viernes, 22 de mayo de 2015

La Mente Iluminada


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Tim Boyd

Hemos descendido, hemos “involucionado” hasta la materia, y ahora estamos en una conjunción en la que algo está cambiando. Voy a intentar ceñirme al punto en el que nos encontramos y partir desde ese punto del arco. ¿Qué significa esto y cómo respondemos a esta etapa determinada del ciclo? Una parte del título habla de la iluminación, muchas veces pensamos en ella como en un momento específico en el que ocurre algo y de repente nos encontramos iluminados, como si fuéramos una bombilla. Es así. Sin embargo, también es un proceso que nos conduce hasta este momento particular del despertar. A menudo, en términos teosóficos, pensamos en la transformación humana como en un instante repentino, que también es correcto, pero además hay que seguir un proceso para llegar a ese momento.

¿Dónde nos encontramos ahora? ¿Cuál es nuestra situación? Cuando era más joven, escuchaba a mi padre o a mis tíos contarme una historia y después de oír unas cuantas palabras, me daba cuenta de que era la misma historia que había estado oyendo toda mi vida. Tenía que fingir que la historia era totalmente nueva, aunque desde el principio ya sabía cómo iba a terminar. A medida que pasa el tiempo, dicen que nos convertimos en nuestros padres. En mi planteamiento teosófico, veo que estoy llegando a un lugar que parece de gran importancia para mí, pero hasta que no pueda comprender este punto en particular, todo lo de alrededor sólo parece simple información. Esa información tal vez sea interesante o metafísica, y si la exponéis en el lugar adecuado quizás podáis impresionar a alguien y os considerarán una persona profunda. Pero más allá de todo eso, no será más que nueva información hasta que encontremos el contexto que le dé su significado. La idea principal es que nosotros, como seres humanos, tenemos un problema esencial. Si pudiéramos resolverlo, entonces encajaría todo lo demás. Hay un lugar en el que nos perdemos. Empieza con algo de lo que hablaba H.P. Blavatsky en sus tres Proposiciones Fundamentales. Hablaba del alma peregrina y de un peregrinaje obligatorio que hay que seguir. Es a través de la reencarnación, de los ciclos repetitivos de nacimiento, muerte y renacimiento, que evoluciona esta alma peregrina. En el proceso es donde nos perdemos. El intento de proporcionar ciertas directrices en ese proceso es la base de todas las religiones del mundo y de las profundas enseñanzas de la Teosofía. ¿Qué hacemos para interrumpir este ciclo de nacimientos y renacimientos repetitivos, de las distintas variedades de sufrimiento de esta vida, de los distintos cuerpos en los que ponemos tanto esfuerzo para elaborar formas de causar daño tanto a nosotros mismos como a los demás?

El proceso empieza para nosotros cuando el alma entra en un cuerpo. Tal vez algunos ya conozcamos la historia egipcia del ataúd que Seth construyó para Osiris. El cuerpo de Osiris encajaba perfectamente en él. Seth engañó al dios Osiris para que entrara en el ataúd, lo encerró en él y lo sacó de la casa real. En cierto nivel la historia describe la entrada del alma en un cuerpo. En cuanto entramos, es como si entráramos en un ataúd, en el sentido de que nos estamos separando de algo, de lo divino, de nuestra Fuente espiritual. Una vida tras otra, vamos encarnando de esta manera, pero lo que ocurre después es lo más asombroso. El problema con el que nos enfrentamos como seres espirituales que progresan mediante un cuerpo material es el de la falsa identidad. En este proceso del nacimiento no sólo adoptamos una, sino múltiples identidades falsas.

El alma no tiene género, nacionalidad, partido político, ni religión, pero en el momento de la encarnación, lo primero que se dice es el género. “Es un niño” o “es una niña”. A partir de ese momento se espera que uno se exprese de forma limitada, y si queréis tratar de actuar de forma distinta, en cualquier cultura a la que pertenezcáis, os enfrentaréis a severas restricciones: En la sociedad occidental, si se nace niño, no se debe jugar con muñecas. Para expresar su género adecuadamente, debería jugar con pistolas de juguete o con juegos bélicos en los que finge matar personas. A esa alma encarnada también se le da una familia y se le asigna cualquier religión que practique su familia, además de una nación, etc. Una capa tras otra de identidades van quedando impresas en ella. Para ser más precisos, esas identidades no quedan impresas en el alma, sino en los vehículos con los que el alma funciona en este mundo, creando una barrera entre el alma y su Origen. Este es el proceso.

Muy pronto empezamos a aceptar esas identidades. Ya no se trata de que los demás nos digan “eres cristiano” o “eres musulmán”, sino de que nosotros mismos nos identificamos diciendo “soy esto o aquello”. Y es entonces cuando se convierte en un problema. Es más, intentamos extender esa identidad. No queremos ser solamente cristiano, queremos ser un “buen” cristiano. No queremos ser simplemente teósofos, queremos ser teósofos profundos. ¡Queremos ser el Presidente internacional! El proceso no para nunca. Es interminable. Cuando vivís en un mundo de siete billones de personas que actúan de esta manera, se pueden esperar problemas como los que vemos cada día. Todo el mundo intenta reservarse su rincón para tratar de satisfacer lo que cree que son sus deseos, compitiendo con los otros siete billones de seres. Éste es el problema esencial.

La encarnación, pues, tiene sus consecuencias. Lo bueno es que este “yo” que va creciendo constantemente tiene ciertas limitaciones. Inherente en este proceso está la experiencia que podríamos describir como la insatisfacción. Sencillamente nunca tenemos suficiente para ser felices. No podemos ser lo bastante ricos o lo bastante amados. Y eso es lo hermoso, que a cada persona le llegará necesariamente el momento en que sienta constantemente una insatisfacción tan grande que viva con el corazón atormentado. Es algo bueno, porque de esa insatisfacción nace el necesario paso siguiente en el que nos encontramos ahora. Después de darnos cuenta de que el sendero particular que hemos estado siguiendo no nos llevará adonde queremos ir, empieza otra cosa que podría describirse como una búsqueda. Nos convertimos en buscadores de la felicidad, de la Verdad, de algo a lo que definimos con muchos nombres.

En las etapas iniciales, lo que realmente buscamos es algo que nos llene la sensación de vacío y que acabe con esa sensación de insatisfacción. Muchas veces lo expresamos como un deseo de libertad. De alguna manera nos sentimos encerrados, limitados por este mundo que hemos aceptado tan profundamente. Empieza con una sensación de libertad. El planteamiento no desarrollado de la libertad equivale a querer liberarnos de alguna cosa la mayor parte de las veces. Queremos liberarnos de las cosas que nos atormentan: liberarnos de la enfermedad, de la gente desagradable, de no tener bastante dinero, etc. Todo ello basado en la idea de que estamos incompletos, de que estamos obligados a buscar hasta encontrar esa pieza determinada que nos falta en el interior porque cuando la encontremos y la encajemos en su lugar “todo estará bien en el mundo”. Es un planteamiento inicial, pero obviamente no nos puede llevar muy lejos.

Como se trata de un proceso, es algo que necesariamente se va desarrollando y lo que empieza como una “liberación de”, va creciendo hasta otro sentido de liberación, que será una “liberación hacia”. Ésta es la experiencia de la vida humana normal, una liberación para amar, para ser amable, para ser abierto, son las cosas que parecen tener algún significado duradero. Son las libertades que experimentamos brevemente. Estas experiencias momentáneas de estados superiores tienen un efecto tan profundo en nosotros que se convierten en la piedra angular de todo lo demás que hacemos en la vida. Forman parte del desenvolvimiento que está ocurriendo y que todos experimentamos, sin que sepamos dónde están sus raíces ni sus límites. En cierto momento empezamos a darnos cuenta de que existe una forma de actuar y de transformar nuestra mente, que parece conducirnos hacia la experiencia que describimos como la felicidad.

Una de las ideas fundamentales del budismo es la de que cada ser sensible busca la felicidad, tanto si se trata de una hormiga como de un león de la selva. Lo hacemos todos. Hay algunas cosas que nos aportan momentos breves de felicidad, que no duran mucho, pero a medida que vamos madurando y nos desarrollamos empezamos a darnos cuenta de que hay ciertas experiencias que pueden conducirnos a una felicidad que puede repetirse.

