domingo, 31 de agosto de 2014

La Teosofía y el hacinamiento del mundo


TIM BOYD
Presidente de la Sociedad Teosófica.
 
 
No es muy frecuente poder señalar un acontecimiento e identificarlo como algo que no ha ocurrido nunca antes en la historia humana. Mucha gente recuerda cuándo aterrizó el hombre en la luna por primera vez, o el primer satélite del espacio, o incluso el primer conocimiento público de la fisión nuclear. Muy recientemente este hecho tan importante salió a la luz. En gran medida desconocido por los medios populares de comunicación masiva, ha entrado ahora en nuestro mundo y ha echado raíces. Este nuevo estado de cosas influye en todos los aspectos de la vida en la tierra de forma sutil y de otras formas mucho más aparentes. Mientras que por un lado nos ofrece grandes promesas también nos asegura una serie de problemas masivos y de perturbaciones en su estela. Es algo que debería tener un interés especial para quienes sienten que la Teosofía tiene una aplicación significativa para los problemas del mundo. 

 Describir el hecho es sencillo. Por lo que conocemos de la historia, la gran mayoría de la población humana ha sido rural. A finales de 1800, hacia la época de la fundación de la Sociedad Teosófica, en los Estados Unidos el 5% de la gente vivía en las ciudades. En el 2008, por primera vez en la historia humana conocida, la población del planeta pasó a ser  predominantemente urbana. Vive ahora mucha más gente en las ciudades del mundo que en los entornos  rurales. En todo el mundo, la concentración urbana se está acelerando a una velocidad de vértigo, y se  calcula que un 80% de la población global se hacina en las ciudades en el transcurso de la vida de la mayoría de nosotros. Como situación de la vida contemporánea, tenemos aquí un cuadro muy exigente. Los teósofos tenemos con ello incluso un reto más grande. Está claro que, dejando aparte alguna catástrofe global desconocida, tenemos garantizado el futuro de un extenso paisaje urbano. Los primeros escritos y enseñanzas de la Sociedad Teosófica hablan poco de este aspecto de nuestra realidad actual. El hecho de que no se comentara no significa que no fuera anticipado por los fundadores internos de la Sociedad Teosófica. En una carta dirigida al Coronel Olcott, el Maestro K.H. describe al Mahachohan como alguien “ante cuya visión el futuro es como una página abierta”. Dados los poderes de percepción de esos fundadores, no sería aventurado presuponer que no sólo se previó el esquema fundamental que nos ha llevado a la situación  actual, sino que una de las razones para  fundar la ST era la de tratar ese tema. No es algo accidental que la ST fuera fundada en la Ciudad de Nueva York, uno de los centros urbanos más grandes en 1875. Podríamos decir que tal vez no se habla de él porque no tiene un  impacto real en la vida interna; los potenciales del espíritu humano trascienden las condiciones externas. A cierto nivel es cierto, pero tal vez deberíamos explorarlo con más profundidad. 

 Sófocles dijo una vez que “nada importante llega al mundo sin una  maldición”. La historia del desarrollo humano demuestra la verdad de esta visión. Abundan los ejemplos. La energía atómica y la electricidad se han usado para mejorar la condición humana, pero su mal uso también ha sido causa de intenso sufrimiento. El ideal de la libertad individual y la democracia han proporcionado una era de mayores oportunidades y de responsabilidad compartida en el gobierno, pero también ha sido el origen de una revolución sangrienta y de una corrupción arraigada. Se dice que en la Atlántida se llegaron a utilizar fuerzas psíquicas como medio para iniciar la guerra. Incluso la aparición en el mundo de avatares y de grandes maestros espirituales ha sido fuente de problemas significativos. Algunas palabras de Jesús hablan de esta pauta “No penséis que he venido a traer la paz. He venido a traer la espada, a poner al hombre en contra de su padre, a la hija en contra de su madre…” La guerra, la destrucción y la convulsión social, además de una profunda revelación espiritual, fueron parte de la vida de Krishna, Rama y Mahoma. Incluso  el enunciado que hizo el Buddha del sangha fue socialmente perturbador porque su naturaleza igualitaria violaba el sistema de castas o varna. En esta  época, el crecimiento del mundo urbano es una de esas cosas “importantes”. 

 Para los sociólogos, el término que se usa para definir la densidad de la población que  caracteriza a las ciudades es “crowding” (hacinamiento). Lo mejor y lo peor de las potencialidades humanas se concentra en el entorno urbano superpoblado. Históricamente el desarrollo de la ciudad empezó con la experiencia de que “lo numeroso es seguro”. En épocas peligrosas, el enclave amurallado se convirtió en refugio contra los malhechores. La concentración de gente llevó a una concentración de recursos que impulsó el desarrollo y expansión de las ideas, el crecimiento de la educación superior y la creación de riqueza.  

La lista de los numerosos males asociados con las ciudades también es harto conocida. La tasa de crímenes es mucho mayor en las ciudades, es menor en las afueras y todavía más baja en las zonas rurales. El mismo esquema se aplica a la fertilidad humana. Un estrecho contacto con mucha gente se encuentra en la base de la expansión de la enfermedad. Todas las epidemias modernas, desde la peste bubónica hasta la gripe estacional, dependieron de entornos hacinados para extenderse. Los lugares abarrotados de gente son un hervidero de virus, gérmenes, bacterias y parásitos. Una grave consecuencia del hacinamiento es que la gente vive apartada del mundo natural. En la ciudad, los ritmos y ciclos normales de la naturaleza se han erradicado. Incluso el ciclo más básico de la alternancia de la noche y el día se manipula hasta llegar a crear toda una serie de enfermedades clasificadas como “desórdenes del ritmo circadiano”. 

 Así como las enfermedades físicas se extienden a través de las poblaciones, la ciudad moderna, con su fácil acceso a la información y tecnología, ha generado toda una serie de contagios mentales impulsados por las ideas que viajan de una mente a otra que está próxima. Tanto el despliegue global de compasión experimentado después del ataque del 9/11 en los Estados Unidos, como las malas consecuencias de lo que se ha dado en llamar “islamofobia” son ejemplos de eso. Las enfermedades sociales de los barrios urbanos, la pobreza, la aparición de un grupo marginado de gente sin preparación alguna, ignorantes y sin salud, son el signo persistente de las ciudades de todo el mundo. También está el daño masivo colateral que se le ocasiona al mundo natural como resultado de la excesiva demanda que los centros urbanos en expansión exigen a los recursos de la tierra, tales como deforestación, extinciones en masa y contaminación. 

Estos son algunos de los efectos externos del ciclo actual del hacinamiento. Por nefastos que sean, para el teósofo los efectos internos tienen los mismos desafíos. La atmósfera mental de las ciudades del mundo tiene mucho parecido con la física. En diferentes puntos de las Cartas de los Maestros y en los escritos de Blavatsky encontramos numerosas referencias a la influencia asfixiante del hacinamiento sobre el desarrollo de nuestras cualidades intrínsecas espirituales. En una de las cartas a A. P. Sinnett, el Maestro KH comenta su experiencia al entrar en la ciudad de Amritsar, en la India. Dice: “Decidí emerger del aislamiento de tantos años y pasar algún tiempo con ella (HPB, que estaba entonces en Amritsar). Había ido por unos días, pero veo que no puedo aguantar más tiempo el asfixiante magnetismo ni siquiera de mis propios paisanos… me vuelvo a casa mañana…” 

 Uno de los problemas con los que se encuentra el practicante espiritual urbano actualmente es que, en mayor o menor grado, uno de los resultados de la práctica genuina es la intensificación de la sensibilidad. Cualquier persona que acrecienta su concienciación  y  expresión de la compasión siente necesariamente de forma más intensa. Me servirá de ejemplo la experiencia que tuvo Annie Besant una vez, cuando viajaba a Chicago. En esos momentos, a Chicago se la conocía como “El matadero del Mundo”, porque una de sus industrias más florecientes era la carne.

  “Nadie que tenga un mínimo de sensibilidad, y mucho menos alguien que por su preparación haya despertado algunos de esos sentidos internos, puede pasar no sólo por Chicago, sino a kilómetros de distancia de Chicago, sin ser consciente de una profunda y agobiante sensación de depresión… aunque al principio no se reconozca claramente ni tampoco se vea en seguida su origen… cuando fui a Chicago, estaba yo leyendo, como suelo hacer en el tren, sin ni siquiera saber que nos estábamos acercando cada vez más a la ciudad… pero de repente fui conciente, sentada allí en el tren, de esa sensación de opresión que se apoderó de mí; al principio no la reconocí porque mis pensamientos estaban en muchos otros lugares y no en la ciudad; pero la sentí con tanta fuerza que me puse a mirar e intentar darme cuenta de cuál era la causa de todo aquello; … entonces recordé que estábamos entrando en el gran matadero de los Estados Unidos. Era como si entraras en un féretro físico de oscuridad y desdicha, y ese resultado psíquico o astral cubría toda aquella gran ciudad… aquel derrame continuo de magnéticas influencias de miedo, horror, ira, pasión y venganza actúa sobre las personas entre las que se mueve y tiende a embrutecerlas, a degradarlas y a contaminarlas.”
 Aunque el ejemplo de Annie Besant se refiere específicamente a la atmósfera psíquica creada por el matadero, el principio que expresa es universal, los pensamientos son cosas y afectan a la conciencia de los seres vivos. 

