’ espíritu, sino que es universal y divino: âtmâ es brahman. Como el sol es el corazón del sistema solar, así es âtmâ que es brahman, el corazón no sólo de todos los seres humanos, sino también de todos los seres vivos, incluso de lo que consideramos materia muerta. Es lo Uno sin segundo, lo Uno que es el Todo. Es sat, el ser puro, lo que la Sra. Blavatsky llama no el Ser sino la Seidad. Es lo divino que mora en todo.

   Pero normalmente somos conscientes solamente al nivel de la personalidad, del ‘yo’. Sin embargo, no somos solamente esa personalidad. La dificultad es que hemos olvidado quiénes somos y, como un buen actor, nos identificamos con el rol que desempeñamos en esta vida. Nuestro ser real, nuestro Yo espiritual, y esencialmente ese YO divino son inconscientes dentro de nosotros.

   Si decimos que el mundo es la extensión del yo, ¿a qué ‘yo’ nos referimos? La frase se puede tomar como refiriéndose a los tres tipos de ‘yo’. Podemos decir que el mundo en el que vivimos es una prolongación del yo, del Yo y del YO. Tomemos cada una de estas interpretaciones por vez, y veamos cómo se aplican a nosotros mismos y al mundo, y cómo arrojan luz a nuestro concepto actual y a su posible solución.

   Comenzaremos con el YO en el sentido más elevado. Desde un punto de vista muy elevado y metafísico el mundo es la extensión del YO, refiriéndonos al Espíritu o âtmâ que es brahman. Las cosmogonías o relatos de la creación de diferentes civilizaciones y religiones, todas hacen referencia a algo similar:



Del UNO que es Espíritu, TAT, Brahman o lo Absoluto, emergió el dos, llamado de modos diferentes ‘cielo y tierra’ o ‘consciencia y materia’ o ‘padre y madre’. Tan pronto como surge el dos, aparece un tercero: la relación entre los dos. Debe haber una relación, porque proceden de la misma fuente. Esta relación a veces se la conoce como ‘Fohat’ o energía cósmica, otro término para Fohat es eros o amor. Otro relato habla de un niño que nace de padre y madre, y ese niño es el universo. Entonces, del uno surge el dos y del dos surge el tres o la Trinidad que encontramos en diferentes tradiciones religiosas. En algunas tradiciones el tres va seguido del siete y por medio de muchas etapas o jerarquías de este mundo de diez mil cosas, como la tradición china lo llama, surge este universo. En la Kabbala el relato del árbol de la vida, los diez Sefiroth se describen en la tradición mística del Zohar ‘no como los peldaños de una escalera entre Dios y el mundo, sino como varias etapas en la manifestación de la Divinidad que proceden de una y siguen en la otra’ (Gershom Scholem, Major Trends in Jewish Mysticism, p. 209).



   De modo que podemos decir que el mundo, ciertamente el universo, el cosmos, es la extensión del YO, con letras mayúsculas.

   Pero cuando decimos que el mundo es la extensión del ‘yo’, escrito en minúscula, podríamos decir que descendemos de lo sublime a lo ridículo, de lo trascendente a nuestro mundo cotidiano e imperfecto, de lo Real al mundo de Mâyâ.

   Y sin embargo, ¿no es también nuestro mundo como lo conocemos, real, o por lo menos relativamente real? ¿No debemos tomar ese mundo relativamente real, seriamente?



El Universo, con todo lo que hay en él, es llamado Mâyâ, porque todo en él es temporal … Sin embargo el Universo es lo suficientemente real para los seres conscientes que hay en él, que son tan irreales como es él mismo. (H. P. Blavatsky, La Doctrina Secreta, I,p.274)



   Cuando nos miramos a nosotros mismos y al mundo a nuestro alrededor, que nos parecen más reales que el mundo del YO con mayúsculas, ¿no percibimos que ese mundo es una extensión del yo escrito con minúsculas, es decir de la personalidad, el yo cotidiano, el yo egoísta de todos nosotros?