En 2011 el Dalai lama vino a Chicago a visitarnos. Una de las bendiciones que nos reportó su visita fue la de poder pasar un par de días en su proximidad.

Hablamos de su práctica de toda la vida y su profunda educación en el budismo tibetano, y me dijo algo que me impresionó. Comentó que uno de los resultados de su training era que ahora, la mayor parte del tiempo, era muy feliz. A mí este comentario me pareció extraordinario por su simplicidad. Ser feliz la mayor parte del tiempo no parece un objetivo tan difícil. Es algo que podemos conseguir. Y esta felicidad puede repetirse si aplicamos ciertas formas de actuación. Después de tantos años de compromiso con el estudio, la práctica y el pensamiento teosófico, también intentando vivirlo, muchas veces se puede sintetizar todo en unos cuantos puntos esenciales.

Uno de los puntos esenciales es el planteamiento que hemos establecido sobre la felicidad. Reconocemos que es el resultado del estado de nuestra mente y de nuestra actitud. Una de las cosas que la teosofía nos ofrece es un maravilloso mapa de direcciones, un mapa del paisaje del terreno humano interno. Es algo extremadamente valioso. No estamos hablando solamente de nuestro cuerpo físico, sino de los varios componentes que comprenden lo que llamamos el ser humano. Desde un punto de vista oculto es simple de definir. ¿Qué es un ser humano? Según lo definió H.P. Blavatsky, es la unión del espíritu superior y la materia  inferior a través de la mente. Es simple, pero profundamente importante. Si conseguimos entender un poco esta definición, quedará claro dónde hemos de trabajar en esta vida. Hay que hacerlo en ese punto de unión, en la mente. Este puente de la mente que une los polos del espíritu y la materia es lo que nos convierte en humanos.

No sólo es importante entender técnicamente qué es nuestra mente, sino entenderla de forma práctica. ¿Qué es la mente? Primero, sería útil descartar la definición científica contemporánea de la mente, que unifica sensaciones, pensamientos, sentimientos e intuiciones en un proceso cognitivo que, supuestamente, está generado por el órgano físico llamado “cerebro”. Si no hay cerebro, no hay mente. Esa es la teoría. Ahora vamos a dejarla a un lado aunque, en cierto sentido, tenga valor. Tomad como ejemplo un aparato de televisión. Nuestra TV es el instrumento físico que, una vez encendido, nos muestra todo tipo de programas maravillosos y no tan maravillosos. No hay nadie, en el siglo veintiuno, tan inconsciente como para pensar que, de algún modo, este aparato de televisión, este organismo físico, es el que produce todos los programas de televisión. Eso se hace en otra parte, en los estudios de Nueva York y Hollywood. El cerebro es el aparato de TV; la mente es ese campo del cual el aparato de televisión obtiene sus imágenes, sonidos e historias. Puede ser útil pensar en esta analogía.

Muchas veces, en la literatura espiritual, a “la mente” se la describe como un espejo. En La Voz del Silencio, se la describe como un espejo que puede acabar cubierto de polvo y que necesita “las suaves brisas de la sabiduría del alma” para limpiarse. Es una hermosa imagen. La mente, el espejo, tiene dos aspectos: cuando está boca abajo y refleja todas las cosas del mundo material la llamamos la mente inferior. Pero como tenemos esta capacidad de influenciar la dirección que le damos, también podemos dirigirla hacia arriba, en cuyo caso reflejará el firmamento, el sol, los cielos y todo lo superior, es la mente superior. Es la misma capacidad de reflejar. Sólo cambia la dirección que le damos. Por esto, la mente es allí donde hemos de trabajar.

Probablemente todos estamos familiarizados al menos con la parte básica de la historia de los habitantes de la caverna de La República de Platón. Es una de esas historias que aparece en todas las culturas y tradiciones aunque adopte formas ligeramente distintas. Y tiene relación con la mente. Cuando estudiamos la mente empezamos por reconocer que existe una necesidad de desarrollar sus poderes mediante un proceso jerárquico. Como parte de ese proceso, hay personas a las que consideramos maestros que llegan a nuestra vida para ayudar en cada uno de estos niveles. En el primer nivel, cuando empezamos a reconocer que algo no va bien, que hay que hacer algo, la necesidad inicial que tenemos es de obtener información: ¿Cuál es este mundo del que estoy empezando a descubrir algo? ¿Cómo puede describirse? ¿Cuáles son las formas?  “Nombre y forma” es uno de los aspectos que se realza en el budismo. Ese es el nivel introductorio. Las personas que encontramos a ese nivel como maestros deberían llamarse pundits o catedráticos. Ellos pueden describir, señalar y definir. Ésa es la necesidad en esa etapa del desarrollo.

A medida que continúa nuestro desarrollo, la información empieza a acumularse y adopta la cualidad de conocimiento. Ya no se trata solamente de átomos aislados de hechos, sino que empieza a constituirse en algo mucho más amplio y comenzamos a tener cierto conocimiento del mundo. Entonces empezamos a formar las creencias y una serie de conceptos que comenzamos a aceptar como reflejos de ese conocimiento que hemos conseguido. Los maestros de este nivel son los sacerdotes o políticos. Nuestras creencias siempre serán equivocadas y temporales, pero en esta etapa son necesarias. Hay gente que cree tan profundamente en Jesucristo, en Alá, en los distintos dioses del panteón indio, que a causa de esas creencias ¡consideran justificable matar a quien no las comparta! Evidentemente, estos sistemas de creencias tienen sus limitaciones. Como teósofos nosotros tenemos nuestras creencias. Son buenas, pero cuando alguna de ellas ya no sirve para los propósitos del crecimiento de nuestra conciencia, se convierte en algo a descartar.

Tenemos, pues, la información, el conocimiento, la creencia, y después llegamos a algo que comienza a hablar de esa cualidad de la iluminación, que es la comprensión. La comprensión genuina no es un producto del pensamiento. Es el producto de una mente que se ha iluminado. ¿Qué es lo que la ha iluminado? En términos teosóficos técnicos diríamos que es manas iluminado por buddhi. El término sánscrito para esta mente iluminada es manasa taijasi. La mente que está iluminada refleja la comprensión. Así que tenemos a los maestros espirituales, unos grandes seres que son capaces de hablar con nosotros desde ese nivel de la iluminación, y nos sentimos atraídos hacia ellos. El pináculo de este desarrollo progresivo, que estaría más allá de la información, del conocimiento, e incluso más allá de la comprensión, sería la sabiduría, la percepción directa de lo que es. No se trata de una descripción hecha por alguien, ni de una sensación, ni de una idea, sino de la experiencia: “De lo irreal condúceme a lo Real”. Lo Real es el reino de la sabiduría. A este nivel los maestros son pocos. Podrían describirse como los Maestros de la Sabiduría, o como el Yo, que no es ni la personalidad ni el ego.

Vamos a describir la mente y el desarrollo que conduce a la sabiduría en los términos que nos presenta Platón. El marco de la historia es el de unas personas encadenadas en una caverna y que siempre han vivido bajo tierra. Todo cuanto ven es la pared que tienen delante. No pueden mover el cuello ni ver nada de lo que hay detrás. Por esto no pueden girarse ni ver que hay un camino que conduce hasta la luz y el aire libre de arriba. Platón elabora, más adelante, este cuadro diciendo que detrás de ellos arde una gran hoguera que proyecta las sombras en el muro. También hay una pared baja entre ellos y el fuego y detrás de ellos caminan sin parar otras personas llevando cosas. De esta forma, cuando pasan por allí, por ejemplo con una cesta en el hombro, la sombra aparece en el muro. Las personas encadenadas solamente ven la silueta y empiezan a darle un nombre. Después los que llevan las cosas empiezan a hablar y el eco rebota en el muro que tienen delante, dando la sensación de que las sombras están hablando. Lo que ocurre es que, entre los encadenados que miran las sombras, se encuentra alguno a quien los demás señalan diciendo: “Ah, éste es el más sabio de todos nosotros, porque puede mirar y es capaz de predecir qué sombra va a aparecer a continuación, ¡realmente es muy sabio! ¡Lo mismo ocurre con los economistas de hoy en día! Éste es el escenario que describe Platón.