 En la primera carta de los Maestros a A. O. Hume leemos el siguiente comentario: “La tierra es el campo de batalla de fuerzas morales y físicas; y el bullicio de las pasiones animales bajo el estímulo de las toscas energías del grupo inferior de los agentes etéricos siempre tiende a sofocar la espiritualidad”. En esa misma carta se da una clave muy profunda respecto al funcionamiento y los efectos del pensamiento. 

“Porque cada pensamiento del hombre al desarrollarse, pasa al mundo interno y se convierte en una entidad activa asociándose o podríamos decir integrándose, con un elemental; es decir con una de las fuerzas semi-inteligentes de los distintos reinos. Sobrevive como una inteligencia activa, como una criatura engendrada por la mente, durante un tiempo más corto o más largo según la intensidad original de la acción cerebral que lo generó. De ese modo, un buen pensamiento se perpetúa como un poder activo benéfico, y uno malo como un demonio maléfico. Y así el hombre está poblando continuamente su corriente en el espacio con un mundo propio, lleno de los productos de su fantasía, de sus deseos, impulsos y pasiones, una corriente que reacciona sobre cualquier organización sensible o nerviosa que entra en contacto con ella de forma proporcional a su intensidad dinámica”. 

 Esta actividad que consiste en “poblar nuestra corriente en el espacio” define por un lado las condiciones actuales de la vida hacinada y por otro contiene la clave de un futuro ennoblecido. En nuestros esfuerzos por comprender la naturaleza actual de la vida en la ciudad podemos examinar toda una serie de factores. ¿Cuál es la demografía para la población? ¿Cuáles son las oportunidades educativas? Salud, atención médica, vivienda, industria, todo podría considerarse. Todo esto puede verse como síntoma de algo más esencial. Con un planteamiento más eficaz, cabría preguntarse “¿Cuáles son los pensamientos de mis vecinos y  conciudadanos?” e incluso algo más importante: “¿Cuáles son mis propios pensamientos?” A partir de esta vía de investigación podemos sacar algunas conclusiones. 

La “lucha por la vida”, que era un punto tan importante en la carta del Mahachohan, no ha disminuido. Podríamos incluso decir que, en las condiciones actuales, ha aumentado. Todas las preocupaciones y el estrés relacionados con el hecho de “ganarse la vida” dominan el pensamiento de mucha gente. Una corriente constante de preocupación, de angustia y de ambición es el factor que, para innumerables  personas, llena su “corriente en el espacio”. En la carta del Mahachohan se insiste en que “las clases intelectuales… degradan y arruinan moralmente a quienes deberían proteger y guiar”. Hoy el cultivo de los valores de consumo y entretenimiento se ha convertido en una profesión que influencia a millones de personas de todo el mundo. Hollywood, Bollywood, Televisión, deportes, navegar por internet, noticias de celebridades, se han convertido en un refugio diario para innumerables individuos cansados que buscan un descanso momentáneo. 
 
 Cualquier persona que viva en una de las ciudades del mundo se encuentra continuamente afectada por la atmósfera de los pensamientos que la rodean. Como un pez en el agua, para la mayoría el efecto es mayormente inconsciente, subliminal. Sin embargo, quienes van despertando la conciencia perciben no sólo la calidad de las corrientes de pensamiento, sino las posibilidades de cambiarlas. A pesar de lo que han variado recientemente las condiciones de vida globales, el problema humano esencial sigue siendo el mismo. En La Voz del Silencio, HPB llama a este problema “la herejía de la separación”, la idea de que la percepción de la realidad de una persona la sitúa aparte de los demás. 

Conocemos la historia de una mujer a quien le mostraron una visión del cielo y del infierno. En la visión del infierno había mucha gente sentada en una mesa llena hasta los bordes de manjares deliciosos. Todos tenían delante aquellos manjares exquisitos, pero el problema para los pobladores del infierno era que tenían los brazos muy largos y no se podían doblar. Cogían la comida, pero no podían llevársela a la boca. Por eso, incluso delante de los mejores manjares estaban delgadísimos y les torturaba continuamente el hambre y el deseo. La visión del cielo era exactamente la misma, con la misma mesa, la misma comida y los mismos brazos largos y rígidos de la gente sentada delante, pero en aquella mesa la gente sonreía y estaba bien alimentada. La diferencia en el mundo celestial era que la gente usaba aquellos brazos tan largos y rígidos para alimentarse los unos a los otros.  

¿Cuál es la situación del practicante espiritual hoy en día, de la persona que se siente llamada a tener una relación cada vez más profunda con su naturaleza superior? Excepto para unos pocos, retirarse a una cueva o al bosque ya no es la opción ni la necesidad de este momento en particular. Nuestra capacidad para aplicar las percepciones de la Teosofía a la creación de islas de energía saludable en medio de las corrientes turbulentas en la vida de la ciudad moderna es lo que se necesita, tanto si esa isla se halla en una casa, en un lugar de reuniones, en una comunidad virtual de Internet, o dentro de la creciente expansión de nuestra propia conciencia. Nuestro trabajo no consiste simplemente en constituir esos centros de influencia, sino en conectarlos con otros, con esos espíritus afines cuyas enseñanzas y prácticas han sido posibles gracias a la reintroducción de la Teosofía en la escena mundial. Es responsabilidad kármica de las poblaciones urbanas actuales, el participar en el proceso continuo tanto de creación como de destrucción que la ciudad moderna impone en el planeta. Para el individuo consciente este es un momento de grandes oportunidades. 

 En palabras de Annie Besant “Juzguemos nuestra espiritualidad por nuestro efecto en el mundo, y tratemos que el mundo sea más puro, mejor y más feliz porque nosotros vivimos en él”.

domingo, 17 de agosto de 2014

La causa del dolor


 
                                                                                                RADHA BURNIER
  
El Señor Buddha hablaba de la recta percepción como el primer paso del Óctuple Sendero. Ser capaz de ver las cosas tal como son, y no a través de los cristales de color de algún tipo, es uno de los problemas, tal vez el más importante, con el que nos enfrentamos. El Buddha también dijo que la primera verdad que hay que percibir es la verdad del dolor. 
 
Al principio uno se pregunta si el dolor es una verdad. Sabemos que el dolor existe en todas partes pero percibir el dolor tal como Él indicaba no es fácil. Hay muchísima infelicidad en el mundo: millones de personas mueren de hambre, millones pierden la vida, la casa, partes de su cuerpo mutilados en las guerras actuales. La tensión, el conflicto y el odio existen en todas partes del mundo: una raza contra otra, una religión contra otra y cosas por el estilo. Todo esto es dolor. Cuando leemos artículos sobre todo esto en el periódico seguramente decimos: “¡Qué lástima! ¡Qué cosas tan terribles ocurren en el mundo! Pero realmente no sabemos lo que es el dolor. No lo vemos con la totalidad de nosotros mismos, porque sólo le prestamos un pensamiento momentáneo y luego lo dejamos de lado. Como está muy lejos, realmente no nos preocupa mucho si decenas de miles de personas están sufriendo lo indecible en alguna parte. Nuestra vida cotidiana continúa igual, tenemos nuestros pequeños placeres, nuestras pequeñas preocupaciones, nuestros egoístas problemas particulares, y eso es todo. 

 Aparte de la tremenda desgracia y dolor que existe en el mundo, de lo cual nuestra mente conoce una parte superficialmente, también hay una gran parte de nuestra propia vida y de la vida de la gente de nuestro entorno que participa de la naturaleza del dolor, aunque no nos demos cuenta. Existen numerosas ansiedades, irritaciones, frustraciones, anhelos que terminan en  decepción, y que normalmente no se definen como dolor. Pero si consideramos la vida que llevamos como un todo, no conlleva ese tipo de felicidad que podría llamarse verdadera felicidad. 

 Los budistas Mahâyâna dicen que la iluminación acontece solamente cuando existe una profunda compasión, un profundo sentimiento por la desgracia y el sufrimiento que existe en el mundo. Puede que la iluminación no se alcance cuando la buscamos diciendo: “Voy a conseguir algo en la vida espiritual”. La verdadera razón para buscar la iluminación debería ser una compasión y simpatía altruista hacia todos los que sufren. Hay un hermoso dicho que afirma que la Compasión es la madre de todos los Buddhas. Un Buddha llega a la existencia cuando ve cómo sufre la gente y cuando siente una gran necesidad de encontrar el fin de ese sufrimiento. Por esto, ser capaz de percibir la futilidad, la desgracia, la falta de significado y el dolor de la vida es el primer paso. 

 Si sintiéramos esa profunda preocupación por el sufrimiento que existe en el mundo querríamos descubrir una solución. La mayoría de nosotros seguimos viviendo como siempre, una vida mediocre porque no hay nada que nos conmueva profundamente. No sentimos urgencia para producir un cambio. Ver esa necesidad es el primer paso. Cuando lo veamos, entonces, de forma natural intentaremos hallar una respuesta. 

 El Señor Buddha nos dio Su respuesta de forma muy sencilla. Dijo que la causa de todo dolor es la ambición, el ansia que existe en cada uno de nosotros en innumerables formas. Cuando pensamos que hemos vencido estas ansias en una forma, aparece de otro modo. 