   Por todas partes observamos la presencia de los tres grandes males, flagelos de la humanidad y por lo tanto del mundo: la ignorancia, el deseo o la ambición, y el odio o la ira, simbolizados en el centro de la Rueda Tibetana de la Vida un tanto injustamente por tres animales: un cerdo negro que representa la ignorancia, un gallo rojo que representa el deseo o ambición, y una serpiente verde que representa el odio o la ira. Y acertadamente, se muerden la cola entre sí, dando a entender que están interconectados. Uno conduce al otro.

   La ignorancia nos impide ver lo nocivas que son ciertas actitudes, la maldad causada por ellas, y por tal ignorancia sucumbimos a la avaricia, que significa el deseo de acumular más y más; más posesiones, riqueza, conocimiento inútil, fama, el elogio de otros, poder, etc. Es el pequeño yo agrandándose a sí mismo, como el sapo de la fábula, que quiso ser más grande que un buey y finalmente se infló tanto que reventó! Tal vez ésta fue una buena lección. Un sapo no puede pretender ser grande como un buey. Un ser humano no puede pretender adquirir cada vez más. No le traerá felicidad y la mejor naturaleza del hombre se reprimirá y parecerá perecer en el intento.

   De la avaricia y el deseo surge el odio, odio hacia quienes no nos dan lo que queremos, y lo que queremos es cada vez más; odio por los que tienen lo que nosotros queremos poseer. Podemos pensar en otras maldiciones de la vida humana, tales como celos o temor. Tal vez la lista de estas tres, ignorancia, deseo y odio, no intenta ser exhaustiva, sino solamente ¡dar ejemplos de cómo nos hacemos a nosotros mismos y a otros miserables!

   La ignorancia combinada con la avaricia conduce a acciones estúpidas que destruyen nuestro ambiente. Si esta destrucción ocurre en otro continente, podemos sentir que no nos importa. Pero tarde o temprano tendrá un efecto sobre nosotros. Vivimos en un mundo. La contaminación en un continente, en un océano, se extiende por todo el mundo afectando por ejemplo el clima en todas partes. ¡Recuerden ‘el niño’! Las personas de países pobres, por desesperación, con hambre y sin empleo, tratan de emigrar a áreas más ricas y crean muchos problemas a los mismos países que ocasionaron su miseria. Estos problemas incluyen lucha racial, basada en el odio. El odio surge del sentimiento de que somos diferentes y mejores que otros, y este odio conduce a los celos, al temor y a la violencia.

   Podemos pensar que la ignorancia, el deseo y el odio son nuestros enemigos y por lo tanto son externos a nosotros, nos amenazan, pero no es así. Mientras seamos susceptibles a ellos, son parte de nosotros, son parte de nuestra consciencia. ¿Cuál es la solución?

   La solución yace en un mundo que es la extensión del Yo con ‘Y’ mayúscula, refiriéndonos al Yo Superior, nuestra naturaleza espiritual interna. Si el Yo Superior se expresa -ese Yo que encarna la sabiduría, la humildad y el amor- el mundo podrá reflejar o será una extensión de ese Yo y la sabiduría reemplazará la ignorancia; el deseo y la avaricia abrirán paso a la humildad, y el amor reemplazará al odio.

   El problema es: ¿Dónde comenzamos? El primer paso puede ser reconocer la situación de las cosas. Muchos libros y artículos se han escrito y se siguen escribiendo, mostrando abusos de varios tipos cometidos contra seres y países desprotegidos. Pero ¿se dirigen estos artículos y libros a la raíz del problema? ¿Cuál es la raíz del problema? ¿No es el yo en minúsculas, es decir lo que somos en nuestra naturaleza consciente actual? Si realmente podemos percibir esto, darnos cuenta de la fealdad de la ignorancia, avaricia y odio en nosotros, si podemos ver el daño que causan en nosotros y en otros, es el primer paso hacia su desaparición. Si, por otra parte, podemos ver la belleza de la verdadera sabiduría, humildad y afecto, podremos fortalecer estas cualidades en nosotros. Pero no debemos pensar en nosotros como exhibiendo esas cualidades o estaremos sujetos a orgullo espiritual. ¿Qué es lo que dificulta la expresión y extensión del Yo con ‘Y’ mayúscula, que es en sí mismo sabiduría, humildad y amor? Es el pequeño yo,  con minúscula. Sólo cuando el pequeño yo está en silencio, sólo cuando ya no está presente incluso momentáneamente, el otro Yo se puede expresar. La sabiduría, la humildad y el amor yacen en el auto-olvido, una felicidad infinita para nosotros y por extensión espontánea para todo el mundo. Sólo cuando más y más seres humanos se vuelvan generosos, altruistas y carentes del yo, el mundo se puede volver el reflejo del Yo con ‘Y’ mayúscula, el Yo Superior de la Humanidad, y por lo tanto reflejar su propio origen, su verdadera naturaleza, en el YO DIVINO en mayúsculas, en LO UNO que es nuestro origen y aunque remoto, nuestro destino, y nuestro verdadero ser.