Después Platón pregunta: “Supongamos que alguien se acerca a una de esas personas que ha estado encadenada toda la vida y le conduce hasta el fuego. ¿Cuál sería el efecto que eso supondría para la persona? Obviamente sus ojos quedarían deslumbrados por la luz y temporalmente cegados por el resplandor del fuego. Después, si le preguntarais qué es más real, si el fuego o las sombras que estaba acostumbrado a ver, debido a la fuerza de la costumbre se decidiría por las sombras. Gradualmente se iría acostumbrando cada vez más a la hoguera. Y Platón añade: “Imaginemos que ahora lo alejáis del fuego y lo lleváis poco a poco hasta la superficie donde brilla el sol, entonces ¿cuál será el efecto? Quedaría totalmente ciego, sería todo tan luminoso que no vería nada. Estaría confundido, pero acabaría por acostumbrarse a ese mundo iluminado. Al principio no podría levantar los ojos porque habría demasiada luz y empezaría mirando los pequeños charcos de agua para ver el reflejo de los árboles y otras cosas, y finalmente incluso el reflejo del sol. Con cierto tiempo de exposición a este nuevo entorno llegaría el momento de poder mirar y ver el sol y de alguna forma llegaría a la conclusión de que aquello era la fuente de todas las demás luces menores. Ese sol es lo que da vida y significado, lo que invade todo el mundo.

La diferencia entre el sentir de este hombre cuando se hallaba delante de las sombras y después, cuando era capaz de mirar el sol, aunque sea el mismo cuerpo, es enorme. Para concluir la historia, Platón continúa: “Ahora que ha salido a la luz, volvamos a introducirle en la caverna.  Al llegar allí, se sienta con sus antiguos compañeros pero todo le parece tan oscuro en este mundo subterráneo, después de haberse acostumbrado a la luz brillante, que no consigue ver nada. Todos sus amigos lo miran y dicen “¡Miradlo! Antes de marcharse era un hombre normal y razonable, pero ahora vuelve y no ve nada, habla de unas fantasías sobre algo que llama luz y afirma que estas sombras son irreales y que son proyecciones de algo que ocurre detrás de nosotros. ¡Este hombre se ha vuelto loco!” Y a continuación dicen: “A la próxima persona que intente llevarse a uno de nosotros hasta esta luz, ¡la mataremos! Por compasión, por amor y según nuestro nivel de comprensión, no vamos a dejar que traten a los nuestros de esta manera”. Ésa es la historia. Es un escenario y una historia interesante pero ¿de qué habla? No se trata de unas personas ocultas en algún lugar en una caverna de Atenas. Está hablando de nosotros y de la naturaleza del desarrollo de nuestra capacidad para reflejar lo que ya está presente en nuestro interior: esa Luz radiante.

Los efectos del movimiento teosófico se han visto a muchos niveles. Evidentemente existe la necesidad inicial de exponer al mundo ciertos conceptos sobre la naturaleza del ser humano y el universo, sobre nuestra capacidad de escoger y nuestra responsabilidad. Ese trabajo no se ha completado aún, pero se ha trabajado bien en ese sentido y en esa línea. Muchos grupos pueden repetir pequeñas partes de lo que llamamos teosofía, a veces mejor que nosotros mismos. El propósito de todo el movimiento teosófico mundial y del proceso en el cual nos encontramos comprometidos en nombre de la Teosofía trata más -realmente- de la auto transformación. Esto significa transformarnos como individuos, no sólo porque nos ayudará a sentirnos bien en nuestros momentos de tranquilidad, como ocurrirá, sino porque somos unidades dentro de una vida más amplia, dentro de una conciencia más amplia,  dentro de “la gran humanidad”, y la vida y energía que nosotros damos como contribución a esa vida más amplia afecta a todas las unidades que hay dentro de ella.

Nos gusta pensar que somos unos seres pequeños relativamente indefensos. Es una manera conveniente de pensar porque nos alivia de cierta responsabilidad, de la responsabilidad de emprender totalmente este proceso de desarrollo. Este desarrollo es bueno para vosotros y para el planeta, y es la razón por la que estamos aquí. La regeneración humana es la razón profunda de que se haya fundado la Sociedad Teosófica, no sólo para introducir algunos conceptos nuevos que pueden contaminarse como ya ha pasado con tantos otros, sino con la esperanza de que hubiera algunos individuos que puedan realmente seguir esos conceptos, entrar en profundidad en ellos, reflexionar sobre ellos y practicarlos, hasta que verdaderamente vayan más allá de la práctica y el esfuerzo, hasta llegar a la experiencia. La experiencia de la Unicidad, de la Fraternidad, de los Maestros de Sabiduría, el nombre no importa. La experiencia es lo que importa, porque eso es lo que se extiende. Eso es lo que primero se apodera de nosotros y simultáneamente se disemina por el mundo.

Cada vez que nos reunimos y nos vemos las caras tenemos una oportunidad maravillosa a nuestro alcance. Muchas veces asistimos a las reuniones porque buscamos aquélla que creemos que nos falta, o porque nos sentimos más cómodos en presencia de otros que piensan igual que nosotros. Uno de los propósitos ocultos de estas reuniones va mucho más allá de todo esto. La mayoría de las veces ni siquiera somos conscientes de ello. Hay momentos, a veces brevísimos, en los que la preocupación que tenemos por nosotros mismos desaparece. Solamente en ese momento somos útiles para el mundo. Hay algo muy grande que está intentando darse a conocer en este mundo. Nosotros estudiamos cosas sobre ello y de vez en cuando sentimos su influencia. Lo que le impide a esta cosa manifestarse plenamente es la falta de aperturas. Nosotros somos esas aperturas. Ese algo sólo podrá darse a conocer cuando dejemos de bloquear nuestra disponibilidad con la corriente casi incesante de deseos, anhelos, pensamientos y planes, con la interminable lista de la ropa sucia de quien creemos ser. Esas cosas pueden desaparecer y lo sabemos porque todos hemos tenido la experiencia.

Tenemos una oportunidad que, afortunadamente, se repite en cada momento. Ninguno de nosotros necesita más información. En medio de los incontables detalles que llamamos nuestra vida, en todo lo que nos ocupa constantemente, deberíamos intentar no perder nunca de vista el hecho de que hay algo mucho más profundo que se encuentra en el otro lado. Hay algo que nos ha traído al mundo y que se encuentra al otro lado de esos detalles. Nuestro problema es que no podemos alcanzarlo hasta que no nos ocupemos de estos detalles de la forma adecuada. Lo único que intento hacer es animaros, igual que me animo a mí mismo diariamente, para recordar lo que se encuentra más allá. Todos lo han visto y lo han sentido, pero hay que recordarlo. Con eso es suficiente.

jueves, 21 de mayo de 2015

Divinidad inmanente....



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Teosofía Explicada.

PREGUNTA:  ¿cuáles son los principios fundamentales de la Teosofía? 

RESPUESTA: Hay dos de ellos. El primero es la inmanencia de la Divinidad.

 La Deidad se halla en todas partes y en toda cosa. La Vida Divina es el espíritu de todo lo que existe, desde el átomo hasta el arcángel.

 Todo pensamiento, toda conciencia, son Suyos, porque Él es el UNO, el Único, la Eterna Vida. 

Y así, la esencia de la Teosofía es el hecho de que el hombre, siendo copartícipe de Su vida, puede conocer la Divinidad, y es, él mismo, divino e inmortal; mejor dicho, eterno; pues la inmortalidad es solamente inmensidad de tiempo y lo que el tiempo comienza en el tiempo debe terminar; en tanto que el hombre es eterno como la Divinidad misma es eterna, y la muerte es tan sólo el desechar una vestidura antes de revestirse de otra.  

Pero si existe una Vida, una conciencia en todas las formas, con la Divinidad inmanente en todas, entonces, como inevitable corolario a esta suprema verdad, deriva el hecho de la solidaridad de todo lo que tiene vida, de todo lo que existe; una Fraternidad Universal.