El ansia existe no sólo hacia los objetos. Tal vez algunos miembros de la Sociedad Teosófica no ansiemos tener dinero, por ejemplo; tal vez no deseemos pertenecer al jet set ni cubrirnos de joyas. Pero tenemos deseos de otro tipo, como el progreso espiritual, por ejemplo. Tenemos ideas preconcebidas sobre las relaciones con los demás. Si yo me imagino una relación contigo en la cual me quieres mucho, ansiaré ese tipo de relación que he imaginado. Cuando la relación no resulta tal como yo quiero, me siento desgraciado. El ansia también toma la forma de un deseo de dominación, de agresividad, de auto promoción en distintas formas, y si somos objetivos podremos verlo en nosotros mismos. También está el deseo de escapar de algunas cosas y el deseo de imponer nuestras ideas a los demás. 

El deseo o el ansia existen porque no tenemos un sentido de los verdaderos valores, confundimos lo que tiene menos valor con lo que tiene más, lo menos real con lo más real. Por esto, ver las cosas en su verdadera naturaleza es extremadamente importante. La vida espiritual consiste en conocer lo que es esencial y lo que no es esencial. 

 Es evidente que todo lo que tiene una existencia condicionada y depende de otra cosa para existir tiene menos valor que aquello que es incondicional. Veamos, por ejemplo, el tipo de felicidad del que muchos disfrutamos. Podemos considerarnos razonablemente felices pero nuestra felicidad depende de condiciones externas y de otros individuos. Si te comportas de una manera determinada, yo soy feliz. Si te comportas de otra manera, si me llamas idiota, por ejemplo, eso me hace infeliz. Mi felicidad depende  de que tú aceptes una imagen que yo he creado de mí mismo como alguien que no es idiota, sino una persona estupenda. Si poseemos varias cosas que nos den la sensación de seguridad, somos felices. De lo contrario, no lo somos. Cada una de estas formas de felicidad, que depende de una condición particular o de otra persona, evidentemente no es la verdadera felicidad. Pero estamos siempre intentando aferrarnos a cosas que dependen de otras. 

 Todo lo que es condicional y depende de algo tiene una naturaleza temporal porque ninguna condición del mundo sigue siendo siempre la misma. Cuando la condición cambia, la felicidad se acaba. Es un hecho “obvio”, obvio sólo en una capa superficial de nuestra mente, pero no para la totalidad de nosotros mismos. Un ejemplo lo tenemos en el hecho de que “sabemos” que la existencia en el cuerpo físico depende de muchas condiciones. “Sabemos” que la vida del cuerpo cesará cuando las condiciones se alteren. Y sin embargo, si la vida desaparece de cierto cuerpo, nos sentimos muy infelices a pesar de lo que “sabemos” y de la filosofía que podemos predicar.

 Estamos continuamente aferrándonos a lo perecedero, lo perecedero en forma de ideas, de apegos, en forma de organizaciones y de sistemas, en un número de modos distintos. Uno de los Upanishads dice que lo Eterno no se puede encontrar nunca mientras vayamos en pos de cosas perecederas. Pero eso es lo que hacemos. Estamos constantemente preocupados por cosas que van a desaparecer. 

 Cuando no nos sentimos atraídos por ciertas cosas, eso no significa que no exista el ansia. Apartarse de las cosas no demuestra la ausencia del ansia, si sentimos rechazo por algo, eso significa que el deseo existe. Podemos desear algo en concreto, luego nos sentimos decepcionados y por eso sentimos rechazo. 

 Tanto si sentimos rechazo, como atracción, hemos de intentar ver cuál es la verdadera naturaleza de la cosa, si vale la pena buscarla. Deberíamos intentar discernir entre lo real y lo irreal. Esto requiere una percepción inteligente extremadamente clara. Una mente que normalmente no sea clara ni lógica no será capaz de ser receptiva repentinamente respecto a los temas espirituales. Por  consiguiente, deberíamos tener siempre un pensamiento lógico y claro en la medida de lo posible.

 Es importante que todo el que desee comprender la vida espiritual no se haga concesiones a sí mismo. Muchas veces vemos mejor las cosas cuando nuestro egocentrismo no entra en juego, pero cuando se trata de algo que nos atañe, entonces no somos capaces de ver nada. Cuando nos sentimos atraídos por una  cosa, es posible que tengamos una sensación de culpabilidad, pero eso también nos dificulta la percepción. La atracción no es en sí misma nada “malo”, obviamente. No hay nada “malo” en el mundo, en cierto sentido. Ver la belleza es una forma de atracción, pero si volvemos a anhelar esa belleza entonces estamos atrapados en la red del deseo. Cada vez que experimentamos placer queremos repetirlo. Deberíamos ver que en estos casos no es el objeto lo que importa sino que nuestra mente es la que está creando el esquema. Es la mente la que crea imágenes del placer que se ha sentido una vez y entonces el deseo se renueva. Si hemos de liberarnos del ansia, la liberación tiene que conseguirse a través de la renunciación por parte de la mente, no necesariamente del objeto. Podemos estar rodeados de toda una serie de objetos pero sin sentirnos influidos por ellos. Podemos estar rodeados de todas las cosas ilusorias y efímeras del mundo y sin embargo no ir en pos de ellas. También podemos renunciar externamente a todo pero estar llenos de ese anhelo interno, algo que nos convierte en hipócritas, como dice el Bhagavadgitâ. La atracción por ciertas cosas y también la repulsión se convierten en un hábito, en un proceso mecánico. Liberarse de esto requiere un esfuerzo sostenido y una inteligencia extraordinariamente sagaz.

 Al final, el proceso evolutivo le enseña al hombre a dejar de anhelar cosas. Se busca el placer una y otra vez y se sufre por ello. En las primeras etapas, el hombre atribuye la causa del sufrimiento a otras personas y a las circunstancias externas. Pero en un punto posterior de la evolución despierta al hecho de que la causa del dolor está en su propia acción y actitud.

 Somos capaces de aprender a través de un esfuerzo consciente y no necesitamos experimentar el sufrimiento. Esta es la diferencia entre el hombre que ha hollado el Sendero y el hombre del mundo. El primero empieza a  intentar encontrar la verdad por sí mismo sin dejar que el mero proceso de la evolución le enseñe. Cada uno de nosotros puede hacer este esfuerzo para ver las cosas tal como son en realidad, saber qué es verdaderamente valioso, darse cuenta de que todas las cosas transitorias del mundo no nos llevarán a ninguna parte si nos aferramos a ellas. 

 Hemos de dirigir nuestra mirada hacia lo Eterno. Parece que faltara mucho para ver el dolor que hay en el mundo, pero ver el sufrimiento, el dolor, buscar la razón de todo esto nos conducirá al sendero que es el camino hacia lo Eterno.
 

domingo, 10 de agosto de 2014

La Teosofía, un acceso a la vida


RADHA BURNIER
 
Me parece que la palabra “Teosofía” puede tener muchos niveles de significado. Literalmente, Teosofía se refiere al conocimiento de Theos,  Dios, el Espíritu Divino o como queramos llamarlo; y en este sentido, es sinónimo de las palabras sánscritas Brahma-jñâna o Brahma-vidyâ. Brahman es el espíritu absoluto, último, eterno y jñâna  o vidyâ es conocimiento. Así las dos palabras significan el conocimiento de Brahman, el Espíritu Universal, que en India llamamos el Âtman Universal.
 
Se dice que el Espíritu Universal o Âtman subyace en todas las cosas manifestadas, en todo aquello con lo que entramos en contacto y que podemos percibir y sentir de una manera u otra. Se dice que no hay nada excepto este Brahman en la creación. “Todo esto es Brahman” y solamente Brahman. Brahman lo impregna todo y todo lo trasciende. Por esto, conocer a Brahman, ser un Brahma-jñânin, es extremadamente difícil. Yo no  creo que ninguno de los que afirmamos ser teósofos conozcamos la Teosofía en ese sentido.
 
Conocer a Brahman es ser también completamente sabio, porque no hay diferencia entre conocer a Brahman y participar de esa conciencia que es la Sabiduría, la Verdad y la Vida. Así, la Teosofía puede también significar Sabiduría Divina y no solamente el conocimiento de lo Divino. Creo que no podemos afirmar haber alcanzado ese tipo de Sabiduría tampoco. ¿Qué significa, pues, la Teosofía para nosotros que nos definimos como teósofos? ¿Significa la Teosofía un compendio de literatura, la información contenida en una serie de libros que estudiamos de vez en cuando? Si es así, entonces la Teosofía podría ser algo bastante aburrido.
 
Pero los que se interesan vitalmente por la Teosofía son conscientes de que hay una gran profundidad de inspiración en ella que nos refuerza constantemente. Esto ocurre si aprendemos a comprender la Teosofía como una manera de percibir la vida, como un acceso que conduce inevitablemente a lo que es universal, eterno y fundamental, en la dirección del Espíritu Universal que es Brahman. Así pues, para todo propósito práctico, a nuestro nivel, hemos de comprender la Teosofía en ese sentido.
 
Si tenemos este enfoque que puede hacernos sentir en medio de la multiplicidad, en la corriente del flujo y del cambio, en medio de lo que es temporal y tal vez irreal, aunque de momento tal vez no nos demos cuenta de que es irreal, algo que es mucho más real, permanente, eterno e inmutable, entonces estamos empezando a comprender qué es la Teosofía. Ser capaces de percibir lo universal, inmersos en el mundo donde vivimos, requiere de una atención muy grande y de un esfuerzo apasionado, ardiente y entusiasta. Si nos falta ese tipo de enfoque entusiasta y ardiente respecto a la vida, creo que nunca encontraremos lo universal.
 