   ¿Podremos ahora comprender mejor los versos siguientes en el Bhagavadgitâ? (VI.5-7)



Que eleve al yo mediante el YO, y que el yo no se deprima; pues en verdad, el YO es el amigo del yo, y asimismo, el YO es el enemigo del yo.



El YO es el amigo del yo de aquél en quien el yo es vencido por el YO, pero con respecto al yo no subyugado, en verdad el YO se torna hostil como un enemigo.



El Yo superior del AUTO-controlado y pacífico, es uniforme en el frío y el calor, en el goce y el dolor, igual que en el honor y el deshonor.

domingo, 6 de julio de 2014

La Teosofía tiene que popularizarse




 RADHA BURNIER
Estoy segura que muchos hemos oído la frase “La teosofía debe popularizarse”. Es una afirmación muy satisfactoria porque da origen a la idea de que para ser teósofo tienes que hacer buenas obras de algún tipo. Ni siquiera tienes que dedicarte a aprender nada. Si haces buenas obras estás demostrando que vives la Teosofía. Varias afirmaciones que encontramos en la literatura teosófica podrían utilizarse para apoyar este tipo de pensamiento. En las cartas de los Maestros de Sabiduría, más de una vez uno de los Maestros dice: queremos actos, no palabras. Y naturalmente tenemos el libro titulado Ocultismo Práctico de Madame Blavatsky y sin leerlo, con solo pensar en el título de la obra, todo nos lleva hacia esa misma idea. Por otra parte, en La Clave de la Teosofía, de HPB, encontramos afirmaciones que se hacen desde un punto de vista totalmente distinto, pero el capítulo en sí se titula “Teosofía Práctica” y hay subtítulos. Existe un capítulo que nos da instrucciones sobre cómo hacer buenas obras.

La quintaesencia del deber

Muchos misioneros cristianos o algunos misioneros hindúes que han intentado imitar a los misioneros cristianos se han dedicado a hacer lo que llamamos buenas obras. Y desde luego hacen muy buen trabajo. Recuerdo haber visitado, hace mucho tiempo, un centro para leprosos dirigido por unos misioneros y era maravilloso ver los cuidados que se les daba a los residentes, la preocupación que mostraban por su futuro, etc. Es decir que no estoy en contra de hacer buenas obras. Pero en este contexto deberíamos reflexionar sobre una oración que hay en La Clave de la Teosofía. HPB dice “La Teosofía es la quintaesencia del deber”. No dice que el deber sea la quintaesencia de la Teosofía. Hay una diferencia entre las dos frases: si se afirma que el deber es la quintaesencia de la Teosofía, parece que si cumples con tu deber, tal como tú lo entiendas, porque cada persona entiende las palabras según sus propios contenidos, si cumples con tu deber, eres un teósofo y no se necesita nada más.

 Pensemos un poco sobre esto, si uno cumple su deber de una forma insensata, la idea de lo que hay que hacer como deber tal vez no sea la correcta.  Algunas personas consideran, por ejemplo, que obligar a la gente a creer en el Corán o en la Biblia, es como enseñar al ignorante cuál es su deber. Pero realmente tal vez estén haciendo más mal que bien. Madame Blavatsky no acepta esta aseveración o no la utiliza, la de que el deber es la quintaesencia de la Teosofía. Dice que la Teosofía es la quintaesencia del deber. Ella nunca escribió de forma muy sistemática, pero si tomamos las oraciones relacionadas directamente la una con la otra, podemos comprender toda su forma de pensar y de instruir. Si aprendemos a ser verdaderos teósofos estaremos cumpliendo con nuestro deber todo el tiempo.