 La inmanencia de la Divinidad; la solidaridad del Hombre: he ahí las verdades básicas de la Teosofía.

domingo, 17 de mayo de 2015

EL AUTOCONOCIMIENTO



(Self-Knowledge, Lucifer, oct. 1887)
 H.P. Blavatsky

Lo primero que se necesita para obtener autoconocimiento, es llegar a estar profundamente consciente de la ignorancia, el sentir en cada fibra del corazón que uno se engaña incesantemente a sí mismo.

El segundo requisito es la convicción aún más profunda que tal conocimiento –el conocimiento intuitivo y cierto– puede obtenerse con esfuerzo.

El tercero y más importante es una determinación indomable para obtener y encarar ese conocimiento.


Ese tipo de conocimiento de sí no puede alcanzarse por lo que los hombres llaman ordinariamente “autoanálisis”. No se logra por razonamiento o por ningún proceso cerebral; ya que es el despertar a la conciencia de la naturaleza Divina del hombre. 

El obtener este conocimiento es un logro más grande que el de regir los elementos o conocer el futuro.

RIGIDEZ Y FLEXIBILIDAD


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Surendra Narayan

 El Sr. Surendra Narayan fue por muchos años Vice-Presidente Internacional de la Sociedad Teosófica.

  Hay una oración en A los Pies del Maestro que nos aconseja ser firmes como una roca cuando de lo justo y de lo injusto se trate, pero siempre ceder en cosas que no tienen importancia.

   Reflexionando sobre la diferencia entre lo recto y lo incorrecto, uno nota que la noción de ambos ha variado hoy respecto al pasado, varía en diferentes países, religiones, comunidades, e incluso entre diferentes castas.  No hace mucho tiempo, la viuda solía inmolarse en la pira funeraria de su esposo en ciertas partes de India, y eso se consideraba correcto y sagrado, pero esto no ocurría en otras partes y tampoco ocurre ahora en ningún lado. En el presente, también lo prohíbe la ley. Muchas guerras en la Edad Media eran llamada ´guerras sagradas´.  Incluso actualmente las guerras no han disminuido y son consideradas buenas para el grupo de países o país agresor, y malas por muchos otros.  Y lo más reciente es el ´terrorismo´.  Algunos de los que lo practican, lo consideran absolutamente correcto y un servicio a Dios, la religión o el país.  El resto del mundo lo llama barbarie, y lo considera totalmente erróneo.  El trabajo infantil es otra práctica considerada correcta por quienes emplean niños porque reduce los costos de producción, permite que se venda mercadería en mercados competitivos nacionales o internacionales, e incidentalmente, también provee empleo para los pobres.  Otros lo consideran una explotación egoísta, y dañino para el crecimiento integral saludable de los niños.

   Las palabras ´bueno´ y ´malo´ o ´malvado´ también se han usado en el mismo sentido que ´recto´ e  ´incorrecto´.  Puede ser oportuno en este contexto, hacer referencia a una afirmación de Aldous Huxley, en La Filosofía Perenne:

 El bien es la sumisión del yo separado, y finalmente la aniquilación, en la Región divina…; la maldad, es la intensificación de la separatividad, la negación a saber que la Región existe.

 Y luego, significativamente agrega:

 Estos estados erróneos de la mente son… absolutamente incompatibles con ese conocimiento unitivo de la Región divina, que es el Bien supremo.

   La percepción de la unidad de toda la vida yace en la raíz de saber qué es correcto y qué es incorrecto.  Los Maestros nos han recordado una y otra vez sobre la necesidad de la percepción de la verdad de que toda la vida es una.  En la Biblia una bella oración dice:

 Porque de igual manera, que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero todos ellos no tienen la misma función. Así muchos somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros. (Rom., 12: 4-5)

 Usando un lenguaje diferente, J. Krishnamurti dijo una vez:

 Todo es un solo movimiento, las estrellas, los cielos, la luna, el sol: una energía tremenda.  Nuestra energía es muy limitada. ¿Se puede eliminar esa limitación, y nosotros ser parte de ese enorme movimiento de la vida?  Yo llamo a esto el bien.

 Y un Sufi iluminado dirigiéndose al Supremo, dijo: Fui al jardín, miré a todas y cada una de las flores que allí había, y observé que cada una tenía el mismo color y la misma fragancia que Tú.

   La percepción de esta unidad de toda vida llega cuando observamos cuidadosamente, miramos con atención, y tratamos de comprender la naturaleza de la vida, de los hechos, y de las relaciones desde un nivel de consciencia más profundo, más allá del ´yo´, el ´me…´ y lo ´mío´.  Una percepción en aumento de esta unidad comienza a eliminar el egoísmo y la separatividad, el apego a las cosas que nos dan placer, siendo totalmente indiferentes de lo que le pasa a otros, y por lo tanto nos lleva a darnos cuenta de qué es correcto y qué es erróneo en pensamiento, palabra y acción.

   Todo esto no significa abandonar la vida del mundo y retirarse en reclusión.  Puede ser oportuno mencionar aquí una famosa enseñanza de Buddha.  Una vez, Anâthapindikam, un hombre de inmensurable riqueza, se acercó a Buddha y le dijo: “Mi corazón ansía hacer lo correcto y ser una bendición para mis semejantes.  ¿Debo abandonar mi riqueza y mis negocios y como tú ser un mendicante a fin de alcanzar la dicha de una vida religiosa?” Buddha contestó:

Todos pueden alcanzar la dicha de una vida religiosa; pero quien se apega a la riqueza es mejor que la abandone, a que permita que envenene su corazón; pero quien no se apega a la riqueza, y poseyéndola la usa correctamente, será una bendición entre sus semejantes.  No es la vida y la riqueza y el poder lo que esclaviza a los hombres, sino el apego a la vida, a la riqueza y al poder.

   Vayamos ahora al consejo “siempre ceder en cosas que no tienen importancia”.  A menudo notamos bastante desagrado e incluso riñas en las familias porque a los padres no les gusta cuando los niños dejan de lado algunas viejas tradiciones o costumbres, como por ejemplo los matrimonios acordados sólo por los padres o los mayores en la familia, o las niñas que tienen que ir a escuelas sólo de niñas.  A veces surgen diferencia entre los padres y los hijos, respecto al modo en que los jóvenes visten, sobre las materias que eligen para estudiar en la escuela o en la universidad y sobre la carrera a seguir, si prefieren la profesión del padre u optan por una línea de trabajo diferente. No hace mucho tiempo en India, en muchas familias la propuesta de matrimonio para que una viuda se volviera a casar, o para casarse con alguien fuera de la casta, ¡solía crear un terremoto medida 6 o 7 en la Escala de Richter! El consejo dado en todos esos casos es “ser siempre gentil y amable, razonable y complaciente, dándoles a otros la misma y absoluta libertad que necesitan para ustedes mismos”.

   De igual modo, observando las formas en que el trabajo se lleva a cabo incluso en instituciones filantrópicas y de caridad, a menudo uno nota que surgen diferencias en cosas que realmente no tienen importancia.  Sería bueno referirse al consejo dado al respecto por Madame Blavatsky a los miembros de la Sociedad Teosófica en Norteamérica, quienes se habían reunido para su Convención anual.  Ella escribió:

 Los Maestros sólo requieren que cada uno haga lo mejor que pueda, y sobre todo, que cada uno se esfuerce en realidad para sentirse uno con sus compañeros de trabajo.  No es un acuerdo torpe sobre cuestiones intelectuales, o una unanimidad imposible respecto a todos los detalles del trabajo que se necesita, sino una devoción verdadera, honesta y de corazón a nuestra causa que llevará a cada uno a ayudar a su hermano al máximo de sus fuerzas para trabajar por esa causa, ya sea que estemos de acuerdo o no respecto al método exacto de realizar ese trabajo.

 Y ella agregó en otro Mensaje:

 La auto-observación nunca es más necesaria que cuando un deseo personal de liderar y una vanidad herida, se disfrazan de devoción y trabajo altruista.

  

miércoles, 13 de mayo de 2015

La transformación en uno mismo


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N. SRI RAM

Reimpreso de The Theosophist, marzo 1965.