Si observamos nuestra propia vida, veremos que la mayor parte del tiempo estamos preocupados por lo particular y casi nunca pensamos en términos de lo universal o de lo global. Estamos absortos en incidentes y objetos particulares, y en individuos particulares. Naturalmente, no es posible escapar de lo particular. En este mundo nos enfrentamos constantemente a lo particular y hemos de lidiar con ello, pero todo el propósito de la vida es ver lo universal que une todo lo particular,  acercándonos así, cada vez más, a la esencia universal.
 
¿Cómo vamos a acercarnos a lo universal? Esta es la pregunta que hemos de plantearnos. Creo que se puede hacer intentando sentir, o permitiéndonos sentir la unidad que está detrás de las  innumerables miríadas de particulares con las que nos encontramos, sin perdernos en ellos. En nuestra naturaleza espiritual esencial pertenecemos al mundo de la unidad. La Dra. Besant decía que la espiritualidad consiste en percibir esa unidad. La palabra “espiritualidad” no tiene otro significado. Si no tenemos sentido de esa unidad, de lo universal, entonces no somos espirituales. Y dado que en nuestra naturaleza esencial pertenecemos a este mundo de la unidad, somos capaces de percibir la relación que hay en lo particular.
 
Vemos muchas cosas en la vida que pueden ser por ejemplo hermosas, como una flor, un diseño o un rostro. Pero al ver estos distintos objetos con sus distintas formas, colores etc., decimos, en cada caso, que esto o aquello es hermoso. Pero al mismo tiempo somos capaces de percibir que hay una belleza común a todos ellos, a todo lo que es hermoso y que existe independientemente de los objetos particulares que son bellos.
 
Todos sabemos que los objetos particulares pueden perecer pero seguimos pensando que tienen un cierto sentido de la belleza. Una flor en particular que estamos mirando puede marchitarse y desaparecer, convirtiéndose en polvo, pero sabemos que existe la belleza de la flor. Cuando nos damos cuenta de eso, hemos avanzado un paso hacia lo universal. Pero si seguimos avanzando y nos damos cuenta de que no existe solamente la belleza de la flor, sino la belleza en sí que existe en una flor, en un ser humano, en la tierra, en todas partes, entonces estamos cada vez más cerca de lo universal, respondemos a algo que es imperecedero, porque esa Belleza que es común a todos estos objetos no es algo que pueda marchitarse y desaparecer como lo hace la flor.
 
De igual manera, podemos percibir que una cosa en particular es verdadera pero esto ocurre porque existe la Verdad en sí, de lo contrario, cuando percibimos que otra cosa es verdadera no seremos capaces de ver la similitud. La palabra “verdadero” no podría existir si no hubiera algo común a todo lo que es verdadero. Es por este motivo que los griegos decían que los objetos individuales nos parecen hermosos solamente porque transmiten la belleza ideal. Muchas veces pensamos que este o aquél objeto es bello y atribuimos la belleza a ese objeto particular. Pero no es así. Ese objeto es bello solamente porque comparte una belleza que es la belleza absoluta o la belleza ideal, y eso también pasa con todo lo que parece verdadero o bueno. Como señala Platón:
 
Si alguien me dice que esta o aquella cosa es hermosa porque tiene un color especial o una forma o cualquier otra cosa parecida, yo no presto atención, sencillamente me confunde. Y hasta ahora, simple y claramente, y tal vez penséis que estúpidamente, mi mente está convencida de que nada hace bello a un objeto excepto la presencia de la belleza ideal (que describió en otro momento como) no hermosa desde un punto de vista y fea desde otro, sino solamente belleza, absoluta, simple, eterna, que se transmite a las bellezas siempre crecientes y perecederas de todas las otras cosas. 
 
De modo similar en la India antigua eran muchos los que afirmaban que lo real es lo universal que subyace a las distintas cosas. Este tema lo han debatido repetidamente los filósofos de India, intentando averiguar cuál es el elemento real y verdadero para todos los tiempos en los objetos que vemos. Existen varios elementos en la percepción de un objeto. Está el elemento del nombre, la palabra con la que describimos al objeto y que, como ha señalado Krishnaji, ejerce una extraordinaria fascinación para nosotros. Después está el elemento de la forma y el elemento que es lo universal y que está detrás tanto del nombre como de la forma. Si percibimos un árbol, sabemos que es un árbol por la palabra; también conocemos al árbol por la forma que tiene ese árbol particular. Pero hay un árbol, un árbol universal que es más real que el árbol particular.
 
Hay muchas formas de lo universal que percibimos, por ejemplo la cualidad de la flor, que es la cualidad que nos hace reconocer la unidad que existe detrás de todas las flores. Igualmente, entre los seres humanos vemos que cada persona es distinta, con un color distinto, con distintos rasgos, etc. y sin embargo reconocemos algo común a todos ellos y que podríamos llamar la “cualidad de ser humano”. Pero detrás de todos estos universales, esa cualidad de cada cosa que nos hace reconocerla por lo que es, está la esencia universal que podríamos decir que es el universal de todos los universales, la esencia de todas las cosas y que se conocía con el nombre de parâ sattâ. Es el ser mismo de todo lo manifestado, sin él nada puede existir.
 
Mientras nos aferremos a unas cuantas cosas particulares con las que estamos familiarizados e imaginemos que la belleza, el amor o la verdad están centrados en ellas, nos estaremos limitando y engañando, porque estas cualidades, estas realidades, como la verdad y el amor, no están centradas en ningún punto. Si vemos un centro para ellas en algún objeto particular, se trata solamente de una ilusión producida por el hecho de que hemos creado un centro en nosotros mismos en relación al cual percibimos otros centros.
 
Todos estos universales como la Verdad y la Belleza existen en todas partes por sí mismos y en todo momento. Únicamente cuando, al mirar un objeto en particular, podamos desapegarnos lo suficiente y no queramos percibir la verdad o el amor en un objeto en particular, sino que nos esforcemos por ver la naturaleza del amor como tal, podremos amar verdaderamente con un amor que llene todo nuestro ser y abarque a todos los objetos, a todo lo particular sin excepción. Vemos que amar a un objeto en particular siempre nos conducirá al dolor, pero solamente si aprendemos a abarcar el Amor universal, la Belleza universal, etc., podremos liberarnos de todas las dificultades que nos afligen.
 
Decimos que una cosa determinada es verdadera, buena o hermosa y no nos preocupamos por ver todo el conjunto que es la realidad. Una percepción del conjunto, libre de limitaciones de las sucesivas percepciones, es lo que nos ocurre en los momentos creativos y es muy fácil reconocerlo en la vida de las personas creativas. Por ejemplo, se dice que, antes de componer, Mozart podía oír toda una sinfonía como un solo acorde. Eso significa que tenía una especie de expansión de conciencia que le permitía imaginar el todo, algo imposible para nosotros en este momento.
 
Para tener esa expansión de conciencia, tiene que haber una profunda aspiración de saber, tiene que haber un verdadero amor por la Sabiduría que es la filosofía o mumukshutva. La palabra “filosofía” significa amor por la Sabiduría, no significa una manera de estudiar ciertos libros, y mumukshutva indica lo mismo. Tal vez este tipo de acceso a la vida, del que estoy hablando, no tenga ningún significado para quienes están auto satisfechos y creen encontrar todo cuanto anhelan en los objetos particulares que están viendo. Pero si existe una ardiente aspiración por la Sabiduría, nuestra naturaleza y nuestro carácter se transformarán, y este debería ser el acceso teosófico a la vida que puede darle un significado a nuestra vida y ayudarnos a conocer gradualmente la Sabiduría, la Verdad y la Luz.

domingo, 3 de agosto de 2014

Dirigiéndome al estudiante



N. SRI RAM

 Reimpreso de The Theosophist, agosto 1959.

 El estudio del trabajador y estudiante teosófico incluye los conceptos básicos de la Teosofía, así como de las religiones del mundo. Tal estudio puede ser profundo o superficial. Profundo no significa ahondar en detalles, ciertamente, dar énfasis a los detalles, tiende a hacernos superficiales. Cualquier tipo de detalle solamente es útil si entra en cierto patrón, o asume una relación con el todo, entonces participa del significado de ese todo. Atiborrar nuestra mente con fragmentos desconectados o detalles, es un inconveniente para la verdadera comprensión, así como para nuestra capacidad  de acción práctica. La sabiduría no es estática, es como la vida, que necesita respirar y moverse. Quien busca ser sabio en la acción debe tener una mente que es perfectamente abierta, con mucho espacio para el movimiento, y flexibilidad de acción. El sentimiento de profundidad surge de percibir el significado de cierta verdad o enseñanza. Un estudiante del sendero espiritual, y un trabajador teosófico, aprenden mucho más considerando las cosas por sí mismos, reflexionando sobre la naturaleza de las verdades profundas que constituyen la base de la Sabiduría, que por la mera lectura de libros.