Dice que la mayoría de las panaceas en las que la gente cree para curar los males del mundo no tienen principios rectores detrás y por eso fracasan estrepitosamente. Podemos pensar en la política económica actual. Naturalmente hay argumentos a favor y en contra, pero muchas personas reflexivas señalan que puesto que no existe realmente ningún principio rector detrás de las políticas económicas, estas no solucionan los problemas económicos. Por otra parte, el abismo existente entre ricos y pobres aumenta continuamente. Como hemos mencionado más de una vez, en este mundo, donde hay mucha riqueza y producción, hay también millones de personas que mueren de hambre, y los ricos y los pobres no están unidos entre sí en sus corazones.

Resulta muy interesante encontrar afirmaciones de HPB que parecen poder aplicarse muy bien al mundo actual. Por ejemplo al dar cosas para beneficencia, si no sois teósofos y creéis que hay que ayudar, ayudar desde una nación o desde la comunidad europea, a África, a quien lo necesite, o de un individuo a otros, cuando no hay principios rectores, ella dice, gran parte del dinero se quedará en las manos de la gente que se supone que tiene que distribuirlo o entregarlo. Tenemos la imagen de que hay un debilitamiento de la moralidad, que tal vez puede haber un cambio en las condiciones. Quizás el mundo actual sea mucho más favorable para el hombre deshonesto, el violento, el ambicioso, etc. Proporciona la oportunidad para que todos estos vicios florezcan, debido al así llamado progreso. El progreso también da oportunidades al mal. Pero lo importante es que la naturaleza humana no cambia fácilmente.

Uno de los Maestros dijo que la mente humana no quiere cambiar y tampoco le gusta ver el tipo de cambio que produce un bienestar duradero incluso a nivel físico. Podéis creer que los países ricos están mejor, pero de hecho no es así. Existen tantos problemas y males que están aumentando en esos países. No es solamente en las manos de la gente más pobre o de clase media donde se queda pegado el dinero, parece pegarse también en las manos de gente que tiene sueldos altísimos. Porque la naturaleza humana es ambiciosa. Y HPB señala que todos estos males que vemos tienen su raíz en el carácter humano. Cuando vemos esto, reconocemos la necesidad absoluta que hay de ese cambio interno que producirá una manera externa de actuar y de relacionarse que sea evidentemente útil para los demás.

HPB señala que el deber no debería significar realizar acciones que sean satisfactorias para uno mismo. Cumplir nuestro deber puede hacernos sentir plenos, pero esa plenitud no es el motivo que debería hacer que cumplamos con nuestro deber. Es muy parecido a lo que dice el Bhagavadgitâ, que hay que cumplir el deber que necesita hacerse y realmente tiene que hacerse. Que os sintáis satisfechos o no, que recibáis apreciación o no, que la gente se de cuenta de lo que estáis haciendo o no, todo eso no tiene importancia alguna. El teósofo es alguien que cumple muchas veces con sus deberes sin que los  demás lo sepan. Es decir, le puede preocupar la situación de otra persona y hará lo que pueda por ayudarle sin que nadie sepa lo que está haciendo, ni se sentirá feliz porque otros digan “¡oh, qué generoso eres!” o algo parecido. Es alarmante, pero todo eso forma parte del sentido del deber.

De hecho el capítulo mismo es interesante porque no dice cómo se puede evitar el hambre en el mundo, ni cómo deberían regirse los orfanatos o nada parecido. Los subtítulos del capítulo son: Deber, Auto sacrificio, Caridad y la Relación de la ST con las Reformas Políticas.