Se ha dicho que quien se dispone a hollar el Sendero espiritual u oculto, se debe dar vuelta de adentro hacia afuera. Esto parece una afirmación amplia, y sin embargo pienso que expresa literalmente la verdad de lo que debe ocurrir, que no es nada menos que una completa revolución en uno mismo. Esto también puede parecer exagerado e incluso incomprensible, pero deberíamos enfocar la naturaleza del cambio de esta manera:

   Permitamos que cada uno se examine como es, su condición presente. Apartando al cuerpo, ya que sólo es la vestidura externa, si observan las reacciones e ideas presentes en vuestra mente, verán que no es una comparación poco probable describirlas como una especie de bolsa que tiene contenidos diferentes, con su boca casi cerrada. Cada uno la ha llenado con cierta cantidad de información sobre el mundo que lo rodea, y también con varias ideas de su relación con ese mundo, sus necesidades, deseos, posesiones, creencias, etc. Su pensamiento se mueve ampliamente alrededor y entre estas ideas.

   Si nos examinamos, veremos que cuando empezamos a pensar sobre cualquier tema, la mente tiende a dirigirse a la misma pista en que lo hacía. Cada movimiento de la mente produce un surco, a lo largo del cual sus energías tienden a fluir nuevamente. Podemos cambiar nuestras ideas un poco, manipularlas y reordenarlas, moverlas de modos diversos, pero fundamentalmente son ideas acumuladas por un periodo de tiempo, y junto con  las reacciones conectadas con ellas, es lo que constituye la estructura de nuestras mentes. En su mayor parte, la mente está cerrada y no está dispuesta a admitir ninguna idea o verdad que perturbe su condición establecida.

   Lo que debe ocurrir ahora, es dar vuelta esta mente encerrada, que es como una bolsa, y transformarla en algo abierto y diferente. El darla vuelta de adentro hacia fuera, significa el vaciamiento de la mente, la total limpieza de sus contenidos, de modo que ya no sea más la mente como llegó a ser, sino una expansión pura de consciencia con nada adherida a ella. Todos estamos familiarizados con la idea de Einstein del espacio y el tiempo como un continuo, es decir, un espacio que sería perfectamente suave y regular pero por el hecho de que hay varios objetos en él, todos los objetos del universo lo tiran de modos diferentes, y crean irregularidades. Por ello este espacio se vuelve finito y limitado. Esta es una idea altamente iluminadora, sea la teoría absolutamente correcta o no. Cada una de las varias ideas que se forman ejercen su presión sobre la consciencia, de modo tal que en varios puntos es tirada hacia un centro particular que llamamos nosotros mismos, o es alejada de él, y lo que debería ser un espacio abierto y suave, se vuelve una bolsa cerrada.

   Es cuando la mente deja ir todo lo que contiene, que la consciencia que en sí misma es indestructible y extraordinariamente elástica, todo respecto a ella es extraordinario, se restablece a su condición original, sin distorsión alguna, todas las irregularidades son niveladas completamente, y las diferentes presiones que la constriñen y repliegan, ya no están presentes. Más aún, se libera de cualquier mancha o señal de su asociación con contenidos pasados. Podemos ver qué estado de mente y corazón maravilloso sería, abierto totalmente para reflejar, registrar y saber todo con absoluta verdad. Tal mente, sin ese centro del yo, a cuyo punto anteriormente todo era atraído, es una mente pura capaz de reflejar la verdad.

   Entonces su condición es de humildad, en la que sólo existe la posibilidad de la sabiduría. Humildad no es auto-desprecio, como muchos piensan. Cuando digo que soy una persona insignificante, estoy lamentando mi insignificancia, expresando el sentimiento de que no soy tan importante como me gustaría ser. Es el deseo de importancia, poniéndonos eminentemente a nosotros mismos sobre el mapa y desempeñando un rol, lo que genera el lamentable sentimiento de que uno no esté ya allí. La humildad es como la oscuridad de un film o placa fotográfica extraordinariamente sensible, en la que todo lo que está ante ella se refleja verdadera y fielmente. Para alcanzar esta condición uno no tiene que dedicarse a ninguna actividad que sea la búsqueda de un objetivo auto-proyectado, pero uno debe despojarse de todo lo que obstaculiza el poder reflejar la verdad, verdad que es respecto a todo y a uno mismo. La verdad se manifiesta a sí misma como en un espejo, cuando existe la condición en la que puede hacerlo. Entonces uno no tiene que correr detrás de ella. Es un estado de negatividad poderosa en la que todo lo positivo que hay dentro de su campo es comprendido automáticamente. Aquéllos a quienes llamamos los Maestros de la Sabiduría, como yo los comprendo, son personas que han llegado a esta condición.

   En tal estado de humildad, que es auto-negación pura y absoluta, en la que existe una ausencia completa de egoísmo y no hay ningún elemento de auto-afirmación, la verdad de todo lo que ocurra para afrontar ese estado se vuelve absolutamente simple y auto-evidente. Cualquier afirmación de uno mismo, que también significa de las ideas que el yo ha apegado a sí, y ha hecho parte suyo;  todas esas actividades del yo, como agrandarse o aumentarse a uno mismo, tratando de impresionar a otros, deben cesar, para que esa negatividad intrínseca, que también es pureza y humildad, lleguen a la existencia.

   Cuando pensamos en un Adepto o un gran Ser espiritual, generalmente formamos una idea de lo que es, que refleja nuestra ignorancia. No representa la realidad de su estado del ser. Pensamos de él como que tiene varios poderes extraordinarios, como una persona que tiene acceso a mundos ocultos y está en posición de otorgar varios favores. Puede tener tales poderes, pero esa no es la esencia de su ser. No es la posesión de poderes lo que constituye la perfección. Es la belleza de su naturaleza, la verdad de lo que es, lo que evoca nuestro amor y asombro espontáneos.

   Todos hemos leído sobre esa naturaleza o principio en el hombre que se denomina Buddhi en sánscrito. Generalmente se traduce como Intuición espiritual. En los viejos tiempos, la Dra. Annie Besant lo llamó “la Razón pura”. Pero estas descripciones transmiten sólo una idea parcial de lo que es en su totalidad. Podríamos pensar en dicho principio, simplemente como la naturaleza espiritual más profunda del hombre. El motivo por el que me refiero a él aquí es que es sólo en la condición de pureza y humildad, que estuve describiendo, que esta extraordinaria facultad de Buddhi, o verdad-consciencia como se la ha llamado, se despliega. Se ha dicho que el corazón es el asiento de Buddhi, mientras que el cerebro es el asiento de Manas. El corazón es esa naturaleza que se da a sí misma, sin restricciones.

   La diferencia fundamental entre Manas y Buddhi yace en el hecho de que mientras que Manas es una energía dirigida hacia fuera, hacia las partes diferentes de un todo, e intenta conocerlas a ellas y a sus relaciones mutuas, Buddhi tiene un enfoque distinto. Abraza al todo con todas sus partes desde el interior. Conoce la verdad de una cosa por identificación con ella, esta verdad es no sólo la verdad de lo que es externamente, la verdad de su forma, sino también y ante todo, lo que es en sí misma, además de la forma, la verdad de la vida que mora en su interior. Es un aspecto diferente de la totalidad de nuestro ser que responde a la cualidad o naturaleza interna de una cosa. Existe tal respuesta cuando hay amor del que se da a sí mismo.

   Como dice HPB, Manas y Buddhi se deben armonizar mutuamente, para que constituyan la unidad de Buddhi-Manas. Entonces allí aparecen varias posibilidades, y todas florecen por la condición de darse a sí mismo, y por la totalidad de nuestro interés y amor hacia la vida en todas sus formas. El darse totalmente es un estado de entrega que no se puede producir por ningún acto volitivo. Tal entrega tiene que ser libre y natural. Sólo cuando el yo que es un producto de la fórmula “yo quiero”, se ha retirado completamente, y se ha eliminado de nuestra naturaleza, uno alcanza esa ausencia de tensión, pureza y sensibilidad en la que la verdad se hace presente. El cambio, desde cierto punto de vista, es una transformación pero no una transformación del yo. Es un desarrollo hecho posible por la ruptura del yo, cuyo proceso, cuando se inicia, avanza rápidamente, como cuando se derriten las aguas congeladas al llegar la primavera. No puede ser una transformación consciente, porque sucede sin el yo. Es el sentido de un yo separado lo que rompe la unidad inconsciente que era nuestro estado original. El yo, como todos podemos ver, es algo con muchos deseos. Realmente es un producto de deseos contradictorios. Como todo deseo, por lo que sea, está básicamente auto-centrado, tal vez sea el querer diferentes cosas, tenerlas y poseerlas, lo que crea la ilusión de un ego con muchos impulsos contradictorios. No me estoy refiriendo al ‘Ego’ de la literatura teosófica que es la suma de todas las posibilidades espirituales alcanzadas, que contiene en sí mismo el hilo que las conecta.