   Todos nuestros trabajadores y estudiantes se pueden beneficiar por la comprensión mutua. Entre nosotros, deberíamos considerar las cosas libremente y nadie tiene que sentir temor de hablar por miedo a que se lo considere ignorante. ¿Qué importa si otros piensan que somos más ignorantes de lo que realmente somos? Nuestros debates nos dan no sólo una oportunidad para hablar y expresarnos, sino también para escuchar lo que otra persona tiene para decir. Escuchar no debería ser superficial o a medias. Generalmente cuando hay una discusión o conversación, cada persona da sólo una fracción de su atención a lo que se dice, y el resto de su mente está ocupada pensando lo que dirá luego. Rara vez escuchamos a otros con total atención y comprensión. Pero en nuestros encuentros y congresos podemos entrenarnos en el arte de escuchar. Escuchamos a una persona si estamos interesados en ella, y si podemos escuchar adecuadamente, pronto adquiriremos el arte de hablar, aunque nadie nos de lecciones de este arte.

   Todos seremos mejores trabajadores si estamos realmente dedicados al trabajo. Para sentirnos dedicados debemos tener un interés activo en él, y antes que podamos tener ese interés debemos conocer cuál es verdaderamente el trabajo, qué es lo que realmente buscamos lograr con todas las conferencias, libros, propaganda, etc. Todo esto intenta ayudar a las personas a mirar las cosas de modo diferente, pero primero debemos aprender nosotros mismos a verlas de modo diferente a como el mundo en general las ve. Ver las cosas como son, y no meramente según ciertas ideas que hemos recibido de fuentes convencionales y que se han vuelto fijas en nuestra mente, no es muy fácil.

   Cada uno de nosotros tiene que aprender a considerar todo por sí mismo, y ese es el único modo de prepararse para guiar o ayudar a otros. Un líder no es alguien que trata de mandar a otros, hacerlos pensar como él quiere que piensen por sus propios motivos. Existen tales líderes en la política de diferentes partidos, y sus seguidores se vuelven un rebaño de ovejas y repiten los pensamientos del líder. Cuantos menos líderes de este tipo tengamos en nuestro movimiento teosófico, mejor. Todo teósofo tiene que aprender a conducirse a sí mismo, en el sentido de no ser empujado por otros o por el impulso de sus propios pensamientos pasados. Él debe ayudar a las personas a conducirse a sí mismas, a descubrir y expresar lo que es mejor, más bello y precioso en ellas. Ese es el único tipo de liderazgo que serviría en nuestra Sociedad, que tiene que ser como una república espiritual en la que cada uno brille con su propia luz, y haga de ella su contribución a la iluminación total del mundo.


domingo, 27 de julio de 2014

Libertad en la Espiritualidad



M. KANNAN

 La conducta de la vida en los reinos subhumanos es altamente disciplinada. La formación de rocas y montañas; la aparición, florecimiento y desaparición de las flores, frutos, vegetales, plantas y árboles; el nacimiento, crecimiento, movimiento y migración de los peces, reptiles, aves y animales, todos están regulados por la Naturaleza y siguen un orden y un ciclo. Rara vez se apartan del modelo establecido, excepto quizás en casos de mutación. Uno no puede sino sorprenderse con la belleza y armonía de la creación y, por lo tanto, uno puede esperar y predecir el comportamiento de la Naturaleza cuando pasa  a través del  tiempo y el espacio.

El hombre ha sido aclamado como la forma superior de la creación y está dotado de facultades que no se ven en los reinos inferiores. (El pronombre masculino se usa aquí solamente por conveniencia y quiere decir que también está incluido el pronombre femenino). La capacidad de discernimiento es lo que separa al hombre del animal. Esta facultad es una bendición y se espera que se aplique en la aceleración del proceso evolutivo. Se le da al hombre la oportunidad de apresurar la evolución y de esta oportunidad surgen numerosas cualidades como la capacidad de optar, de usar el libre albedrío y de tomar decisiones. Todas estas como un todo pueden denominarse como su “mente”.

Dotado de facultades y oportunidades adicionales, y con la ayuda de su mente, el hombre observa el mundo y registra su observación como memoria. Puede comparar experiencias nuevas con aquellas registradas en su memoria y establecer similitudes. Luego clasifica las experiencias como las que producen placer o incomodidad a los órganos de sus sentidos. Entonces aparece el deseo de repetir lo agradable y evitar las experiencias dolorosas o desagradables. El deseo puede entenderse como esa cualidad de la mente que da origen al ansia de algo agradable, y cuando eso se agota, se repite el deseo con mayor intensidad. El deseo también da origen al anhelo de evitar lo doloroso.

Por la repetición prolongada de experiencias agradables y dolorosas, el hombre aprende que ambas son breves, transitorias e irreales. En este punto del tiempo, comienza a buscar algo que trascienda las polaridades del placer y el dolor, algo que sea duradero, algo que sea real. Este es el amanecer de una nueva fase de su vida y así comienza su búsqueda por lo real. Experimenta  un completo cambio de posición en la forma en  que conduce su vida, cambia su visión, sus actitudes, y percibe el mundo de manera diferente. Disfruta de esta forma de vida que estaba oculta a su mirada en el pasado. Comienza a comprender que ahora es responsable de sí, y no está sujeto a fuerzas externas. El hombre ahora dirige su vida como un comandante dirigiría su ejército. Sostiene las riendas de su mente, deseos, sentimientos y órganos de los sentidos. Regula el tipo y cantidad de experiencias con las que alimentará los órganos de sus sentidos.

Una vez que logra este control de si mismo, experimenta el mundo de manera diferente. Esta nueva experiencia es enteramente contraria a su experiencia anterior. Ésta es libertad, y su experiencia inicial del mundo era esclavitud. También comprende que la libertad es real y permanente mientras la esclavitud es irreal y transitoria.

Habiendo obtenido la primera vislumbre de la libertad, el hombre busca más de esto, con más frecuencia, y luego busca todavía más, en una secuencia ininterrumpida. Comienza a buscar formas y medios para alcanzarla y  encuentra un sendero o forma de vida que conduce a este fin. Decide hollar este sendero y adopta esta forma de vida. Al hacer esto, observa que hay muchos que han recorrido este sendero y han  cruzado muchos hitos. Busca su compañía e intenta aprender de ellos. Para nuestra comprensión, podemos llamarlos el sendero espiritual y el viajero, como el aspirante espiritual o discípulo. Es interesante que el Diccionario Oxford presenta uno de los orígenes de la palabra disciplina, del latín, y luego del francés antiguo, que significa ‘instrucción, conocimiento’, de discipulus, que significa “discípulo”.

Demos una mirada más cercana al sendero y observemos el estilo de vida de los aspirantes. Nuestra observación descubre que los aspirantes se encuentran en dos categorías, etapas o fases generales. Primero, la fase de compromiso, y segundo, la fase de separación. En la etapa inicial el aspirante está profundamente comprometido en las actividades mundanas y su estilo de vida es de expansión de riquezas, relaciones y negocios, y las obligaciones resultantes.

Esta es una fase de actividad intensa, y por lo tanto, exige el apego a una cantidad de disciplinas, códigos, autoridades, reglamentos, etc. Incluso una desviación de menor importancia, sea planeada o no, puede modificar drásticamente los resultados proyectados. El aspirante observa que aunque los pensamientos estuvieran bajo su control, el resultado que se ha presentado de sus acciones, es inesperado. Aunque un poco sorprendido y alterado al comienzo, finalmente acepta el hecho de que hay fuerzas externas que actúan en sus negociaciones, las que causan resultados que no se contemplaron inicialmente. Continúa haciendo sus mejores esfuerzos y deja los resultados a algún otro poder superior. En este proceso se vuelve esencialmente altruista en su actitud y ofrece sus servicios en beneficio del mundo en general.

En la fase siguiente de la secuencia, el aspirante reduce progresivamente su compromiso con las actividades mundanas y se compromete en una búsqueda interna. Se retira en  aislamiento total o parcial y limita su asociación solamente a unos pocos aspirantes avanzados quienes van adelante en el sendero. En esta fase, se le revelan ciertas verdades superiores. Una de tales verdades es la fraternidad de la humanidad, de hecho, la fraternidad de todo lo que existe sea en la forma que sea. La vida que reside en su interior es una, mientras que las formas externas pueden ser muchas. Esta comprensión da origen a cualidades como el amor universal y la compasión por todas las formas de vida. Las diferencias en las formas no significan nada para el aspirante avanzado ya que su visión trasciende las envolturas externas, penetra en el más profundo yo y reconoce que el yo con una forma es el mismo yo que en cualquier otra.

Surgen ciertos hechos de lo antedicho. La jornada en el sendero espiritual no implica movimiento de un lugar a otro. Se puede comenzar “ya” y el progreso se puede lograr “aquí”. Solamente implica el cambio de enfoque de la verdad empírica o relativa hacia la verdad eterna o absoluta. Este viaje no es patrimonio de unos pocos seleccionados. Todos estamos recorriendo este sendero a nuestro propio paso; en realidad, es obligatorio para cada ser, sea consciente o no. Son pertinentes aquí las palabras de Maulana Jalaluddin Rumi un poeta persa místico del siglo trece. Él escribió:



 Como piedra morí  y emergí  nuevamente como planta;

 Como planta morí y emergí como  animal;

 Como animal morí y nací como hombre;

¿Por qué debería temer? ¿Qué he perdido con la muerte?’