Por eso, HPB pregunta ¿qué es el deber? Lo que dice es “un reconocimiento total de los derechos igualitarios”, eso es el deber, desde el punto de vista teosófico. Un verdadero teósofo estaría cumpliendo con su deber si reconociera derechos igualitarios, no simplemente para adquirir cosas o vivir con comodidad, sino el derecho a expresar una opinión, el derecho a vivir y crecer con dignidad, incluso el derecho a morir tal como uno quiera morir. Hemos de reconocer la igualdad en ese yo. Existe un tipo de igualdad que menciona el Bhagavadgitâ más de una vez.

Krishnaji lo dice de otra manera: respeto por todo o por todos, por cada criatura, por su vida, por su crecimiento, no sólo el crecimiento físico, sino cada criatura en su lenta forma de crecer hasta una conciencia más amplia, si podemos llamarlo así. Incluso la conciencia de las criaturas más pequeñas se está expandiendo.

Desde el punto de vista de los amplios procesos del mundo, o más bien del universo, lo que consideramos como el tiempo es algo muy engañoso. Como no vemos el crecimiento sin el sentido del tiempo, no podemos decir que no exista; todo crece y tiene derecho a crecer, algo que desgraciadamente somos incapaces de comprender. En este sentido, algunos buenos teósofos han trabajado en el campo de la reforma penal, porque cuando una persona comete un asesinato o hace algo terrible, el mundo piensa que merece un castigo. Cuanto peor es la acción, más duro debe ser el castigo. Si pensáis en términos de crecimiento, no es el castigo sino la educación para comprender la naturaleza global de la vida lo que hace falta.

Annie Besant al principio se preocupaba entre otras cosas por la reforma penal. Solían usar castigos en la antigüedad. Uno era poner una especie de sombrero metálico en el prisionero, podéis imaginar lo difícil que debía ser para esa persona dormir con eso en la cabeza. Hacían todo tipo de cosas parecidas. Pero castigar a alguien no le hace aprender. Puede enfadarse, sentir resentimientos, frustración, pero si detrás del trabajo de la reforma penal está la comprensión teosófica de que todo crece, aunque sea lentamente, crece de acuerdo con las leyes del universo y adquiere una sabiduría cada vez más grande, una perfección de todo tipo, tendría lugar el aprendizaje. El deber, como explica HPB, consiste en ayudar a los demás de esa manera, para que se conviertan en sus propios yoes, para ayudarles a tener un carácter distinto. Existen estos principios rectores que son necesarios para hallar una verdadera respuesta, una panacea para todos los males que uno tenga.

Principios teosóficos esenciales

¿Cómo podemos tener esos principios guía si no estudiamos los principios teosóficos? No es un tipo de ocupación mental, una actividad mental, sino que esos principios quedan impresos en nuestra conciencia. HPB a ese respecto escribió sobre el principio del karma: Hay que comprender que no hay escapatoria a las consecuencias de cualquier tipo de acción, que las consecuencias ocurrirán mañana, al final de esta vida o tal vez después de varias vidas, pero no pueden ignorarse. Si una persona entiende esto, entonces se la podría ayudar a comprender por sí misma la necesidad de cumplir con su deber. Eso significa pensar en el bienestar de todos los demás, no sólo en su propio bienestar. HPB dice también que la gente siente satisfacción cuando experimentan gozo y placer, pero estas satisfacciones duran poco y son limitadas. La satisfacción o plenitud duradera tiene lugar solamente cuando hacemos algo que está de acuerdo con nuestra propia naturaleza superior.

La teosofía, por consiguiente, implica ser cada vez más consciente de lo que es necesario desde el punto de vista espiritual, no simplemente los deseos de los seres humanos, o animales o la misma tierra, a nivel material. De hecho los dos están conectados muy íntimamente. Pero el enfoque de la persona que llamamos práctica, que trata lo material esperando que todo irá bien, está equivocado, porque el cambio tiene que venir de dentro y no de fuera. Esto no significa que los miembros de la Sociedad Teosófica sean indiferentes al sufrimiento físico, a la infelicidad extrema que existe en el mundo, significa que vemos las cosas en su proporción correcta y a menos que tenga lugar un cambio interno, el cambio externo no será adecuado y no durará. Todo esto está implícito en la afirmación: “La Teosofía es la quintaesencia de la virtud”. Cuanto más podamos captar los principios esenciales de la vida, más comprenderemos las leyes del universo y el motivo por el que tienen lugar varios procesos en la naturaleza, mejor será nuestra posición para ayudar verdaderamente como servidores de la humanidad.