   La transformación en nosotros es la disolución del centro de desunión, que tiene muchas formas de acción y expresión, que arroja tentáculos con los que sujeta lo que desea y se esfuerza por sostenerlo para su propio placer. Es la ausencia de egoísmo, manifestando la comprensión de nuestros semejantes, sin estar basada en nuestras reacciones, lo que origina el amor en el verdadero sentido espiritual. Entonces, en vez de un imperio de egoísmo, se establece en el corazón un imperio diferente, uno de amor y comprensión. Y este imperio o estado no es estático sino que es un florecimiento constante o una expansión desde el interior. Existe en él una continua emanación de las aguas de la vida, una fuente que toma una forma nueva de instante en instante.

   Incluso percibir la posibilidad de tal cambio tiene gran valor. En el momento en que vemos la meta sabemos por lo menos la dirección en la que hemos de avanzar. Un simple destello de esa meta que está en nosotros mismos trae una tremenda seguridad y un desinterés por cualquier otra cosa, que no sea ella. Uno no es desviado por consejos ignorantes hacia otras direcciones, que son modos de girar alrededor del yo o de auto-involución.

   La revolución que debe ocurrir, no es un cambio en el sentido común, ni parcial, ni violento. Es una revolución que debe producirse en una condición de comprensión y libre de conflictos, y es el establecimiento de un orden diferente del orden, o mejor dicho el caos que existe en nosotros ahora, un orden que es un estado de libertad y da origen al amor que arroja sus rayos sobre todos, que hace que lo que es amorosamente divino en otros, se manifieste a nuestra visión. No estamos en esa condición actualmente. ¿Qué vamos a hacer para crear este amor? La respuesta a esto sería: Todo aquello que es de máxima belleza y significado, sólo puede ser producido por la Naturaleza, es decir, por un proceso totalmente natural, no por nuestra voluntad o por una mente que está limitada y es ignorante. Es la Naturaleza, la Madre universal, que sabe cómo llevar a buen término las posibilidades que yacen latentes en toda la vida, cómo producir un cambio completo, cómo producir algo totalmente nuevo. Todo lo que podemos hacer es eliminar los impedimentos en nosotros mismos que obstaculizan ese florecimiento que debe ocurrir por sí mismo.

   Un individuo puede ser viejo, estructurado, limitado de diferentes modos. ¿Puede volverse joven de corazón, fresco y completamente rejuvenecido? ¿Cómo se puede lograr esto? No porque lo planifique o decida hacerlo. No se puede hacer de ese modo, porque es sólo la vida lo que rejuvenece y nosotros debemos hacerlo posible para que esta vida fluya libremente. Como siempre se ha dicho, la muerte es la puerta de la vida, la renovación de la vida. Muerte significa la muerte de todos los elementos que bloquean la fuente de la vida. Es la vida surgiendo de nuestras raíces eternas lo que rejuvenece al individuo, de modo que se vuelve completamente nuevo en su ser interno.

   En un estado del ser en el cual no hay deterioro, es posible una condición de juventud eterna en los planos de la consciencia. El hombre liberado puede tener un cuerpo físico que envejece a su debido tiempo, lo que es inevitable, porque el cuerpo cambia según las leyes de la Naturaleza física, pero internamente en su corazón y en su ser, en su consciencia, es siempre fresco y nuevo, como el niño recién nacido junto con toda su sabiduría. No existe virtud alguna en prolongar nuestra vida, pero sí en permanecer joven de corazón, nuevo, inocente, incondicional, libre e incorrupto. Esa es la naturaleza de un Adepto.

   Si tal cambio debe ocurrir sin forzarlo, por un proceso natural, entonces, ¿de qué nos preocupamos? “Nosotros” significa nuestra voluntad e inteligencia que pueden eliminar los impedimentos de ese proceso y pueden liberar esa naturaleza que no es susceptible de condicionamiento alguno, y que llamamos naturaleza espiritual. Por lo tanto estamos interesados sólo en dos cosas: primero, la verdad, o mejor dicho, la comprensión de la verdad; segundo, la dirección de nuestra voluntad hacia una acción tan carente del yo como sea posible, el servicio que podemos ofrecer sin buscar nada. Me parece que la vida se puede reducir a estos dos elementos esenciales si podemos concentrarnos en ellos, y no tener ningún otro propósito o deseo, sin importar lo que ocurra en ese estado de libertad de toda preocupación por uno mismo, representará la verdad de nuestro ser fundamental.

   Comprensión, no es la comprensión de abstracciones, u obtener el conocimiento que se encuentra en las enciclopedias, sino que es una comprensión de cómo vivir, de nuestras mentes, de los demás, de cómo debemos actuar, del modo de mirar las cosas. Es una comprensión que tiene una relación directa con todos los aspectos de nuestra vida. Es sólo la comprensión de que la voluntad se cambia, de ser una voluntad basada en el yo, a otra basada en su ausencia. A menudo usamos la palabra ‘voluntad’, pero su naturaleza es difícil de comprender. A veces se la malinterpreta como la así llamada voluntad de una persona dominante, insistente. Es estúpido mantener nuestra posición obstinadamente contra toda razón o consideración, afectando la felicidad y bienestar de todos. La voluntad como se la comprende comúnmente genera una consciencia de poder que intensifica el sentido de división y crea obstáculos en el camino de la Voluntad Una que está detrás de toda vida y evolución, el modo en que la Vida se mueve cuando no existe coacción. La voluntad del Espíritu no es la voluntad de la materia ciega, la de la auto-afirmación mecánica o de la auto-defensa agresiva.

   Cuando comprendemos estas cosas, comenzamos a ver la dirección en la que deberíamos proceder y la posibilidad de avanzar hacia ella, evitando diferentes cosas que nos desvían del camino, tales como buscar poderes psíquicos, el refuerzo de nuestra personalidad, estatus, éxito, etc. Uno debe dejar todo eso de lado para hollar ese sendero del que se ha dicho: “No existe otro camino para transitar”, porque ese sendero, que es un modo de vida, y nosotros mismos en nuestra verdadera naturaleza, se perciben como lo mismo.

viernes, 8 de mayo de 2015

El delicado arte de ser responsables


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Linda Oliveira.

 En el mundo moderno a menudo definimos nuestra vida en términos de habilidades, logros, una carrera, nuestra familia, tiempo, preocupaciones, compromisos, tiempo libre y muchas otras cosas. Nos hemos vuelto expertos en dividir la vida en muchos componentes. Lamentablemente, la atención al polo espiritual de la vida a menudo ocupa un pequeño lugar entre las múltiples áreas que integran ese efímero viaje que conocemos como vida humana.

 La visión teosófica del mundo apunta a la posibilidad de un acercamiento a la vida de una forma más holística, integrando de alguna manera nuestras distintas experiencias, incluyendo las espirituales, de modo que haya consistencia en nuestra respuesta a la vida, y que no esté determinada por “el sombrero que estemos usando en una situación dada”. En otras palabras, podemos responder en cada momento tal como verdaderamente somos, y no de acuerdo con el dictado de las personas y las circunstancias en que nos encontremos. En esta charla emplearemos la metáfora del individuo humano como un artista que puede ayudar a revelar y mostrar a ese más íntimo y sin embargo más universal Ser interno, el cual no es inconsistente ni divisivo.

La responsabilidad como proceso creativo

 Muchas personas consideran que no poseen habilidades artísticas. Sin embargo, cada uno de nosotros es un artista, aunque no nos demos cuenta de ello, es decir, somos el artista de nuestro propio desarrollo y destino. Consideren por un momento a un artista que pinta. Un pintor necesita cierto entrenamiento para desarrollar las habilidades básicas para poner el pincel en el lienzo y pintar un cuadro. Luego, él o ella precisan ciertos instrumentos: el propio lienzo, una paleta de pinturas que puedan producir innumerables matices de colores, algo que sostenga el lienzo, y un pincel. Pero hay  algo más que esto, pues el artista generalmente tiene una especie de conocimiento previo o visión de lo que será traído a la vida sobre el lienzo, que puede ser esbozado de antemano. Esa visión, es probable que sea refinada en el proceso siguiente. La delicada sensibilidad del artista necesita fructificar en la incipiente creación.