El viaje consiste principalmente de dos etapas: la primera preparatoria, y la segunda avanzada. Estas dos etapas son secuenciales y pueden verse a diferentes niveles. Se deben seguir ciertas disciplinas y como consecuencia se alcanza la libertad, en cada etapa y en cada nivel.

El viaje tiene que ser emprendido por cada uno de nosotros, pero el candidato o discípulo avanzado tiene la responsabilidad adicional de ayudar a sus compañeros de viaje. El progreso real no puede hacerse aislado. La comprensión de este hecho producirá una transformación en el candidato y lo guía en un orden mundial donde la desigualdad de oportunidades en lo social, político y económico se reducirán progresivamente. Podemos anhelar una civilización donde todos reconozcan su responsabilidad y trabajen hacia el desarrollo holístico. En el campo de la educación, el desenvolvimiento moral y ético disfrutará de igual énfasis que el de la ciencia moderna.

Los versos de apertura de El Dhammapada explican en forma clara la influencia del pensamiento en nuestra vida. Expresan que un esfuerzo concertado en la regeneración de nuestra naturaleza conduce a la salvación. Nadie sino nosotros decidimos el rumbo de nuestra vida y lo hacemos a cada momento por medio de nuestros pensamientos y acciones. Nuestra libertad puede ayudar a moldear el “mañana desconocido” pero es inoperante en el campo del pasado invariable. Las palabras de Sir Edwin Arnold en La Luz de Asia pueden recordarse aquí para nuestro beneficio. Él escribe:



No esperéis nada de los dioses implacables, ofreciéndoles

   himnos y dones;

No pretendáis conquistarlos con sacrificios sangrientos,

   ni los alimentéis con frutos y pasteles.

Hay que buscar la liberación en nosotros mismos:

Cada hombre crea su cárcel.



Para concluir me gustaría citar El hombre y sus cuerpos de Annie Besant. Estas palabras han influenciado mi vida de una manera profunda. Algunos de ustedes puede que hayan tenido una experiencia similar. Ella escribe:



Por la ley de evolución todo lo que es malo, por más fuerte que por el momento parezca, contiene en sí el germen de su propia destrucción, mientras que todo lo bueno contiene la semilla de la inmortalidad. El secreto de esto  está en el hecho de que todo lo malo es discordante, y va contra la ley cósmica, y por tanto, tarde o temprano ha de ser destruido por esta ley, se hace pedazos contra ella, y queda reducido a polvo. Por el contrario, todo lo bueno, al estar en armonía con la ley, es acogido por ésta, conducido hacia adelante dentro de la corriente de la evolución, y por lo tanto, no puede perecer jamás, no puede ser destruido nunca.

El propósito de esta conferencia no es dar un veredicto final sino dejar  abierto el interrogante para reflexionar.

domingo, 20 de julio de 2014

El llamado de Dharma




                                          B. SANDHYA RANI

 Intentemos comprender qué es el “Deber”. Según el diccionario “deber” significa responsabilidad, obligación, lo que tenemos que hacer, tarea asumida, función.

   Luego tratemos de comprender qué representa el Dharma. Según el diccionario es la Ley Eterna del cosmos inherente en la naturaleza misma de las cosas. En el antiguo Egipto la palabra significó Religión, en Persia simbolizó la Pureza, en Caldea era Ciencia, en Grecia expresó Belleza, en Roma manifestó la Ley, y en India era la palabra Dharma. Dharma significa sintetizar el todo en uno. Este es el significado de la palabra Dharma para todo el mundo.

   Karma y Dharma son los dos lados de una misma moneda. Debemos llevar a cabo nuestro Karma a fin de establecer el Dharma. Dharma es la nota clave de toda la raza Arya. Esa nota clave fue dada por el Espíritu Planetario de la tierra. El Dharma está desde el principio al fin del kalpa de la raza Arya. Por lo tanto, este Dharma debería regir nuestra vida como Verdad: satyân nasty paro dharmah, que significa: “No hay Religión más elevada que la Verdad”, que es el reflejo de la Verdad en nuestra vida diaria, conducta y todo eso; si seguimos el sendero de la Verdad, debería estar en consonancia con la Verdad. El deber y dharma no son diferentes. No deberíamos separar el dharma, del deber. Dharma significa deber. Dharma manifiesta deber, y la actividad es Amor.

   La evolución se produce de dos formas, descendiendo y ascendiendo. La separación es la característica del descenso en la materia, y la unión es la marca del ascenso al Espíritu; en otras palabras, pravrtti y nivrtti.

   Actualmente, en la evolución, hemos avanzado de la etapa animal a la del ser humano; de la etapa humana debemos avanzar más para alcanzar la fase super-humana. Este es el propósito o meta en nuestra etapa actual en la vida. Por lo tanto debemos seguir el sendero de nivrtti para alcanzar el objetivo.

   En el sendero nivrtti, el Deber es diferente en cada alma, según el nivel de evolución y Karma. El deber del salvaje no es igual al del hombre culto y desarrollado, el deber del Maestro no es el del rey, el deber del mercader no es el del guerrero, pero el principio siempre es el mismo y es progresivo. En uno de sus libros, la Dra. Annie Besant dice: “Asume las obligaciones que sientas razonable para ti”. Debemos desempeñar el deber sin ningún orgullo o esperando recompensa. Debemos cumplir con nuestro propio deber sin interferir con el de otros seres.

   En La Clave de la Teosofía, HPT expresa:



Deber es lo que se debe a la Humanidad, a nuestros semejantes, vecinos, familia y, especialmente, el que tenemos hacia todos aquellos que son más pobres y más desamparados que nosotros. Esto es una deuda que si dejamos de pagarla durante la vida, nos convertirá en insolventes espiritualmente, y nos llevará a la bancarrota moral en nuestra siguiente encarnación.



   Todos sabemos que no somos este cuerpo físico solamente; somos Alma, parte de Dios, donde la Conciencia Superior se debe manifestar a sí misma en todo su poder.

   En A los Pies del Maestro se dice: “Cualquier hombre rico puede alimentar el cuerpo, pero sólo quienes saben, pueden alimentar el alma. Si tú sabes, es tu deber ayudar a otros a saber. Lo realmente importante es que los hombres conozcan el plan Divino. Porque Dios tiene un plan, y ese plan es la Evolución. Una vez que el hombre realmente lo reconoce, no puede sino identificarse con sus designios y trabajar de acuerdo con él, porque es tan glorioso como bello. Así conociéndolo, permanece al lado de Dios, firme para el bien y resistente contra el mal, trabajando para la evolución y no por egoísmo”.

   La ley del Deber es la primera verdad que todos nosotros tenemos que obedecer, si deseamos elevarnos a la vida espiritual. A todos los que contactamos les debemos algo, el deber de reverenciar y obedecer a quienes son superiores y están sobre nosotros; el deber de ser amable, afectuoso y útil con quienes están cerca de nosotros y a nuestro propio nivel; el deber de protección, bondad, servicio y compasión con quienes están en un nivel inferior al nuestro. Estos son deberes universales y ninguno de nosotros debería fallar, por lo menos en el intento de llevarlos a cabo. Sin cumplirlos no habrá una vida espiritual para nosotros.

    Luego surge la pregunta: ¿Qué es espiritual? Es la vida de la Conciencia que reconoce la Unidad, que ve el Yo en todo y todo en el Yo. H. P. Blavatsky expresa que “la ley fundamental en la Ciencia Oculta es la Unidad radical de la esencia última de cada parte constituyente de los compuestos en la Naturaleza, desde una estrella a un átomo mineral, del Dhyan Chohan más elevado, al organismo más diminuto”.

   Para vernos en todo y todo en el yo, existe un camino. Es el del SERVICIO. El Dharma no es sólo un código de conducta, es la obediencia voluntaria a nuestro Yo Superior. No importa en qué lugar nacen las almas, cuando han pasado por las primeras etapas, luego su naturaleza interna exige la disciplina del servicio, y lo que debería aprender por medio del servicio para alcanzar las cualidades necesarias para la próxima etapa. Cuanto más servimos más sabios nos volvemos porque la sabiduría no se aprende por medio del estudio sino viviendo.

   En A los Pies del Maestro se afirma: “El intenso deseo de servir ha de llegar al máximo, hasta el punto de estar siempre a la mira para aplicarlo alrededor de vosotros, no tan sólo a las personas sino a los animales y a las plantas. Debéis prestar vuestro servicio hasta en las pequeñas cosas de la vida diaria de modo que se establezca el hábito de servir. Pues si deseáis llegar a ser uno con Dios, que no sea para vuestro propio beneficio, sino para convertiros en canal por donde fluya Su amor para alcanzar a vuestros semejantes”.

   En esta obra también se afirma: “Quien está en el Sendero, no existe para sí mismo, sino para los demás, se ha olvidado de sí mismo (no existe el yo o el egoísmo) para poder servirlos. Es como una pluma en la mano de Dios por la que fluye Su pensamiento y tiene expresión aquí abajo, lo que no podría suceder sin ella. Es a manera de un canal de fuego viviente que derrama sobre el mundo el divino Amor que llena su corazón”.

   Según la tradición Hindú, se deben realizar cinco tipos de sacrificio cada día:

1.      Sacrificio a los Veda-s, a los Rshi-s, a Brahman: Brahma Yajña, Enseñanza (Estudio); cultivar la inteligencia y compartir el conocimiento con otros es un deber que todo hombre le debe al Supremo.