(artículo basado en una de sus conferencias)

domingo, 29 de junio de 2014

Mi Karma soy yo

Desde la Atalaya



 RADHA BURNIER

 Mi Karma soy yo

   El Karma de todo lo que hacemos es parte de un Karma mayor que es el del mundo, como lo señala lo que se da a continuación; todo el proceso es uno. El Karma no es algo externo sino que es lo que nosotros mismos creamos. Por lo tanto, cada uno de nosotros debe hacer lo correcto desde un punto de vista mayor, como lo destacan las palabras del Sr. Jinarâjadâsa. El Karma que creamos no es una expresión de alguna fuerza o persona ajena a nosotros mismos. Por lo tanto, debemos tratar de hacer incluso en este momento lo que es correcto.

   Es una afirmación cierta que todo en la vida, lo que parece bueno como lo que no, es nuestra propia responsabilidad. Como todos los maestros nos dicen, cada uno de nosotros debe aprender el principio de Unidad. El pasaje incluido, escrito por el Hermano Jinarâjadâsa, enfatiza que debemos comprenderlo totalmente y vivirlo, que es la dificultad que enfrentamos. Todo parece estar afuera, que es ajeno a nosotros. Esta lección es difícil de aceptar incondicionalmente, pero debe ocurrir. Es una de las razones por la que el principio de Fraternidad se enseña en la Sociedad, y quien lo cumple avanza rápidamente. No sirve de nada decir que la otra persona se equivocó o que produce más daño que nosotros. Lo que se necesita es que todos nos demos cuenta del inmenso trabajo que debemos cumplir y la lección que tenemos que aprender. Esperamos que el siguiente pasaje no sea sólo para un momento de lectura, sino algo que se arraigue en el interior, crezca y subordine todo lo que sea menos importante.

   “Es para nosotros un axioma que lo Divino y el hombre son uno”. Pero también lo es, aunque poco comprendido, que el hombre y todo el proceso de evolución, en el que él es un integrante, también son uno. Normalmente, cuando el individuo siente la presión de la evolución, está preparado para considerar ese proceso como algo impuesto sobre él desde el exterior. Por lo tanto es natural que sienta que todas las dificultades de la vida tales como mala salud, pobreza, limitaciones de todo tipo, son los ajustes de su Karma arreglados para él, por los Señores del Karma, para ayudar a su crecimiento. Eso es perfectamente verdadero. Pero la verdad más profunda es que todos esos arreglos son realmente las operaciones de su propia voluntad. Se debe dar cuenta que, de alguna manera misteriosa, los ajustes de los Señores del Karma son ajustes hechos por él mismo, y decretados por su propia voluntad. Cada hecho que le sucede, particularmente los de carácter doloroso, debe ser reconocido por él, no sólo como el resultado de su propio Karma y por lo tanto como decretado por él, sino más aún como una expresión de su propio yo. “Mi padre y yo somos uno” no debe permanecer meramente como un intelectualismo, porque la Unidad existe no sólo en el reino del Espíritu, sino también en el de la materia.

   Se afirma en Luz en el Sendero, “Ningún hombre es tu enemigo, ningún hombre es tu amigo. Todos son igualmente tus instructores.” Pero estos instructores, tanto amigos como enemigos son él mismo; y en realidad es él, quien se enseña a sí mismo los principios de la Unidad, por intermedio de ellos. El primer vislumbre de la verdadera percepción de toda la existencia viene cuando lo “externo” y lo “interno” se perciben como los dos lados de un medallón, siempre inseparables en una unidad, aunque cada uno se pueda observar por separado.