   El término “ser responsable” implica la necesidad de comprender el significado de “responsabilidad”, “yo” y “Yo”. Responsabilidad significa “deber, compromiso” y “la capacidad de tener una conducta racional”. También  uno de los significados de “responsabilidad” es “responder de las propias acciones”.

 En las enseñanzas teosóficas, al yo personal o la personalidad a menudo se le denomina “yo”. La individualidad, Atma-Buddhi-Manas, es comúnmente conocida como "Yo". Por lo tanto, podemos decir que el delicado arte de la responsabilidad involucra numerosos aspectos:



1.      tener una visión o idea interna de aquello en lo que podemos convertirnos,

2.      ser sensibles a esa visión o idea interna,

3.      volverse conscientes de las herramientas del yo personal con las que tenemos que trabajar,

4.      examinar nuestras diferentes tendencias, y

5.      hacer palidecer/debilitar esas tendencias para que los colores más sutiles de nuestra verdadera naturaleza se puedan manifestar y “tomen forma”, por así decirlo.

 Este proceso puede preparar el camino para que las acciones sean cada vez más equilibradas y cuidadosas, para que reflejen nuestro svadharma o dharma individual, de modo que nos volvamos conscientemente, profunda y plenamente responsables de nuestras acciones.

 El hecho es que si aceptáramos la total responsabilidad de nuestras acciones, nunca provocaríamos al karma, nunca nos molestarían las distintas circunstancias que se nos presentan en la vida. Existe un fenómeno al que quizás no se le ha dado un nombre. Puede ser descrito como “la brecha” – es decir, la brecha entre conocer las enseñanzas teosóficas tales como el karma intelectualmente, y realmente incorporarlas en nuestro ser. En La Voz del Silencio, los términos opuestos “aprendizaje de la cabeza” y “sabiduría del alma”, también implican que esta brecha existe. ¡A veces puede parecer un abismo!

 Como artistas de nuestro propio desarrollo, nuestra primera tarea es ver lo que está realmente allí, identificar las herramientas con las que tenemos que trabajar. Esto requiere un nivel de examen de la personalidad que a veces puede resultar incómodo. Pero en el proceso se evidenciará cuáles son los aspectos del yo que no son de utilidad y que no necesitan ser sustentados por más tiempo, para que el Yo interno se establezca cada vez más y finalmente se convierta en una fuerza considerable.

 Sugerencias de la Sabiduría Perenne para ser responsables

 Las enseñanzas de la Sabiduría Perenne tienen algunas sugerencias útiles que pueden ayudarnos a convertirnos en artistas más consumados de nuestro desarrollo. Consideremos ahora algunas de ellas.

 Madhava Ashish subrayó la necesidad de una visión de nosotros mismos cuando comentó que nuestra capacidad de mantener  nuestros pies en el camino dependerá de la claridad (itálicas mías) de nuestra visión”. El observó que cuanto más comprendemos “lo que somos y cómo llegamos a serlo, más comprenderemos qué hemos de ser y cómo llegar a ello” (El Hombre, Hijo del Hombre, 1970, p. 38). En otras palabras, cuando realmente vemos lo que es, la forma y el método se vuelven claros. Él mencionó la tarea de fortalecer “los aspectos superiores de nuestras naturalezas” y, “por otro lado, debilitar el poder compulsivo de nuestros viejos hábitos y deseos impenitentes” (Ibíd., p. 334).

 Para conocernos a nosotros mismos, es necesario considerar los distintos hábitos y deseos de nuestra personalidad tan imparcialmente como sea posible: nuestras preferencias y aversiones, nuestros amores y temores, nuestras respuestas a las demás personas -especialmente las respuestas negativas- nuestras tendencias perdurables o skandhas, las habilidades que tenemos y las que aun necesitamos desarrollar y si nuestro desarrollo general está desequilibrado y es deficiente en ciertas áreas. En pocas palabras, estamos sosteniendo un espejo y revelándonos a nosotros mismos lo que somos. Sin embargo, éste no es un proceso narcisista. Es posible convertirnos en un testigo relativamente imparcial de nuestras fortalezas y debilidades, lo que puede poner en claro “en qué tenemos que convertirnos” y, como Ashish también lo sugirió, “cómo hacerlo”.  Krishnamurti habló del conocimiento de sí mismo en el sentido de “conocer cada pensamiento, cada estado de ánimo, cada palabra, cada sentimiento, “conociendo la actividad de vuestra mente” (El Libro de la Vida). Para él esto no era complicado, ni analítico, sino simplemente “estar consciente”: observar el movimiento de la mente.  Esto tiene sentido, pues la mente colorea mucho la cualidad de nuestra respuesta a la vida, dependiendo de si está teñida por kama o por buddhi.

 Existe un término sánscrito que quizás expresa este proceso de debilitar nuestros hábitos y deseos a medida que el ser humano interno comienza a emerger: vairâgya. Esto a menudo es traducido al inglés como “indiferencia”, un término al que se refieren algunas personas a falta de uno mejor. Sin embargo el significado de vairâgya incluye “cambio o pérdida de color” y “palidecer”. Esto plantea la pregunta: “¿Qué está perdiendo color, palideciendo?”. Se podría decir que la personalidad está palideciendo a medida que retroceden los diferentes deseos (las distintas compulsiones). Al mismo tiempo, en el otro extremo del espectro, los colores verdaderos de la individualidad que emerge se van volviendo cada vez más pronunciados.

 Todo este proceso puede parecer una tarea abrumadora, pero, nuevamente, considerémonos como artistas. ¡Roma no fue construida en un día! No tenemos que lograr todo esto en una semana, pero podemos comenzar aquí y ahora con sólo un pequeño aspecto. Como ocurre con el pintor, se requiere paciencia. Este puede ser un proceso muy positivo y creativo.

   A lo largo de nuestra vida podemos confiar en las indicaciones que a veces nos den los demás, pero finalmente nosotros decidimos nuestro propio destino a través de las elecciones que hacemos y de la forma en que nos enfrentamos a las cosas. Esas elecciones nos son devueltas como oportunidades para crecer, a través de la infalible ley kármica.

 El crecimiento espiritual, como lo señala Madhava Ashish (p. 333), no es algo que las circunstancias nos obliguen a aceptar. Él advierte que debe surgir de  “un acto de libre albedrío” y que el desarrollo posterior de nuestra naturaleza sólo puede ser logrado mediante el esfuerzo personal. Cuando en alguna etapa, el velo de la personalidad se desvanece momentáneamente, la elección es realizada por un aspecto más profundo de nosotros mismos, revelando la paleta de colores del Yo  interior.

   Recuerden que uno de los significados de “responsabilidad” es “deber”. En La Clave de la Teosofía (p. 299), HPB habló del deber en términos muy amplios y bastantes duros. Ella escribió:

 Deber, es aquello que se debe a la Humanidad, a nuestros semejantes, vecinos, familia, y especialmente aquello que le debemos a todos aquellos que son más pobres y desamparados que nosotros. Es una deuda que si no se paga durante la vida, nos deja espiritualmente insolventes y en bancarrota moral en nuestra siguiente encarnación. La Teosofía es la quinta esencia del deber.

 Aquí deber no significa ese tipo de deber limitado y pesado, contra el cual el yo personal puede luchar y que es en cierta forma de alcance limitado. Es de un orden diferente, porque se origina en ese aspecto de nuestra naturaleza que percibe nuestras conexiones universales con la vida. Podemos considerar que ese deber o responsabilidad en su sentido más amplio se refiere a nuestra responsabilidad hacia todo en la vida, que es un mandato sagrado para el individuo espiritualmente emergente. Esto incluye muchas cosas, desde ocuparse de las posesiones personales hasta el cuidado de las plantas y animales, e involucrarse en temas de interés ético, así como todo el espectro de responsabilidades adicionales hacia la humanidad y la vida. Cuando nos detenemos un momento, eso se vuelve evidente para nosotros.