2.      Sacrificio a los Deva-s: Deva Yajña, Homa: verter ghee sobre el fuego (cuidar la Naturaleza).

3.      Sacrificio a los Pitr-s: Pitr Yajña Tarpana, ofrecer agua (bienestar y cuidado a los padres).

4.      Sacrificio a Bhuta-s: Bhuta Yajña-bali (alimento), deber hacia nuestros hermanos menores.

5.      Sacrificio al Hombre: Manusya Yajña, hospitalidad y servicio a la humanidad.

   Al cumplir con nuestro deber hacia nuestra familia, debería ser de acuerdo con el Dharma, según la Verdad. El Maestro dice que si tú quieres cumplir tu deber con tu familia, debes sacrificar diariamente lo que no sea Dharma. Para sacrificarnos a Dios, debemos alcanzar la perfección, siguiendo nuestro propio Dharma al desenvolver la semilla de la vida divina interna.

   Este deber se debería desempeñar no sólo hacia nuestra familia con un espíritu de Auto-sacrificio. Es la conquista diaria del yo. Aquí “yo” significa lo que nos separa de la verdadera naturaleza. “Yo” es Âtmâ, para realizar este Yo con mayúscula debemos sacrificar el “yo”, el pequeño yo. Todo lo que hemos acumulado en cada encarnación, se interpondrá en el camino para comprender la Verdad. Esto se llama auto-sacrificio. Debemos sacrificar la actitud que tenemos hacia el reino inferior, actitudes negativas tales como prejuicio, pasión, crueldad, etc., y desarrollar actitudes positivas como caridad, justicia, tolerancia, bondad, generosidad, compasión, etc., de modo que nunca nos equivoquemos al ayudar a nuestros Hermanos.

   Si cumplimos con nuestro deber hacia los deva-s invisibles, entonces los Deva-s que son la encarnación de la Divinidad nos ayudarán. Comparados con la humanidad, ellos han avanzado más que nosotros en términos de evolución: Nuestra actitud hacia ellos debería ser de reverencia. Reverenciar la naturaleza superior de la que ellos han evolucionado. Cuando los reverenciamos y les mostramos nuestro respeto y consideración, ellos nos bendicen y por medio de nosotros, a todo el universo. Existe un flujo libre de vida psíquica y espiritual. El Deber y Dharma se han unido.

   El Dharma es la naturaleza interna que alcanzó en cada hombre cierta etapa de desarrollo y desenvolvimiento. Es esta naturaleza interna que moldea la vida externa, que se expresa por medio de pensamientos, palabras y acciones, la naturaleza interna que nace en un ambiente adecuado para su crecimiento. Dharma no es algo externo como la ley, la religión o la justicia. Es la Ley de la vida que se desenvuelve, la que moldea todo lo que está fuera de ella para su misma expresión.

   El Dharma es el mismo para todos los que están en la misma etapa de evolución y en las mismas circunstancias, y existe cierto Dharma común a todos. A su vez, el Dharma de un individuo es diferente del Dharma de otro. Lo que es correcto para uno, puede ser malo para otro. Por lo tanto, es mejor nuestro propio Dharma ¡que el Dharma de otro!

   Después de alcanzar esta etapa, nuestra actitud hacia la vida cambia. Siempre que una persona llegue a nuestro círculo, dejará el anterior volviéndose mejor. (Por ejemplo: un hombre ignorante tendrá más conocimiento; una persona que sufre se sentirá mejor; un indefenso se fortalecerá). Nos volveremos una fuente de sosiego y de paz, de modo que todos puedan caminar con más seguridad cuando lleguen dentro del círculo de nuestra influencia, porque el hombre no tiene una existencia individual separada sino que está interrelacionado e interconectado y es interdependiente. Seamos cuidadosos para que el mundo pueda ser más puro, mejor, más feliz, por el hecho de que nosotros vivamos en él. Podemos juzgar nuestra espiritualidad por nuestro efecto en el mundo. Estamos aquí para ayudarnos, amarnos y elevarnos mutuamente. Al producir este tipo de Karma, podemos establecer en el mundo el Dharma dado a la India por la raza Arya.

domingo, 13 de julio de 2014

El mundo es la extensión del Yo






 MARY ANDERSON

 La Sa. Mary Anderson ha sido Vice-Presidenta internacional de la Sociedad Teosófica y ha disertado ampliamente en varios idiomas.

 ¿Qué queremos significar cuando decimos ‘yo mismo’?

   ‘Yo mismo’ es un pronombre reflexivo. Hace referencia nuevamente al sujeto, por ejemplo, a ‘mí`. Refleja el sujeto como cuando decimos “Me veo a mí mismo en el espejo” o “un hombre auto-forjado”, queriendo decir alguien que se hizo a sí mismo y que debe su situación, su fortuna, etc., a sí mismo, a sus propios esfuerzos. Las palabras ‘yo mismo’ también pueden enfatizar el sujeto, como cuando decimos “Sólo tú mismo puedes hacerlo” o “yo mismo lo vi”. Si somos algo, somos ‘nosotros mismos’. Cuando nos sentimos de mal humor, tal vez decimos “Hoy no soy yo mismo”.

   Pero ‘yo mismo’ puede tener diferentes significados. Si nos miramos en el espejo, decimos “Me veo en el espejo”, pero lo que vemos es un cuerpo físico. Si tenemos hambre, frío o dolor, o estamos cómodos, describimos lo que llamamos yo como hambriento, con frío, con dolor o cómodo. Pero en tales casos, ¿no es el cuerpo el que tiene estas sensaciones?

   Podemos observarnos de muchas otras formas. Si estamos felices o tristes, sentimos que somos nosotros mismos los que estamos felices o tristes. Y, si hemos solucionado un problema decimos: “Yo mismo encontré la solución”, y pensamos cuán inteligente ese yo es. Pero en momentos de inspiración, tal vez escuchando música o disfrutando la paz de la naturaleza, o sintiendo afecto o devoción o en un estado de meditación, podemos sentirnos inspirados, y tener una visión más amplia de ese ‘yo’.

   Entonces, es a lo que nos referimos como el ‘yo’ siempre el mismo yo? Y si creemos en la reencarnación, podemos preguntarnos “¿Es el yo que reencarna, el mismo que en la última vida?

   Por lo tanto el ‘yo’ puede significar muchas cosas, especialmente cuando indagamos profundamente en una filosofía espiritual como la Teosofía. Por ello, a veces se ha adoptado el sistema de escribir la palabra ‘yo’ de tres modos diferentes: con minúscula, para referirnos a nuestro yo consciente diario; con ‘Y’ mayúscula, para referirnos al Yo espiritual, y todo en mayúsculas para referirnos al YO uno y divino.

   Consideremos el significado de cada uno por vez:

   Escrito en minúscula, el ‘yo’ se refiere a lo que se llama en términos teosóficos la personalidad, nuestro pequeño yo más o menos egoísta de cada día, y que consiste en nuestro cuerpo físico, la punta visible del témpano, y del que todo el resto es invisible, incluyendo la vitalidad del cuerpo físico y el vehículo de la vitalidad. Además está nuestra consciencia diaria, nuestra consciencia psíquica o psicológica, es decir, nuestros pensamientos cotidianos, combinados con nuestros sentimientos. Esto es lo que se conoce como kâma-manas en sánscrito, o la mente-deseo, la mente impura o egoísta, y también la mente llamada lógica. Todo esto, el cuerpo físico y nuestra naturaleza psicológica, constituye lo que se llama en términos teosóficos la personalidad. La palabra ‘personalidad’ procede del latín, ‘persona’, que es la máscara usada por los actores en el teatro romano clásico. La personalidad es ciertamente una máscara que usamos la mayor parte del tiempo. A veces, claro está, somos conscientes de que estamos usando una máscara. Esta máscara, sin embargo, dura sólo una encarnación, al igual que el actor en el teatro romano usaba su máscara durante su actuación. Nuestra encarnación es meramente una actuación, o es como la máscara provista para esa actuación. Pero nos identificamos con ella. Sin embargo, mañana o en la próxima vida, usaremos otra máscara que de algún modo es el hijo y por cierto el heredero de la máscara anterior.

   Este ‘yo’ es sólo un rayo del ‘Yo’, haciendo referencia al Yo Espiritual, que a veces en términos teosóficos denominamos Yo Superior, la Individualidad, el Ego Espiritual o el Alma, en sánscrito Buddhi-Manas. Es la mente espiritual, libre de deseos y sentimientos tempestuosos, la Mente Superior, la mente pura y generosa. Es también la sabiduría y el amor puro. Este Yo es generalmente inconsciente en nosotros. Permanece de encarnación en encarnación, tanto tiempo como estemos sujetos a encarnar. Cuando ya no lo estemos, se disuelve o regresa a su origen, al YO, como el río fluye hacia el océano del que es una gota, o como el rayo de luz regresa a su fuente.

   Ese océano o esa fuente de luz es el YO. Es Espíritu o, en sánscrito, âtmâ. No es ‘mi’ espíritu o ‘tu’ espíritu, sino que es universal y divino: âtmâ es brahman. Como el sol es el corazón del sistema solar, así es âtmâ que es brahman, el corazón no sólo de todos los seres humanos, sino también de todos los seres vivos, incluso de lo que consideramos materia muerta. Es lo Uno sin segundo, lo Uno que es el Todo. Es sat, el ser puro, lo que la Sra. Blavatsky llama no el Ser sino la Seidad. Es lo divino que mora en todo.