   Existe un bello ejemplo de esta verdad en el relato de un yogui hindú que vivió en la época del Motín Indo. Su meditación constante fue por supuesto percibir la Unidad o Dios. Un día estaba meditando en cierto lugar, y en su proximidad estaban ocurriendo los violentos hechos del motín. Los soldados británicos que peleaban con los rebeldes tropezaron con este santo, pero no se dieron cuenta que era un santo; él trataba de comprender la naturaleza de Dios, no era un rebelde. La historia relata que uno de los soldados corrió hacia él y lo mató con la bayoneta. Pero mientras el soldado corría hacia él, el yogui lo miró serenamente y se dijo a sí mismo “Incluso  tú eres Él.” Él había esperado mucho tiempo para que llegara el Señor, y el Señor vino de ese modo particular.                                              

   Es esta misma enseñanza de la Unidad la que tenemos en nuestra Cadena de Unión: “Hay una Paz que sobrepasa el entendimiento, mora en el corazón de aquellos que viven en lo Eterno. Hay un Poder que renueva todas las cosas, vive y actúa en quienes reconocen la Unidad del Ser.” El aspirante comienza a vivir esta enseñanza en su vida sólo cuando pone en práctica la verdad que subyace en las palabras: “Incluso tú eres Él”. Todo hecho en la vida, agradable o desagradable, cada dolor, cada fracaso, es decir, todo lo que consideramos como el no-Yo, se debe percibir de algún modo misterioso como el Yo.

   Pero aún más que esto, cada objeto y hecho se debe percibir, aunque al principio sólo sea con la imaginación, como él mismo. Los diversos aspectos de la manifestación son encarnaciones de la Unidad, y no existe separación para aquél “que ve”, entre él mismo y la Unidad. “Yo soy Él” no sólo debe significar que el hombre y lo Divino son uno y no dos, también debe querer decir que ´Yo´ soy la roca, la planta, el animal, el pecador, el santo, cada hecho del día en mi vida y en la vida del mundo. Especialmente debe significar, ya que somos hombres y tenemos limitaciones humanas, que lo que los hombres consideran como “desagradable”, lucha, dolor, desilusión, fracaso, también son la Unidad, y también “yo”.



Las cajas de bebés aumentan

   El periódico The Guardian Weekly del 22 de junio 2012 tiene un artículo sobre “Cajas de bebés”. Al parecer, a los bebés que no son deseados los ponen en estas cajas, principalmente lo hacen los padres de los bebés. Afuera de los hospitales, una campana le avisa a alguien en el hospital que tome al bebé y lo cuide. Esta práctica se dice que ocurre en Alemania, Austria, Suiza, Polonia, etc. Muchos niños, “muchos” es un hecho relevante por la razón de que estos bebés no tienen a nadie que los cuide, quedan librados a la compasión del personal del hospital.

   Esto ha salvado a gran número de bebés, y muchos de ellos pasan a padres adoptivos. Pero existen personas importantes que afirman que el niño tiene el derecho de conocer a sus padres. ¿Puede un bebé saber la diferencia entre los padres biológicos, y los “padres” afectuosos que los cuidan? Dicen que las cajas de bebés son para ayudar a identificar a los padres y establecer una relación con ellos. En primer lugar, si no son deseados, ¿cómo podemos esperar que los padres, o uno de ellos, tal vez la madre, quiera cuidar al niño después que fue rechazado? De todos modos, la controversia parece continuar, y es considerada solamente desde el punto de vista de los intereses materiales.

   Desafortunadamente, los bebés no tienen el derecho a decir lo que desean. Ciertamente, al ser tan pequeños no saben lo que quieren. Mandred Weber, Vice-Presidente del Partido de las Personas Europeas escribió una carta al periódico The Guardian: “Aunque estoy convencido que un niño se cría mejor dentro de una familia unida, la seguridad de los niños es una prioridad mayor que el deseo de conocer a sus padres biológicos.” En una encuesta suiza, en 2011, vieron que el 87% afirmó que las cajas de bebés son útiles, e incluso muy útiles, y que todos los hospitales deberían tener la ventaja que éstas brindan.