 En nuestro mundo del siglo veintiuno, en el cual la tecnología facilita incluso los espacios más pequeños de nuestra vida, nociones tales como esfuerzo o deber no son tan agradables. Sin embargo, una vez que hemos tocado al Yo, aunque sea una vez, de modo casi imperceptible, los esfuerzos posteriores hacia esta estrella polar no parecen ser tan pesados. A este respecto, volvámonos hacia el autor contemporáneo Ken Wilber, quien escribe acerca de la tradición de la Sabiduría Perenne. Habla de la forma en que la agitación del sentido del yo separado se distiende cuando tiene lugar la meditación no- dual o la contemplación. Describe un proceso en el cual el yo (personal) se expande en la vasta extensión de todo el espacio (El Amanecer del Espíritu). Esto se refiere, obviamente a la auténtica y profunda meditación, no a la variedad de actividades a las que comúnmente se hace referencia como prácticas de meditación.

 La noción del yo personal expandiéndose implica que normalmente estamos en un estado ajustado, protector, que evita que abandonemos el “yo por el no-yo”, por emplear las palabras de La Voz del Silencio (v. 19). Continuando con esto un poco más, quizá el ser humano es, en cierto sentido, como una serpiente que ataca cuando se la provoca y que está muy cómoda cuando se encuentra ´durmiendo´ y enroscada en sí misma. Sin embargo, cuando nuestra serpiente está desenroscada y su superficie  plenamente expuesta al medio que la rodea, también puede encarnar a la sabiduría. Ken Wilber observa que cuando nos sintamos a nosotros mismos en el ahora, en este momento, sentiremos básicamente una “pequeña tensión interior o contracción -una sensación de asir, desear, anhelar, querer, evitar, resistir-  una sensación de esfuerzo, una sensación de buscar”. Esta sensación de búsqueda, dice, en su forma más elevada toma la forma de la “Gran Búsqueda del Espíritu”. Pero la paradoja es que no hay ningún lugar donde el Espíritu no esté. La Sabiduría Perenne habla del “Espíritu como materia”. Por lo tanto, todo lo que percibimos en nuestro mundo es una cristalización o solidificación del Espíritu. No lo reconocemos por lo que es, ni nos reconocemos plenamente a nosotros mismos por lo que somos: el Espíritu o el Ser.

 Una visión de aquello en lo que podemos convertirnos

 Parece que, para que el ser personal se desenvuelva, se necesita cierto nivel de sacrificio personal. Pero no es saludable llevar esto a extremos. Es útil recordar la enseñanza budista del Sendero Medio. Madhava Ashish comentó sabiamente que “nosotros somos…completos y perfectos…cuando somos conscientes de la fuente indiferenciada de nuestro ser y (itálicas mías) de su manifestación diferenciada”.

 Por ejemplo, ¿deberíamos dar tanto de nosotros mismos y de nuestras pertenencias que no pudiéramos actuar con eficiencia? ¡No! HPB dio la clave a esto cuando escribió:

 El  propio sacrificio debe ser llevado a cabo con discernimiento; y si ese abandono de uno mismo es hecho sin justicia, o ciegamente, sin tener en cuenta los resultados subsiguientes, puede a menudo probar que no sólo se ha hecho en vano, sino que ha sido perjudicial. Una de las reglas fundamentales de la Teosofía es la justicia con uno mismo, visto/considerado como una unidad de la colectiva humanidad, es la misma justicia hacia todos los demás que a uno mismo. (La Clave de la Teosofía).

Un artista a menudo comienza con una idea o visión amplia de lo que va a ser traído a la vida sobre un lienzo. Tal vez por un largo período de evolución un individuo humano no tiene una visión fuerte o particularmente específica de lo que él o ella pueden llegar a ser. Una idea necesita tiempo para ser clara. Sin embargo, cuando se alcanza el punto de inflexión y el nivritti-mârga comienza, la visión de una clase diferente de humanidad puede empezar a surgir. Cuanto más enfocada esté la visión, más rápido será el retorno. A medida que el yo retrocede, el Yo comienza a revelar sus colores más delicados y sutiles.

 Para J. Krishnamurti y Ken Wilber puede que no sea necesario buscar eso que ya somos, pero de lo cual estamos sólo vagamente conscientes. Tal vez para ellos tampoco fue necesaria una visión sino el simple reconocimiento de lo que es. Para Wilber, lo que es sumamente importante es el reconocimiento de lo Inmutable, reconocer el vacío primordial, reconocer la incalificable Divinidad, el Espíritu puro. También podríamos llamarlo “el re-conocimiento del Yo universal interior”, o conocer nuevamente lo que realmente somos. Sin embargo, con seguridad el desarrollo humano también requiere cierto proceso o viaje. Este proceso es la preparación para lo que hacemos referencia como el “Sendero” y tal vez abarca una gran parte del mismo Sendero.

 El artista, lo impredecible del Yo  – y un giro

 Volvamos a la metáfora del ser humano como un artista, implicando la necesidad de que cierto proceso creativo tenga lugar. Cuanto más podamos identificar aquello con  lo que tenemos que trabajar (como lo sugiere Ashish), más podremos quitar el revestimiento depositado durante vidas, y permitir que emerja lo que está adentro.

 Entonces nos volveremos receptivos al Yo en vez de reactivos a los caprichos del yo personal, que tiende a ocupar la mayor parte de nuestro espacio de vigilia. La calidad de vida se fortalece, se enriquece, se vuelve más equilibrada y cada vez más teñida con la belleza interior. El Ego Reencarnado se refina y se ilumina más.

 La actividad del Yo, que es a la vez individual y universal, ni siquiera es  previsible. Una artista australiana, Margaret Olley afirmó lo siguiente: “Todavía, sigo esperando ser siempre sorprendida. Si no quedaran sorpresas, podrías morir ahora. Mantén tu sentido de curiosidad y asombro. La gran obra de arte podría estar esperando a la vuelta de la próxima esquina”. Así ocurre con el viaje espiritual. La curiosidad y el asombro acerca de nosotros mismos y del mundo, evitan el estancamiento, evitan la uniformidad, evitan lo predecible y estimulan la actividad creativa del Espíritu. Evitan que la mente se cristalice, que quede atrapada en los surcos de la actividad repetitiva y nos ayuda a responder más a la vida, en vez de reaccionar de acuerdo con nuestros antiguos patrones. Gradualmente nos volvemos totalmente responsables, actuando en todas las situaciones en afinidad con nuestra naturaleza más profunda. ¿Cómo podría manifestarse esto en términos concretos? Algunas veces puede incluir una completa honestidad en temas financieros, devolviendo algo que hemos encontrado y no nos pertenece, admitiendo un error en lugar de taparlo (el orgullo desmedido es increíblemente común), haciendo lo que decimos que haremos, aprendiendo el arte de la cortesía hacia los demás en todas las situaciones, e involucrándonos en causas que puedan ayudar a hacer un mundo mejor. En otras palabras, responsabilidad, significa volverse  plenamente responsable de nuestras acciones.

 La obra de arte espiritual interna es en cierto sentido una creación artística. Sin embargo existe una distorsión en esta idea, porque en otro sentido esa obra de arte es todo lo que siempre hemos sido. Lo que podríamos describir como una etapa avanzada en el Sendero, eventualmente al proceso de buscar al Yo o al Espíritu mismo, debemos abandonarlo, porque paradójicamente, el Yo no puede ser alcanzado –como Krishnamurti y Ken Wilber probablemente lo reconocerían- es lo que somos.

  Como dice uno de los Upanishads (Darryl Reanney, La Música de la Mente, 1994,  p. 148):



                                El Señor de todo,

                                el conocedor de todo,

                                el comienzo y el fin de todo;

                                ése Yo habita en todo corazón humano.

                                Busca afuera; se ha ido.

                                Busca adentro; se ha ido.

                                No lo busques; se ha ido.

                                No puede ser recordado.

                                No puede ser olvidado.

                                No puede ser captado por ningún medio posible.

                                Está más allá de todos los límites y confinamientos.

                                Es la unidad pura,

                                donde nada más puede existir.