   Pero normalmente somos conscientes solamente al nivel de la personalidad, del ‘yo’. Sin embargo, no somos solamente esa personalidad. La dificultad es que hemos olvidado quiénes somos y, como un buen actor, nos identificamos con el rol que desempeñamos en esta vida. Nuestro ser real, nuestro Yo espiritual, y esencialmente ese YO divino son inconscientes dentro de nosotros.

   Si decimos que el mundo es la extensión del yo, ¿a qué ‘yo’ nos referimos? La frase se puede tomar como refiriéndose a los tres tipos de ‘yo’. Podemos decir que el mundo en el que vivimos es una prolongación del yo, del Yo y del YO. Tomemos cada una de estas interpretaciones por vez, y veamos cómo se aplican a nosotros mismos y al mundo, y cómo arrojan luz a nuestro concepto actual y a su posible solución.

   Comenzaremos con el YO en el sentido más elevado. Desde un punto de vista muy elevado y metafísico el mundo es la extensión del YO, refiriéndonos al Espíritu o âtmâ que es brahman. Las cosmogonías o relatos de la creación de diferentes civilizaciones y religiones, todas hacen referencia a algo similar:



Del UNO que es Espíritu, TAT, Brahman o lo Absoluto, emergió el dos, llamado de modos diferentes ‘cielo y tierra’ o ‘consciencia y materia’ o ‘padre y madre’. Tan pronto como surge el dos, aparece un tercero: la relación entre los dos. Debe haber una relación, porque proceden de la misma fuente. Esta relación a veces se la conoce como ‘Fohat’ o energía cósmica, otro término para Fohat es eros o amor. Otro relato habla de un niño que nace de padre y madre, y ese niño es el universo. Entonces, del uno surge el dos y del dos surge el tres o la Trinidad que encontramos en diferentes tradiciones religiosas. En algunas tradiciones el tres va seguido del siete y por medio de muchas etapas o jerarquías de este mundo de diez mil cosas, como la tradición china lo llama, surge este universo. En la Kabbala el relato del árbol de la vida, los diez Sefiroth se describen en la tradición mística del Zohar ‘no como los peldaños de una escalera entre Dios y el mundo, sino como varias etapas en la manifestación de la Divinidad que proceden de una y siguen en la otra’ (Gershom Scholem, Major Trends in Jewish Mysticism, p. 209).



   De modo que podemos decir que el mundo, ciertamente el universo, el cosmos, es la extensión del YO, con letras mayúsculas.

   Pero cuando decimos que el mundo es la extensión del ‘yo’, escrito en minúscula, podríamos decir que descendemos de lo sublime a lo ridículo, de lo trascendente a nuestro mundo cotidiano e imperfecto, de lo Real al mundo de Mâyâ.

   Y sin embargo, ¿no es también nuestro mundo como lo conocemos, real, o por lo menos relativamente real? ¿No debemos tomar ese mundo relativamente real, seriamente?



El Universo, con todo lo que hay en él, es llamado Mâyâ, porque todo en él es temporal … Sin embargo el Universo es lo suficientemente real para los seres conscientes que hay en él, que son tan irreales como es él mismo. (H. P. Blavatsky, La Doctrina Secreta, I,p.274)



   Cuando nos miramos a nosotros mismos y al mundo a nuestro alrededor, que nos parecen más reales que el mundo del YO con mayúsculas, ¿no percibimos que ese mundo es una extensión del yo escrito con minúsculas, es decir de la personalidad, el yo cotidiano, el yo egoísta de todos nosotros?

   Por todas partes observamos la presencia de los tres grandes males, flagelos de la humanidad y por lo tanto del mundo: la ignorancia, el deseo o la ambición, y el odio o la ira, simbolizados en el centro de la Rueda Tibetana de la Vida un tanto injustamente por tres animales: un cerdo negro que representa la ignorancia, un gallo rojo que representa el deseo o ambición, y una serpiente verde que representa el odio o la ira. Y acertadamente, se muerden la cola entre sí, dando a entender que están interconectados. Uno conduce al otro.

   La ignorancia nos impide ver lo nocivas que son ciertas actitudes, la maldad causada por ellas, y por tal ignorancia sucumbimos a la avaricia, que significa el deseo de acumular más y más; más posesiones, riqueza, conocimiento inútil, fama, el elogio de otros, poder, etc. Es el pequeño yo agrandándose a sí mismo, como el sapo de la fábula, que quiso ser más grande que un buey y finalmente se infló tanto que reventó! Tal vez ésta fue una buena lección. Un sapo no puede pretender ser grande como un buey. Un ser humano no puede pretender adquirir cada vez más. No le traerá felicidad y la mejor naturaleza del hombre se reprimirá y parecerá perecer en el intento.

   De la avaricia y el deseo surge el odio, odio hacia quienes no nos dan lo que queremos, y lo que queremos es cada vez más; odio por los que tienen lo que nosotros queremos poseer. Podemos pensar en otras maldiciones de la vida humana, tales como celos o temor. Tal vez la lista de estas tres, ignorancia, deseo y odio, no intenta ser exhaustiva, sino solamente ¡dar ejemplos de cómo nos hacemos a nosotros mismos y a otros miserables!

   La ignorancia combinada con la avaricia conduce a acciones estúpidas que destruyen nuestro ambiente. Si esta destrucción ocurre en otro continente, podemos sentir que no nos importa. Pero tarde o temprano tendrá un efecto sobre nosotros. Vivimos en un mundo. La contaminación en un continente, en un océano, se extiende por todo el mundo afectando por ejemplo el clima en todas partes. ¡Recuerden ‘el niño’! Las personas de países pobres, por desesperación, con hambre y sin empleo, tratan de emigrar a áreas más ricas y crean muchos problemas a los mismos países que ocasionaron su miseria. Estos problemas incluyen lucha racial, basada en el odio. El odio surge del sentimiento de que somos diferentes y mejores que otros, y este odio conduce a los celos, al temor y a la violencia.

   Podemos pensar que la ignorancia, el deseo y el odio son nuestros enemigos y por lo tanto son externos a nosotros, nos amenazan, pero no es así. Mientras seamos susceptibles a ellos, son parte de nosotros, son parte de nuestra consciencia. ¿Cuál es la solución?

   La solución yace en un mundo que es la extensión del Yo con ‘Y’ mayúscula, refiriéndonos al Yo Superior, nuestra naturaleza espiritual interna. Si el Yo Superior se expresa -ese Yo que encarna la sabiduría, la humildad y el amor- el mundo podrá reflejar o será una extensión de ese Yo y la sabiduría reemplazará la ignorancia; el deseo y la avaricia abrirán paso a la humildad, y el amor reemplazará al odio.

   El problema es: ¿Dónde comenzamos? El primer paso puede ser reconocer la situación de las cosas. Muchos libros y artículos se han escrito y se siguen escribiendo, mostrando abusos de varios tipos cometidos contra seres y países desprotegidos. Pero ¿se dirigen estos artículos y libros a la raíz del problema? ¿Cuál es la raíz del problema? ¿No es el yo en minúsculas, es decir lo que somos en nuestra naturaleza consciente actual? Si realmente podemos percibir esto, darnos cuenta de la fealdad de la ignorancia, avaricia y odio en nosotros, si podemos ver el daño que causan en nosotros y en otros, es el primer paso hacia su desaparición. Si, por otra parte, podemos ver la belleza de la verdadera sabiduría, humildad y afecto, podremos fortalecer estas cualidades en nosotros. Pero no debemos pensar en nosotros como exhibiendo esas cualidades o estaremos sujetos a orgullo espiritual. ¿Qué es lo que dificulta la expresión y extensión del Yo con ‘Y’ mayúscula, que es en sí mismo sabiduría, humildad y amor? Es el pequeño yo,  con minúscula. Sólo cuando el pequeño yo está en silencio, sólo cuando ya no está presente incluso momentáneamente, el otro Yo se puede expresar. La sabiduría, la humildad y el amor yacen en el auto-olvido, una felicidad infinita para nosotros y por extensión espontánea para todo el mundo. Sólo cuando más y más seres humanos se vuelvan generosos, altruistas y carentes del yo, el mundo se puede volver el reflejo del Yo con ‘Y’ mayúscula, el Yo Superior de la Humanidad, y por lo tanto reflejar su propio origen, su verdadera naturaleza, en el YO DIVINO en mayúsculas, en LO UNO que es nuestro origen y aunque remoto, nuestro destino, y nuestro verdadero ser.

   ¿Podremos ahora comprender mejor los versos siguientes en el Bhagavadgitâ? (VI.5-7)



Que eleve al yo mediante el YO, y que el yo no se deprima; pues en verdad, el YO es el amigo del yo, y asimismo, el YO es el enemigo del yo.



El YO es el amigo del yo de aquél en quien el yo es vencido por el YO, pero con respecto al yo no subyugado, en verdad el YO se torna hostil como un enemigo.



El Yo superior del AUTO-controlado y pacífico, es uniforme en el frío y el calor, en el goce y el dolor, igual que en el honor y el deshonor.