   Al parecer existe la idea de que el responsable es el padre, lo que hace surgir la pregunta de si de alguna manera el tema se considera desde el punto de vista de los bebés. En países como India, se abandonan muchos bebés recién nacidos, se los arroja a pozos o a basureros, o los abandonan de diferentes modos. La madre a menudo no es responsable: teme lo que la gente pueda decir. Es más, muchas veces ella también necesita protección.

   La opinión de que todo niño tiene el derecho de conocer su origen es relativa porque el niño puede llegar a saber con el transcurrir del tiempo que sus padres lo abandonaron como un trozo de papel inservible. Por lo tanto, no parece correcto enfatizar la necesidad por parte de los padres. Lo necesariamente esencial es que el niño crezca en un ambiente bueno y de amor. En las condiciones referidas, mientras el niño esté vivo y lo cuiden, debemos sentirnos felices. No es necesario o incluso correcto interferir en los sentimientos de un niño que es aceptado y cuidado por personas afectuosas. Podemos estar totalmente de acuerdo con el sindicato social cristiano y el Sr. B. Posselt que lo representaba: “Nuestras experiencias con las cajas de bebés aquí en Munich, por ejemplo, organizadas por un monasterio, han sido positivas… Para mi es esencial proteger y salvaguardar la vida de niños en situaciones extremas. Todos los demás problemas se pueden solucionar con buena voluntad, mientras el niño esté vivo. No es decisión de la Comisión de la Organización de las Naciones Unidas qué hacemos para ayudar a los niños que nacen o están por nacer.”

   Yo misma he contactado a más de un niño abandonado que crece con una familia. Son felices, y como los niños deseados, anhelan una vida agradable. No habrían sido felices con el padre o los padres que no los querían. Verlos felices hace a otros felices también. A la niña o el niño no les preocupa dónde nacieron y otras circunstancias que los rodeaba en ese momento. Lo importante es que crezcan bellamente.



El individuo medio-humano

   La Ley de Karma nos trae otra vez al nacimiento en el cuerpo físico, a veces en el de un hombre, y otras en el de una mujer, para ayudarle a la conciencia a despertar y crecer poco a poco. Esto fue considerado por un académico de la Universidad de Cambridge en un feliz artículo que destaca que existe todo un proceso de evolución que tiene lugar para llevar varias situaciones a un nivel más elevado. De modo que el insecto crece hacia un nivel más elevado, y a otro más elevado aún, hasta que surge la etapa humana y luego la super-humana, sobre la que sabemos muy poco. En este proceso de una evolución en expansión, el hombre no es aún un ser humano completo, sino que está en vías de serlo. Existe todavía mucho del animal en el gran número de personas que ha alcanzado esta etapa de tener un cuerpo físico humano, pero que tiene muchas características animales, algunas más cerca del humano real y algunas todavía en el nivel animal. La mayoría de ellas es una mezcla de ambas.

   El ser humano promedio actual es esta mezcla, la proporción varía de un individuo a otro, por lo tanto nadie es igual a otro. Desafortunadamente la mayoría de nosotros no sabemos que algunas de las características que exhibimos mientras enfrentamos las circunstancias del presente, son realmente los restos de encarnaciones previas en vidas pre-humanas. Los grandes seres humanos, como el Buddha, están libres de impedimentos de vidas pasadas. Son totalmente humanos, algunas veces más que humanos.

   Si pudiéramos comprender más claramente todo el desarrollo, es decir, el proceso evolutivo, comprenderíamos mejor cómo crecemos realmente, no simplemente cómo se desarrolla la forma física. Si pudiéramos comprender esto, veríamos que la mayoría de los seres humanos todavía no está en el nivel esperado. Por lo tanto, la evolución es un tema importante que tenemos que comprender tanto como sea posible, no sólo la condición física actual, sino la parte que juega en el despertar espiritual.

   Quienes no son cuidadosos con los niños, o que están absortos en sí mismos y los descuidan, los maltratan, e incluso los abandonan por cualquier razón, exhiben imperfecciones en su propio ser. Tomará bastante tiempo para que una persona en esta etapa llegue a ser totalmente humana. Si pudiéramos comprender más todo esto, nos encontraríamos más libres de coacciones, creciendo con más felicidad y no meramente con los así llamados placeres de una vida superficial.